TRIBUNA
Juan José Laborda | Viernes 04 de marzo de 2016
El debate de investidura de Pedro Sánchez no ha sido inútil, aunque no obtenga los votos necesarios para alcanzar la presidencia del Gobierno.
El debate ha tenido la virtud de poner delante de la mirada inteligente del pueblo democrático la realidad política, hasta ahora filtrada por debates televisivos incompletos (Rajoy no acudió al que estuvieron los demás candidatos), mal planteados (el de Rajoy contra Sánchez), o por toda suerte de productos televisivos que perseguían más incrementar la audiencia, que ofrecer la información necesaria para que los ciudadanos formaran su criterio antes de ir a votar.
Yo tengo la sensación que el debate ha puesto en marcha, a la vez que la cuenta atrás para nuevas elecciones, unos cambios políticos que estaban detenidos desde hace muchos años.
El PP de Rajoy ya no puede mantener una ambigüedad que hasta ahora le había asegurado el monopolio de votos en el espacio de centro derecha: no aclarar si el PP de Aznar y de Rajoy era heredero de la AP de Fraga y de los siete (ministros) magníficos de 1977, o la herencia venía de la UCD de Adolfo Suárez, Fernando Abril Martorell, Joaquín Garrigues-Walker o Francisco Fernández Ordoñez.
Mariano Rajoy intentó antes de las elecciones presentar al PP como heredero de la UCD, fulminando de las listas electorales a los candidatos más conservadores (contrarios a las leyes que no acepta la Iglesia Católica), y abriendo la campaña electoral bajo la estatua de Adolfo Suárez y acompañado del hijo del líder de la UCD y del CDS (Suárez nunca perteneció al PP). De nada sirvió ese viraje, pues los votantes más centristas se fueron al partido de Albert Rivera. El PP de Rajoy, a pesar su aparente actualización, su ideología no es tanto conservadora sino inmovilista en ciertos problemas, como el fundamental de Cataluña. La actitud pasiva del Gobierno de estos últimos años no es porque Rajoy sea así, sino porque el PP sigue pensando como AP sobre el Estado Autonómico: nunca estuvo de acuerdo con su regulación constitucional, estuvo en contra de la diferenciación entre nacionalidades y regiones, y lo que es más significativo, estuvo ausente de los grandes acuerdos que permitieron la aprobación de los Estatutos autonómicos primigenios y de las demás leyes contenidas en los primeros Pactos Autonómicos de 1982.
Para actuar como Gobierno en Cataluña hace falta iniciativa e imaginación constitucionales, y el presidente Rajoy, creyendo que actuando así perdía sus bases más fieles, se limitó siempre a criticar lo que otros proponían, o a esperar inmóvil a que se agravase el problema, para después desplazar toda responsabilidad a la Justicia constitucional o a la penal. "No comparto esas formas de liderar de Rajoy, si es que lidera” -dijo Albert Rivera durante una entrevista en RNE-: “Ha roto todos los puentes”, y Rivera puso tres ejemplos de esa pasividad: la lucha contra la corrupción, el reto independentista y rechazar la propuesta del Rey.
Cuál es la explicación de la irrupción de Pablo Iglesias y de “Podemos” ha sido suficientemente analizada. La desesperación de los afectados por la crisis económica, y la visión de la corrupción dentro de los partidos del sistema, aparecen como los dos principales factores generativos. Pero el debate en el Congreso ha mostrado algo más. “Podemos” intenta hacer retroceder la historia de la democracia española a tiempos anteriores al consenso constitucional de 1977. Pablo Iglesias empezó su discurso reivindicando a dos líderes comunistas, Gerardo Iglesias y Julio Anguita, los mismos que rompieron con el reformismo eurocomunista de Santiago Carrillo (al que Iglesias expulsó del PCE), los mismos que volvieron al leninismo soviético (¡cuando estaba a punto de caer la URSS!), y los mismos que hicieron de IU una formación contraria al nuevo sistema de seguridad internacional, tras la caída del muro de Berlín.
Para Pablo Iglesias, como para esos dos secretarios generales del PCE, la culpa de que no hubiese habido algo parecido a una revolución a la muerte de Franco fue que Carrillo, y sobre todo el PSOE de Felipe González, traicionaron sus convicciones de izquierda al promover el consenso con las derechas oligárquicas, según su versión del pasado. La ejecución de Salvador Puig Antich por el franquismo tardío, las muertes en Vitoria en marzo de 1976 (que la jueza argentina equivocadamente imputa a personas como Adolfo Suárez, Rodolfo Martín Villa y Alfonso Osorio, que no tuvieron nada que ver con esos tristes acontecimientos), para Pablo Iglesias, son dos momentos que la izquierda de aquel tiempo dejó pasar sin enfrentarse al Estado, con lo cual perdió la hegemonía, algo que “Podemos” no quiere perder ante el “Régimen del 78”. La rabia y el odio de la frase de Pablo Iglesias, sobre que Felipe González estaba manchado con cal viva, aparte de una mentira soez que hace imposible ningún trato con él, expresa que “Podemos” necesita destruir todo referente que sirva para mantener la legitimación del Estado constitucional de 1978.
El acuerdo entre el PSOE de Pedro Sánchez y el partido Ciudadanos de Albert Rivera ha sido útil para reactivar la conciencia democrática, deprimida por múltiples causas, entre otras, la ausencia de un auténtico debate parlamentario, en los últimos años. El PP necesita participar en ese debate más que los otros dos partidos identificados con la Constitución, pues el PP es ahora víctima de su estrategia, aquélla que le llevó a considerar que él solo tenía razón.
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