Poco o nada se ha avanzado hacia el acuerdo en una segunda jornada del debate de investidura –primera con debate real- en la que Pedro Sánchez ha insistido en los puntos de su discurso inicial, “podemos ponerlo en marcha la semana que viene” incluido, y Rajoy e Iglesias han vapuleado en sus discursos al líder socialista. El cuarto en discordia, Albert Rivera, ha optado por el tono conciliador que le permite ser el socio del acuerdo del PSOE y el líder del partido, dentro de lo que cabe, menos atacado de los cuatro grupos mayoritarios. El ambiente, tosco y poco amable. Las sonrisas, más cínicas que cómplices. Y las réplicas, más personales que políticas.
Mariano Rajoy ha optado por la sorna y la ironía en su intervención, y ha acusado a Sánchez de ser la sartén que le pide al cazo humildad y diálogo cuando, ha recordado al socialista, ha negado las conversaciones al PP desde las pasadas elecciones, y no precisamente de buenas maneras. En su discurso, sin presencia pero con mucha crítica, ha acusado a Sánchez de haber perdido el tiempo y de haber gastado un mes para llegar a la investidura sin nada. Lo segundo, al menos, dato incontestable. Al programa con el que el socialista ha ido a la investidura le ha llamado desde “ruinoso” hasta “catastrófico”.
Pero además de para atacar, Rajoy, también ha aprovechado su tiempo para defenderse. No de todo, porque no tenía tanto tiempo. Pero sí de la acusación vertida sobre él, no solo por el socialista, de su escapismo al haber rechazado la oferta del Rey para formar Gobierno. El presidente en funciones ha insistido en la decencia de ese acto, ya que sabía que no tenía los apoyos necesarios, y ha vertido la culpa sobre el líder socialista. Le dijo al Rey que no podía, porque Sánchez no quería. Como el niño que le dice a papá y a mamá ‘es que ha empezado él’. De entre las metáforas como intento de daga, una sin desperdicio: “Los socialistas siempre siembran déficit y paro con la misma naturalidad que noviembre trae los catarros y la primavera las alergias”. Ahí queda eso.
Con un lenguaje mucho más trabajado, a la par que dogmático y enrevesado, ha atacado Iglesias a Sánchez, sin darle tregua tampoco. Poco ha atacado al PP y algo más a Ciudadanos a cuyo líder, le ha reconocido -entre el colegueo y la acidez- su habilidad política a la par que su bajeza como político, al ser de los que su única ideología es la cercanía al poder. Pero ha sido en las alusiones directas a Sánchez y a su pacto con Ciudadanos donde se ha quedado más a gusto. Con el tono condescendiente con el que se suele dirigir al líder socialista, no ha faltado la clásica ración de consejos Pablistas. Y de alusiones a la historia y a su respeto a las siglas socialistas, pidiendo a Sánchez, con otras palabras, que no las prostituya.
¿Mestizaje ideológico? Sobre el término acuñado por Sánchez en su intervención del día anterior, Iglesias ha apuntado que es “una capitulación ante las oligarquías” y ha invitado al socialista a que deje de escuchar a quienes le influyen y le prohíben gobernar con Podemos. De nuevo, Iglesias ha tirado del recurso de intentar ‘picar’ a Sánchez diciéndole que no manda, para ver si éste, como probablemente le pide el cuerpo, termina haciendo lo que le dé la gana. Esto es, gobernar sea al precio que sea. En este sentido, Iglesias ha terminado su maestramente expuesta retahíla de críticas y consejos para volver a tender la mano a Sánchez. Él tampoco se rinde en su intento de llegar al Gobierno. Y le ha dicho que está a tiempo de rectificar y volver con él, cual novio a caballo entre el despecho y la necesidad de su amada, que dejase atrás su orgullo para darle una segunda oportunidad.
Lo de Rivera ha sido otro cantar, puesto que no tenía el mismo objetivo que ninguno de los otros tres líderes. Ni siquiera el mismo que Pedro Sánchez, con quien tiene un acuerdo firmado. Mientras la empresa del socialista es conquistar a Pablo y los que le siguen, Rivera focaliza sus esfuerzos en conseguir el apoyo del PP. No es positivo, sino por abstención. Ya que, en un ejercicio de cordura, el de Ciudadanos no ha apelado imposibles. Así, ha dicho que no les pide que se sumen, porque ya han dicho que no se quieren sumar. Bien. Pero que les dejen trabajar a ellos. Casi igual de imposible, pero loable petición.
Como no tenía que meterse con Sánchez –no podía, por sentido común-, Rivera se ha cebado con Rajoy, que no con el PP. Curiosa paradoja, ya que ha querido ganarse a los populares tirando por tierra a su líder. Del presidente en funciones ha dicho que no es creíble y que no puede encabezar una etapa de cambio, cuando desprecia el cambio. Una estrategia de conquista que difícilmente puede tener así los resultados esperados. Pero honesta, al menos.
Sánchez, en sus réplicas a los tres candidatos, ha seguido explotando los mismos argumentos, con el mismo tono y las mismas fórmulas. Frase arriba, frase abajo, el socialista no ha introducido ningún giro de guión que pueda cambiar las previsiones de que, esta noche, no saldrá investido presidente.