Especial Elecciones EEUU 2016

Donald Trump, una amenaza para el mundo

EL MAGNATE, A UN PASO DE SER EL CANDIDATO REPUBLICANO

B.M.H. | Jueves 03 de marzo de 2016
Le acusan de racista, mentiroso o manipulador, pero sigue liderando. B.M.H.

Lo que hace unos meses era tan sólo una mera anécdota a la que pocos le daban recorrido se ha ido convirtiendo, con el paso de las sucesivas semanas, mitin a mitin, debate a debate, en una realidad inquietante. Donald Trump, un multimillonario hecho así mismo con dos bancarrotas y sendas recuperaciones en su haber y que se autoproclama fiel reflejo del sueño americano, es a día de hoy el aspirante con más posibilidades de postularse a la Casa Blanca por el Partido Republicano (GOP, Grand Old Party) el próximo mes de noviembre.

A estas alturas de él se ha dicho casi de todo y normalmente malo. Racista, ignorante, loco, fascista, torpe, fraude, egocéntrico, manipulador, chulo, hipócrita, demagogo, mentiroso y así hasta un muy largo etcétera. De 69 años, Trump, nacido en Queens (Nueva York), ha hecho suyos los votos de millones de conservadores desencantados con la deriva nacional y la desconexión de la clase política de Washington, el llamado establishment, a la que se le acusa de darle la espalda a la ciudadanía, a la que sólo tienen en cuenta cuando toca acudir a las urnas cada dos años para renovar el asiento.

Tirando de proclamas populistas y una estrategia más propia de shows televisivos, un medio en el que se mueve como pez en el agua, el magnate, cuya fortuna se ha forjado eminentemente en el mundo inmobiliario, se ha impuesto en diez de las quince primeras elecciones primarias del GOP dejando por el camino a rivales de envergadura, como Jeb Bush, Carly Fiorina, Rand Paul, Rick Santorum o Chris Christie, este último hasta hace unos días contrincante y ahora gran valedor de su candidatura.

Ni todo el aparato del GOP, que asume preocupado que no puede controlar su candidatura, ni los rivales más moderados en la carrera presidencial han logrado hacerle perder tirón y a ocho meses para que la primera potencia mundial vote para elegir al que será el cuadragésimo quinto presidente de Estados Unidos, los analistas dan casi por segura su candidatura.

Tal es la seguridad en sí mismo, por si no la tuviera ya de serie antes de convertirse en candidato, que ha llegado a decir que podría disparar a gente en medio de Nueva York y eso no le haría perder un solo voto. También ha reconocido que adora a los tontos cuando se le ha echado en cara que estos son los únicos que le votan. "Jamás decepciono a la gente, yo siempre cumplo", ese es su mantra electoral.



Anuncio electoral de Donald Trump.

A la derecha de la derecha

Pero, ¿qué hay detrás de este fenómeno político que muchos tildan de aberración? ¿Cómo alguien sin experiencia ni contactos políticos ha podido posicionarse como la primera opción republicana a la Casa Blanca?

El ya mencionado desencanto del votante conservador americano es uno de los argumentos más recurrentes. El fulgurante auge y posterior caída del Tea Party hace unos años no logró conformar una estructura ultraconservadora permanente en el seno del GOP, por lo que ese vacío, a la derecha de la derecha americana, se presentaba demasiado goloso como para que nadie lo ocupase. Es ahí donde se ha apoltronado Trump.

Con un discurso llano, estridente, por momentos rudimentario, potente y cautivador, el multimillonario ha sabido ganarse la confianza de millones de electores, sobre todo de las clases media-baja y baja blanca que ven amenazada su hegemonía demográfica ante la creciente presencia de minorías inmigrantes y de lo que ellos consideran como una "latininización" de Estados Unidos. En este sentido, Trump se ha valido hábilmente de una tensión racial latente en todo el país para defender los intereses y el orgullo de un conservadurismo carente de figuras con las que empatizar.

Así, si se recopilan las promesas electorales de Trump, todo gira en torno a su principal eslogan político en esta campaña: "Devolvamos la grandeza a América". La promesa de un muro más alto y más largo, de unos 3.200 kilómetros de longitud, que separe a Estados Unidos de México y que además sea costeado por el Gobierno de Enrique Peña Nieto, la expulsión inmediata de once millones de indocumentados o la eliminación del derecho a la ciudadanía para los hijos de ilegales son promesas demasiado tentadoras para un votante republicano medio hastiado tras ocho años de Gobierno de Barack Obama.

Guerra a China

Pero la cosa no queda ahí. Trump se ha comprometido a plantar cara a la hegemonía comercial de China en el mundo mediante restricciones a las importaciones provenientes del continente asiático con un arancel de entre el 25 y el 45 por ciento. El precandidato republicano acusa a Pekin de "destrozar" la economía de EEUU con políticas comerciales "desleales" y de "robar inventos estadounidenses" para hacerlos suyos.

Su estrategia contra la potencia asiática no se limitaría a los mercados, sino que también aboga por reforzar la presencia militar de Estados Unidos en el Mar de China. "Una presencia militar fuerte será una señal clara para China y otras naciones en Asia, y de que América ha vuelto al negocio del liderazgo global", declaraba hace unas semanas.

