Opinión

Menesterosos de la cultura

TRIBUNA

Natalia K. Denisova | Sábado 27 de febrero de 2016

El fantasma de Shakespeare persigue a Cervantes y a sus promotores. De nuevo escuchamos las voces afligidas de los más altos cargos de la cultura española, de académicos e intelectuales de relumbrón, quejándose por la inacción gubernamental para festejar a Cervantes en el cuarto centenario de su muerte. La Real Academia suplica ayuda gubernamental, “un gesto trascendente” del Estado, ha solicitado su director. No pueden eludir las comparaciones que aparentemente oscurecen la grandeza de Cervantes. Sin duda, no puede haber comparación entre los actos culturales planificados por Gran Bretaña, que empiezan por los programas educativos para niños desde los siete años, y la ausencia absoluta de un plan coherente y coordinado de conmemoración de Miguel de Cervantes entre las instituciones “culturales” españolas. Muchos quedaron deslumbrados por el artículo que David Cameron dedicó al programa conmemorativo del Bardo inglés que abarca más de 140 países.

Si alguien lee con seriedad el artículo de Cameron no encontrará allí más que un texto bien redactado, una publicidad atractiva, cuya base son lugares comunes reconocidos por todos. ¿Qué dirían si Rajoy, en la situación que vive España, se dedicara a propagar banalidades sobre Cervantes? Es imprescindible reconocer que ni Rajoy ni nadie de su entorno, empezando por el secretario de Cultura, señor Lasalle, se atreverían a copiar lo más valioso del artículo de Cameron: alabar contra viento y marea la cultura británica y la Gran Bretaña como una gran nación. Y subrayo contra viento y marea, porque Shakespeare es tan criticable como cualquier otro autor, pero siendo un símbolo de una nación merece más respeto que crítica.

El caso de Cervantes es más trágico, porque más trágica es la situación del pueblo, de la nación que él representa. Los periodistas se dedican a destronarlo de su grandeza especulando sobre su vida amorosa, solazándose con sus supuestas bajezas personales y repasando los rumores escabrosos; los investigadores buscan el lugar de La Mancha o las faltas del estilo cervantino; los políticos y los directivos, entre ellos los del Instituto Cervantes, demuestras su torpeza, como los pavos reales su plumaje, en cualquier acto cultural. No creen en lo que hacen ni saben porqué tienen que dedicar su tiempo a estas antiguallas. Y, para acabar este cuadro sombrío de carácter goyesco, casi tétrico, de vez en cuando se oye un lamento sobre la diferencia que existe entre España y el Norte de Europa, los católicos y los protestantes, en el ámbito de la cultura y del pensamiento. Esta terrible confusión entre el arte de vender y el arte de pensar y crear, lleva a otra: pensar que la grandeza de Cervantes depende de los actos conmemorativos.

Las instituciones culturales pueden clamar al cielo. Sin embargo, no les dará vida lo que ellos matan. Los “intelectuales” y las instituciones viven entre escombros de la cultura española, excavando para buscar huesos, financiando proyectos estrambóticos y reescribiendo a los clásicos. De este modo, ningún acto, ningún programa cultural podrá mantener y promover la cultura española en general y la obra de Cervantes en particular. Todos son engaños. Embelecos. En verdad, la obra de Cervantes sigue viva, y muy viva, porque tiene millares de lectores anónimos en el mundo entero. En el orbe de Cervantes no se pone el sol. Cervantes no necesita intermediarios. Nunca los necesitó y menos a los mediocres políticos y académicos de hoy. Los lectores de Cervantes no consultan las agendas de conmemoraciones cervantinas, porque éstas ocultan más que descubren, tergiversan más que actualizan. No pueden ser fecundas, creativas, las instituciones que esperan “gestos”, limosnas del Estado, para promocionar al clásico universal.