Decía Nietzsche que “no se odia más que a un igual o superior. Y según Bernard Shaw, “odio es la venganza de un cobarde intimidado”. El odio es algo muy presente en la vida de asesinos y criminales; entre ellos, Arnaldo Otegui. El terrorista de ETA es un hombre libre desde ayer; el nuevo icono de la izquierda. A falta del Ché, Otegui.
Otegui odia. Lo ha hecho siempre. En consecuencia, se integró en ETA PM -igual de cabrones pero sin matar-, y cuando ésta se disolvió, pasó a engrosar las filas de ETA, a secas. Lo suyo fue el secuestro, aunque eso es lo de menos: en una organización criminal, poco importa quien aprieta el gatillo: la responsabilidad es solidaria. No hay muertos sin aquellos que buscan pisos francos, hacen seguimientos o justifican y amparan su actividad. En este engranaje, cada pieza cuenta. Y Otegui especialmente.
El odio mata. ETA lo hizo con casi 900 inocentes -todas sus víctimas lo son-. Otros miles, heridos o extorsionados, tuvieron que dejarlo todo atrás -tantas y tantas familias rotas y arruinadas- para huir de la barbarie nacionalista/socialista, que es lo que es la izquierda abertzale. Sin embargo, fuimos más fuertes y ganamos. O eso parecía.
ETA dejó de matar no por falta de ganas, sino porque no podía. Sus terroristas eran cada vez menos, y cada vez más ineptos. Eso, unido a la impagable labor de la Guardia Civil y algunos jueces y fiscales, hizo que la banda armada anunciase un “alto el fuego permanente”. Pero el odio seguía latente. Sus mamporreros políticos -Sortu, Bildu o Amaiur; tando da el nombre, mismos perros con distinto collar- nunca abandonaron “la lucha”, y hoy tienen una relevante cuota de poder en Navarra y Euskadi.
Ya fue así en tiempos de Batasuna, brazo político de ETA que Otegui intentó reconstruir tras desmantelarse por la justicia y razón por la cual fue encarcelado. Conviene recalcar bien este hecho: en España no hay presos políticos. Quien quiera ver uno -o mejor dicho unos cientos- que se vaya a Venezuela. Aquí, en todo caso, tenemos asesinos y criminales que cumplen condena y, de paso, permanecen a buen recaudo para evitar que sigan haciendo daño. Otegui, pues, fue condenado por pertenencia a banda armada, no por sus ideas. Que se lo pregunten si no a los que su comando secuestró, o a casi 1.000 familias que siguen llorando la ausencia de sus seres queridos cuyo asesinato el terrorista éste nunca condenó.
Otegui es amigo de Jordi Evole. Tal para cual. También le rinden pleitesía los de la CUP, Esquerra y Podemos: los agasajos públicos que le han dispensado son tan sangrantes -nunca mejor dicho- como esclarecedores. Errejón y Pablo Iglesias, de hecho, no cabían de gozo vía Twitter. Dime con quién andas y te diré quién eres. No recuerdo tanta podredumbre moral desde los tiempos de monseñor Setién, otro que tal. Venezuela se muere de hambre, y casi 1000 personas murieron por el odio de los de Otegui. Bienvenidos a la nueva política, la de los que abogan por todo esto. Enhorabuena, podemitas.