Siguiendo con las promesas de índole económico y social, Trump, fiel defensor de la descentralización de Washington, ha tirado de todo el populismo del que ha sido capaz para tentar al votante: bajada generalizada de impuestos, en especial los aplicables a las rentas, y abolición del de sucesiones en todo el país, creación masiva de empleos para los estadounidenses, sanidad pública y gratuita para los mayores de 65 años (tradicional nicho de votantes republicanos), mantenimiento del salario mínimo en los 7,25 dólares la hora actuales, obligación de que empresas punteras como Apple reabran sus factorías en suelo nacional para dar el trabajo a los americanos y protección de las pensiones.

Como aspirante a liderar a la primera potencia mundial, Trump también ha dejado entrever ciertas pinceladas de lo que sería su estrategia diplomática, si bien el grueso de su discurso, lógicamente, se ha centrado en las cuestiones nacionales, que son las que más preocupan al electorado que participa en las primarias y caucus del Partido Republicano.

En este sentido, de llegar a sentarse Trump en el Despacho Oval, las relaciones con su vecino del sur, México, no se espera que fueran fáciles. No sólo es la ya mencionada promesa de ampliar el muro que divide ambos países, sino también las polémicas declaraciones que hizo el precandidato republicano hace unos meses: “Cuando México envía (a EEUU) a su gente, no envía a los mejores. Envía a la gente que tiene muchos problemas, que trae drogas, crimen, son violadores”.

Por contra, el multimillonario ha reconocido sentir admiración por las formas de gobernar de Vladimir Putin, con el que ha intercambiado piropos (el ruso le ha llegado a calificar de "hombre muy brillante"). Para el republicano, Rusia debería ser el principal actor en Oriente Medio y delega en el Kremlin la gestión de la lucha contra Estado Islámico en la región.

Eso sí, no se desvincula del todo de la lucha global contra el yihadismo y ha amenazado a los radicales con bombardearles "a ellos, a sus mujeres y a sus hijos" con tal de derrotarles. Pero ahí no queda la cosa, Trump ha propuesto a Defensa que bañe las balas que usan los soldados en combate con sangre de cerdo, animal impuro para el islam, a modo de desprecio simbólico a los yihadistas de ISIS y Al Qaeda.


Discurso íntegro de Donald Trump tras su noche triunfal el pasado 'Super Tuesday'

Un estado policial

Porque si hay un colectivo señalado por Trump ese es el de los musulmanes. El multimillonario, de llegar al poder en enero del año que viene, cuando el nuevo presidente será investido, cerrará las fronteras para todos los fieles islámicos, además de intentar crear un registro de personas que reconozcan esta confesión.

Obviando lo que al respecto tendrían que decir la Constitución y el Tribunal Supremo, decenas de organizaciones sociales y políticos de uno y otro signo han puesto el grito en el cielo con esta propuesta al considerar que se acerca peligrosamente a lo que se espera de "un estado policial".

En otros asuntos candentes, Trump se ha declarado equidistante en el problema entre israelíes y palestinos, no esconde su menosprecio por las instituciones y el papel de la Unión Europea, quiere mantener abierta la base de Guantánamo y cargar sus costes de mantenimiento al régimen castrista, respeta el acuerdo nuclear con Irán aunque defiende un endurecimiento de la vigilancia al régimen de los ayatolás y está dispuesto a recuperar la tortura como elemento legal en los interrogatorios a sospechosos de atentar contra la seguridad nacional.

Pero los planes de Trump no sólo pasan por darle un lavado de cara a la nueva "Gran América" que proyecta, sino que también demolerá el trabajo realizado por su, llegado el caso, antecesor en el cargo, Barack Obama. El republicano ha reconocido que derogará de inmediato la ley de atención sanitaria, popularmente conocida como 'Obamacare', uno de los grandes logros de la actual Administración saliente.

Sin embargo, abolir el controvertido plan sanitario podría salirle muy caro a Trump de cumplirse las previsiones de la Oficina de Presupuesto del Congreso y del Comité Conjunto sobre Tributación, que estiman que su derogación podría incrementar el déficit de Estados Unidos, uno de los grandes caballos de batalla de su economía, en 350.000 millones de dólares entre 2016 y 2025.

Si bien muchos analistas consideran que el magnate inmobiliario tendrá que moderar su discurso de llegar a postularse a la Casa Blanca como candidato del GOP, pues no es lo mismo unas primarias, en las que uno se dirige al electorado propio, que una campaña presidencial, en la que tendrá que intentar acercar a sus posturas a moderados, indecisos o hasta al votante menos afín, preocupa y mucho el panorama que dibuja Trump en un futuro con él en el Despacho Oval.

Por lo pronto, el precandidato republicano ya ha logrado poner de manifiesto la permeabilidad de la sociedad estadounidense actual a las propuestas más radicales, o incluso descabelladas. La crispación y la sectarización de la primera potencia mundial es cada día más creciente, lo que ha sido el caldo de cultivo perfecto para el surgimiento de candidatos del extremismo de Trump, un "fraude" en palabras de Mitt Romney, candidato presidencial del Partido Republicano para las elecciones de 2012, o un "loco" para el expresidente mexicano Vicente Fox.

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