Para los que gusten de trasnochar y vivir sensaciones encontradas, este martes se celebra en Estados Unidos el denominado 'Super Tuesday', fecha clave en la que trece estados, entre los que se cuentan territorios clave como Alabama, Arkansas, Georgia, Oklahoma, Tennesse, Texas y Virginia, celebran caucus y primarias en lo que se antoja como una suerte de nudo gordiano en este
show en el que se ha convertido la elección de los candidatos presidenciales.
A tan crucial citan llegan como favoritos sobre el papel, que luego vaya a saber, el histriónico y plastificado Donald Trump, que en las últimas horas ha sumado a su causa al no menos populista Chris Christie, hasta ayer rival en las primarias y gobernador de Nueva Jersey, y Hillary Clinton,
reforzada tras su victoria del sábado en Carolina del Sur.
Reconozco que nunca le otorgué tanto recorrido a Trump como el que lleva reptado. Para estas fechas contaba con que los Jeb Bush, Marco Rubio, Ted Cruz o el propio Christie se estarían peleando por el pastel, dejando al magnate en una anécdota chusca de un proceso que se presta a este tipo de excentricidades. Sin embargo, para mi preocupación ahí sigue encabezando los sondeos y viendo cómo la terna de rivales, que superaba la quincena, se ha ido reduciendo hasta ser él contra todos, que ya no son tantos para urticaria generalizada en la zona noble del republicanismo americano.
Sigo teniendo la esperanza de que estas primarias sólo sean un sueño atragantado de un novelista de medio pelo, que antes o después los estadounidenses caerán en la cuenta de lo peligroso que es jugar con fuego, que sentirán el calor antes de quemarse, y de lo aberrante que es ver a un aspirante al sillón más importante del planeta, el que lidera la llamada primera democracia del planeta, cargando contra las minorías con semejante palabrería y menospreciando hasta la saciedad la Constitución, ese emblema nacional sólo comparable a la bandera y al águila.
Sin embargo, ahí sigue Trump valiéndose de su vómito dialéctico para ganar a su causa al sector más hastiado de la sociedad de EEUU, una estrategia que nos es familiar aquí en España, y enemistándose con propios y extraños. Un día son los mexicanos, al día siguiente son los gays o los judíos y mañana pueden ser los pelirrojos, los veganos o los empleados del zoo.
Menos mal que en caso de consumarse la pesadilla de laca y blanqueador dental queda toda una campaña presidencial donde Hillary Clinton, de cumplirse los pronósticos, puede hacer valer su mayor experiencia en política, tanto nacional como internacional, y retratar de una vez al impostor y dar por difunto este sainete.
Para mi Hillary siempre fue la cabeza pensante en ese contrato llamado matrimonio que tiene con Bill, la corbata con, hasta ahora, llave al Despacho Oval. Ahora, con los clichés racistas y sexistas en la basura y como es habitual nos llegará en diferido en lustros o décadas, es hora de que la gran figura política que siempre ha sido la exsecretaria de Estado acuda a su cita con la historia.
En un cara a cara me atrevo a decir que Trump haría las veces de Ronda Rousey y Clinton de Holly Holm, léase un
ko a las primeras de cambio y buenas noches. Quiero pensar que no hay color por experiencia, por recorrido, por capacidad y por argumentos. Y digo quiero pensar porque espero que ella no entre al trapo.
Por mucho que quiera embarrar el debate Trump, como ya ha hecho entre sus propios colegas del GOP con tan sorprendente como bochornoso éxito, logrando incluso que Rubio y Cruz lleguen a renegar de sus raíces hispanas (WTF?!), otra partitura sonará en la cabeza del multimillonario cuando no le baste con eructar la primera ocurrencia que llegue rebotada y presurosa a su mente, sino que tenga que convencer a todos esos a los que ha menospreciado, cuando no insultado, a lo largo de meses.
A ver qué cuentas hace si en contra suma 25 millones de inmigrantes, gran parte del voto joven, afroamericano, del femenino y de los sectores más feroces del Partido Demócrata. Hasta entonces nos queda ver su chirriante ascenso político que, espero, termine en batacazo, como otros, más de índole financiero, que ya se ha pegado en su vida.