Más de dos meses después de celebrarse las elecciones, el interminable culebrón político sigue atascado. Nada nuevo, tras asistir al sainete interpretado por Pablo Iglesias y Albert Rivera, que han bajado el telón antes de estrenar la obra por falta de público.
El acuerdo entre Pedro Sánchez y Albert Rivera concluye esta semana como lo que, por desgracia, siempre fue, una pantomima, una mera pérdida de tiempo urdida por Pedro Sánchez y Albert Rivera para sacar pecho, salir en la foto y hacernos creer que actuaban como hombres de Estado. El solemne acto que organizaron en el Congreso de los Diputados para firmar el “pacto de legislatura” pasará a los anales como uno de los mayores ridículos protagonizado por políticos españoles. Y esta semana todavía habrá que soportar las peroratas de Pedro Sánchez y Albert Rivera en el Congreso de los Diputados para justificar que han actuado “por el bien de todos los españoles”. Lo malo es que su actuación no ha servido para ese noble fin. Lo peor, que lo sabían.
Y al terminar esta surrealista semana parlamentaria que nos espera, entrarán en escena los dos tahúres que acechan agazapados, que esperan su turno.
Rajoy ya ha dicho que si Sánchez fracasa, se presentará a la investidura. Y lo hará, pese a que sabe que no podrá contar con suficientes apoyos para ser elegido presidente del Gobierno. Pero invitará al PSOE y a Ciudadanos a pactar. Así, al menos, les devuelve la pelota. Sánchez hará de Rajoy al demostrar que o gobierna él o no pacta con nadie. Y Rivera hará de Rivera: se reunirá, “dialogará”, sonreirá para la foto y hasta es capaz de presentar otro documento para un “pacto de legislatura”; pero tampoco servirá de nada, de nuevo, por la maldita Aritmética.
Quizás ahora parece inverosímil, pero a Rajoy todavía le queda un as en la manga para que gobierne el PP: dejar paso a otro candidato en unas hipotéticas nuevas elecciones. En Génova aseguran que el presidente ya lo está rumiando. Justificará que ha intentado gobernar, pero que, al estar vetado por todos y también “por el bien de España” se retira. Y, en ese caso, sí que otro candidato podría alcanzar acuerdos de Gobierno con el PSOE y, naturalmente, con Ciudadanos, que ya se sabe que Rivera pacta a diestra y siniestra, que para eso es el adalid del centrismo. Rajoy cerraría su carrera política con un gesto de generosidad. Y, puestos a soñar, Sánchez seguiría el ejemplo y ambos serían despedidos con una cerrada ovación.
Pero antes de que se celebren nuevas elecciones, quien todavía y desde siempre tiene la sartén por el mango, desde el minuto después de cerrar las urnas el 20-D, sigue siendo Pablo Iglesias. Y ahora más arrogante que nunca. Porque es verdad que le sugirió a Sánchez que coqueteara con Rivera para despistar a los barones, pero una cosa era coquetear y otra besarse en público. Y esa infidelidad se la va a hacer pagar.
Y cuando esta semana, los líderes del PSOE y Ciudadanos salgan del Congreso con el rabo entre las piernas, Pablo Iglesias llamará a capítulo a Pedro Sánchez y le torturará a placer. Para empezar, tendrá que tragarse entero el documento de Ciudadanos que con tanto boato firmó en el Congreso de los Diputados. Quizás, algún día, hasta reconozca que fue una añagaza y que utilizó a Rivera para que le apoyaran los militantes, como así ha sido, y para torear a los barones, a los que les va a costar oponerse al suicidio del PSOE tras el éxito de la consulta-trampa de Ferraz.
Ahora, también como siempre, si Sánchez quiere ser presidente, tendrá que ceder más de medio Gobierno a Podemos, tendrá que pasar por el aro, tendrá que dejarse humillar. Si acordó con Rivera no subir el IRPF, aceptará la imposición de Iglesias de ponerlo en órbita; si estaba dispuesto a defender la unidad de España hasta el final, aceptará un Ministerio de Plurinacionalidad que ya se ha ocupado de inventar y bautizar Podemos para ponerlo al servicio de los independentistas; y así hasta el final. Y es que, el pacto con la extrema izquierda arropado por los secesionistas sigue siendo la única baza de Sánchez para ser presidente del Gobierno, de ese “Gobierno progresista y reformista” que vale igual para un roto que para un descosido, que puede formarlo con Podemos, con Ciudadanos o con el lucero del alba.
Cuando esta semana termine el vodevil parlamentario del PSOE y Ciudadanos, nada habrá cambiado. Dos meses perdidos entre la parálisis de Rajoy, los bandazos de Sánchez y los posados de Rivera. Seguiremos sin conocer el futuro Gobierno de España. Seguiremos como el 20D, como siempre. O gobierna la extrema izquierda o nuevas elecciones.