TRIBUNA
Juan José Laborda | Domingo 21 de febrero de 2016
Otra vez una semana parecida. Ya ni me sobresalto, porque Pedro Sánchez sigue conversando con Albert Rivera, y los otros dos líderes, Mariano Rajoy y Pablo Iglesias, hacen declaraciones para poner en dificultades a los dos que (¿tan sólo?) conversan.
Pablo Iglesias se ha ofrecido como un co-presidente del Gobierno de Sánchez, concentrando unos poderes inmensos, exactamente la inversión de las ilusiones del movimiento del 15-M (la génesis de “Podemos”), dejando al futuro presidente Sánchez las competencias con las que el Gobierno hace cosas rutinarias, como contar, por ejemplo, el número de parados de cada mes.
Pablo Iglesias sobresalta menos al proponer un referéndum en Cataluña para instaurar a nivel mundial el derecho a decidir, que cuando explica cómo se reformará la Constitución para ello, con un Senado que tiene una mayoría de senadores opuestos al citado derecho a decidir. Su explicación es de las que sobresaltan: como Iglesias ha descubierto que la soberanía reside en el pueblo español, el pueblo podrá sin más saltarse el Senado.
Imaginen una corriente de millones de españoles y españolas entrando en la Cámara Alta, en una fiesta de puertas abiertas, sólo que a lo grande, para comunicar a los senadores y senadoras su pensamiento soberano. Parece difícil una cosa así, de manera que lo práctico será que Pablo Iglesias pueda designar dos o tres portavoces, acompañados por un número mayor de voluntarios bien dispuestos para lo que haga falta, que se encarguen de comunicar al Senado las novedades constitucionales que el pueblo demanda en este nuevo tiempo.
Mientras tanto, el presidente en funciones, al parecer, captado en sus conversaciones con sus colegas europeos -Rajoy debe tener la voz más alta cuando habla en privado, a la vista de la facilidad con que le graban las radios y televisiones, normalmente siempre apartadas de su persona-, debió contar que él calcula que habrá otra vez elecciones el 26 de junio. La tal conversación de nuestro presidente en funciones, aparte de lo largas que resultarán sus funciones, ya le lleva a creer que su candidatura a la presidencia del Gobierno no prosperará, si la de Sánchez no obtiene la investidura.
Concentrado en los sobresaltos normales de la semana, recibo dos libros que me envía Eloy García, profesor de Derecho Constitucional, director de la colección de “clásicos del pensamiento” de la editorial “Tecnos”.
El primero, “Poder. Los Genios invisibles de la Ciudad”, escrito por Guglielmo Ferrero, un poco antes de su muerte en 1942. El segundo libro, es del propio Eloy García, y su título: “El Rey neutral. La plausibilidad de una lectura democrática del artículo 56.1 de la Constitución”.
Uno y otro libro están básicamente relacionados. El de Ferrero es un prodigioso y emocionante estudio de la legitimidad del Poder político. El de Eloy García trata de la legitimidad del Rey de la Constitución, y desarrolla las ideas de Ferrero, analizando los problemas de la democracia, mucho mayores que los de la Monarquía, recordándonos “el enorme desafío que hoy gravita sobre los españoles -y ¿quién sabe si sobre otros muchos compatriotas de la Unión Europea?- estriba en la posibilidad de acostarse en una democracia de la mentira para levantarse en plena oligarquía postmoderna. O lo que es peor, que semejante desenlace se pueda llegar a consumar sin que hayamos adquirido la más mínima conciencia de que ha sucedido y que en buena medida es ya un hecho irreversible”.
El estudio de Eloy García merece un artículo por sí sólo. Ahora me referiré al libro de Guglielmo Ferrero (1871-1942). Ferrero fue un intelectual italiano de fama mundial. Su prestigio como estudioso de los regímenes políticos contemporáneos y de la antigüedad clásica fue inmenso (“Grandezza e decadenza di Roma”, traducido a los principales idiomas del mundo, fue elogiado por los grandes historiadores de comienzos del siglo XX).
Demócrata integral e íntegro por su conducta cívica, Ferrero no fue apreciado por los intelectuales italianos -en primer lugar, el caso lamentable de Benedetto Croce-, porque desveló la gran mentira que se ocultaba detrás del edificio del Estado y de la Monarquía que unificó Italia. Ferrero, en este libro, describe cómo el fascismo se instaló en el poder siguiendo las líneas maestras del nacionalismo estatal italiano, que fueron trazadas durante el alabado “Risorgimento”. Mussolini no se atrevió a encarcelarle, o a algo peor, pero finalmente Ferrero tuvo que exiliarse en Suiza, muriendo cuando la guerra estaba sumergiendo a Europa en el horror y en el totalitarismo.
“Poder. Los Genios invisibles de la Ciudad” fue su descubrimiento (póstumo) de la legitimidad. Aunque Max Weber describió las formas legítimas de dominación, Ferrero -que creyó que fue el único en descubrirlas- hace su historia completa. ¿Cuándo un poder es legítimo? Cuando no produce miedo. “¿Cuál es el principio de legitimidad que corresponde a nuestra época? La respuesta está fuera de toda duda: la delegación del poder por el pueblo”, escribe Ferrero. Pero en la Europa que él vive, sólo algunas monarquías, destacadamente la británica, gozan de legitimidad como Estados. ¿Qué quiere decir el subtitulo “Los Genios invisibles de la Ciudad”? Que los genios deberían estar juntos en el Estado, es decir, que la democracia será compatible con la tradición, la monarquía es una república coronada, la disidencia política será tan legítima como la mayoría silenciosa, en síntesis, Guglielmo Ferrero escribió un tratado de lo que después fue calificado, entre nosotros, como “consenso”. Tal vez por eso, aunque con sobresaltos, nuestro sistema político aún no se ha descompuesto.
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