Opinión

La perenne vitalidad de Tolkien

TRIBUNA

Alejandro San Francisco | Martes 01 de marzo de 2016

Una de las noticias interesantes de febrero fue el hallazgo de dos poemas inéditos de J. R. R. Tolkien (1892-1973). Hace algún tiempo recordábamos en estas páginas la importancia de "Releer a Tolkien", como un gran escritor de literatura fantástica (El Imparcial, 5 de mayo de 2015). El autor británico tiene una particularidad interesante: ha seguido "escribiendo" después de su muerte.

Efectivamente, a la saga que comenzó en 1937 con la aparición del Hobbit, siguió la obra magna de Tolkien, aparecida en tres volúmenes por razones editoriales: La comunidad del anillo, Las dos torres y El retorno del Rey, que representa la llamada trilogía del Señor de los Anillos. El Silmarillion, por su parte, comenzó a ser escrito cuando era un joven y luchaba en las trincheras de la Primera Guerra Mundial, pero nunca alcanzó a terminarla.

Desde 1973 han seguido apareciendo numerosos trabajos de Tolkien, como historias de la formación de la Tierra Media, de sus escritos, así como la edición de sus cartas - lectura fundamental para conocerlo en términos más íntimos y biográficos-, y numerosas obras que han llevado a algunos a afirmar que hay un abuso tardío que podría terminar dañando la obra del propio Tolkien.

En esta ocasión, informó el The Guardian británico, los poemas encontrados en Oxford, Inglaterra, son "The Shadow Man" y "Noel". Los textos -que fueron utilizados por Tolkien después en algunas de sus obras- habían aparecido en la revista Crónica de Abingdon, publicación de una escuela, y fueron descubiertas por el investigador norteamericano Wayne Hammond. "Mi emoción cuando los vi [los poemas] fue abrumadora. Soy un gran fan de Tolkien y estaba encantado de descubrir la conexión con la escuela", fueron las palabras de Stephen Oliver, el actual director de Our Lady's School, colegio al cual pertenecía la revista.

Vale la pena volver a Tolkien. Fue uno de los principales autores del dramático siglo XX, y escribió algunas de las obras más leídas y recordadas, desde su ese comienzo magistral, que escribió improvisadamente y que no tenía explicación: "En un agujero en el suelo vivía un hobbit". Cuando se publicó ese libro, pareció un cuento para niños, pero el propio autor se encargó de clarificar el tema en una conferencia un par de años después, "Sobre los cuentos de hadas", en la que expresa que ellos se justifican si son escritos "por y para adultos", precisamente porque son los mayores los que necesitan los bienes que producen esas lecturas: Fantasía, Renovación, Evasión y Consuelo. Otra de sus características es la del final feliz, para lo cual utiliza el neologismo "eucatástrofe", referido al giro repentino que permite que los sucesos lleven precisamente a dicho final.

Esta idea cobra especial fuerza en El Señor de los Anillos, publicado poco después de mediados de siglo y que se transformaría en una obra de culto. Si en El Hobbit el personaje central era Bilbo, en la nueva publicación sería Frodo, acompañado del siempre leal Sam, quienes deberían enfrentar una serie de aventuras que no querían y para las cuales no estaban preparados. Sin embargo, fue el mago Gandalf quien los animó a salir de la comarca y los acompañó con decisión y sabiduría. Esta frase del mago ilustra bien su visión sobre lo que venía: "Hay mucho más en él [aplicada tanto a Bilbo como a Frodo] de lo que imagináis y mucho más de lo que él mismo se imagina". De ahí en adelante se volvía necesario y posible acometer la tarea, propia de "la mano pequeña que mueve al mundo", que aparece en el famoso "Concilio de Elrond".

La obra tolkeniana tiene su origen en la Primera Guerra Mundial, en la que participó junto a sus amigos de la TCBS, Wiseman, Gilson y Smith. Eran "la amistad elevada a la enésima potencia", cuyo objetivo era escribir una mitología para Inglaterra, tarea que quedó a cargo del propio Tolkien, quien recibió una carta escrita por su amigo Smith, quien muy luego murió en el frente de batalla. Ahí encomendaba con sencillez y esperanza: "que digas las cosas que yo intentaba decir cuando yo no esté para decirlas, si ésa es mi suerte". Así ocurrió y así nació la obra del escritor británico.

La vida de Tolkien se puede conocer -entre otras obras- en Humphrey Carpenter, Tolkien, Una Biografía (Barcelona, Editorial Minotauro, 1990) Daniel Grotta, J. R. R. Tolkien (Santiago, Edit. Andrés Bello, 1992), aunque también resulta fundamental conocer de primera mano el pensamiento de Tolkien en sus Cartas (Selección de Humphrey Carpenter, con la colaboración de Christopher Tolkien, Barcelona, Edit. Minotauro, 1993), a las que se pueden sumar los trabajos de Joseph Pearce y José Miguel Odero, entre muchos otros que se han aproximado a su vida y su obra. Valga la pena recordar que nada reemplaza la lectura de la literatura tolkeniana, a la que conviene acercarse sin prejuicios, particularmente en relación al tema de que son "cuentos para niños".

Aunque cada una de esas obras tengan una misión en sí mismas, como mitología, es evidente que también tienen un sentido trascendente, que muchos han estudiado y que el propio autor explicó en distintas cartas. Por ejemplo, destaca el valor de la gente corriente: "así son a menudo los trabajos que mueven las ruedas del mundo. Las manos pequeñas hacen esos trabajos porque es menester hacerlo, mientras los ojos grandes se vuelven a otra parte" (carta de 16 de abril de 1956), en parte referido a los soldados rasos que lucharon en la Primera Guerra Mundial, y ciertamente a los hobbits y sus aventuras. O esa sabiduría que expresaba el mago Gandalf, en relación a nuestra propia tarea en este mundo: " no nos corresponde a nosotros elegir la época en que nacemos, sino hacer lo que esté de nuestra parte para componerla" (carta de 16 de noviembre de 1969). En la misma línea recordaba a otro grande, Chesterton, con quien solía pensar, en la misma carta, que "es nuestro deber mantener flameando la Bandera de este mundo".

En la misma línea se puede incorporar su dimensión religiosa, considerando que Tolkien era un católico, de misa diaria, y que consideraba que esta era una dimensión crucial de su existencia. En su conferencia "Sobre los cuentos de hadas" concluía diciendo: "El cristiano ha de seguir trabajando, en cuerpo y alma, ha de seguir sufriendo, esperando y muriendo. Pero ahora puede comprender que todas sus inclinaciones y facultades tienen una finalidad, que pueden ser redimidas".

Otra manifestación de la vitalidad permanente de uno de los grandes escritores del siglo XX, que cada cierto tiempo nos sorprende con buenas noticias que animan a volver a leer su obra.