El expresidente del Gobierno José María Aznar cree que vuelven los "falsos profetas", "terroristas convictos que se quieren hacer pasar por pacificadores", que "aun cometerán la obscenidad de intentar compararse con los que han sufrido y sufren la cárcel por su compromiso por la libertad".
Aznar ha realizado estas afirmaciones en San Sebastián, donde ha cerrado con su intervención el acto de entrega del Premio Gregorio Ordoñez al opositor venezolano encarcelado Leopoldo López, que han recogido sus padres, Leopoldo y Antonieta Mendoza. Las declaraciones de Aznar se producen tras la liberación del dirigente de la izquierda abertzale Arnaldo Otegi, que ha cumplido seis años y medio de prisión en la cárcel de Logroño.
El exlíder del PP ha pronunciado un discurso, en el que ha criticado a "la extrema izquierda populista", a quienes "buscan o aceptan la destrucción de la integridad de la nación", y en el que ha abogado por un proyecto político "definido como una gran síntesis liberal-conservadora", "una síntesis que es de ideas y de personas" y que "tiene que señalar el camino de un nuevo proyecto político renovador".
Este ha sido el discurso de Aznar:
"La historia de la libertad es la historia de los que han luchado por ella. Es una de las historias más fascinantes de la humanidad porque en ella se expresa lo mejor de lo que somos. Lo mejor de lo que podemos llegar a ser.
Y porque en ella se muestra hasta qué punto una sola vida puede mover a otras y llegar a ser origen de cambios sociales decisivos.
Nuestra deuda con quienes nos han legado su sacrificio por la libertad sólo puede pagarse de un modo: tomando su testigo y manteniendo viva su herencia. Nuestra tarea no ha de ser solamente admirar, recordar o aplaudir lo que hicieron. Nuestra tarea es hacer lo que nos toca en una larga historia que reclama nuestra contribución.
La libertad, allí donde existe, nunca está garantizada para siempre. Sus enemigos se sirven de la generosidad del Estado de derecho y de las restricciones morales que los demócratas asumimos como infranqueables. Como debe ser. No somos como ellos. Siempre están dispuestos a volver a su camino de destrucción de la convivencia. Y, por tanto, ahora, hoy, también lo están.
Siempre están dispuestos a retomar su proyecto de imposición totalitaria del sectarismo. Hoy lo están.
Y siempre están dispuestos a hacer un nuevo gesto de desprecio y de humillación a la memoria de sus víctimas. Siempre lo harán, mientras obtengan premios políticos, concesiones tácticas y retóricas de cobertura por matar o por dejar de matar.
Por eso debemos dejar clara una cosa: que los enemigos de la libertad paguen por sus crímenes no los convierte en inocentes. El cumplimiento de su pena no es el precio con el que han comprado su delito.
Su daño es irreparable y jamás aceptaremos que ese daño y su condena se transformen en mito fundacional del relato de su éxito. Un relato infame que pretende no ya igualar a las víctimas y a sus verdugos, sino incluso convertir a los verdugos en víctimas.
No existe ninguna virtud moral en la mentira, aunque en ocasiones haya quien la proponga como acto supremo de civismo por el bien de la superación de no se sabe qué conflicto.
No existe ningún provecho social en la falsificación de la historia, aunque a algunos les sirva para blanquear un pasado negro de complicidades y silencios. No podemos llamar paz al arreglo que convierte a los asesinados en obstáculos a la convivencia y a sus asesinos en modelos de compromiso social.
Nunca vamos a aceptar esa manipulación obscena sobre lo que verdaderamente ocurre y sobre sus únicos responsables.
Esta es la tarea que la causa de la libertad demanda hoy de nosotros. La tarea que nos exige la memoria de Gregorio Ordóñez, asesinado por defender la democracia y por desafiar el terrorismo etarra con la fuerza de su voz y de su razón.
Afirmemos, sin eufemismos ni encubrimientos, que el terrorismo es el hecho crudo de la mano, la pistola y la nuca, como escribió Francisco Tomás y Valiente recordando a Manuel Broseta, ambos asesinados también. Y que la vida de Gregorio Ordóñez y de tantos otros da testimonio de todo lo que se opone a esa brutalidad.
No deben nada. Se les debe todo.
El terrorismo no es ciego, y no podemos cerrar los ojos ante él, ante sus movimientos y ante sus propósitos. En 1994, poco antes del asesinato de Gregorio, el Partido Popular llegó a ser la primera fuerza política en el municipio de San Sebastián. Y revalidó su victoria en las elecciones municipales con la candidatura de Jaime Mayor. Por eso, especialmente en días como estos, conviene recordar las palabras del Tribunal Europeo de Derechos Humanos, cuando afirmó, con motivo de la ilegalización de Batasuna, algunas cosas muy importantes sobre el derecho a mantener ciertas ideas políticas.
Afirmó el Tribunal lo siguiente:
“un partido político puede hacer campaña en favor de un cambio de la legislación o de las estructuras legales o constitucionales del Estado con dos condiciones: (1) que los medios utilizados al efecto sean desde todo punto de vista legales y democráticos; y (2) que el cambio propuesto sea en sí mismo compatible con los principios democráticos fundamentales.
De ello se deriva necesariamente que un partido político cuyos responsables incitan a recurrir a la violencia o proponen un proyecto político que no respeta una o varias reglas de la democracia o que pretende su destrucción así como el desprecio a los derechos y libertades que reconoce, no puede prevalecerse de la protección contra las sanciones infligidas por estos motivos”.
Y también lo siguiente:
“El Tribunal considera que no se puede exigir al Estado que espere, antes de intervenir, a que un partido político se apropie del poder y comience a poner en marcha un proyecto político incompatible con las normas de la democracia, adoptando medidas concretas tendentes a realizar este proyecto…
Un Estado puede imponer a los partidos políticos ‐formaciones destinadas a acceder al poder y dirigir una parte importante del aparato estatal‐, el deber de respetar y salvaguardar los derechos y libertades, así como la obligación de no proponer un programa político en contradicción con los principios fundamentales de la democracia”.
La democracia exige, pues, respeto en los medios y en los fines, y tiene no ya el derecho sino la obligación de defenderse incluso preventivamente de quienes declaran su pretensión de faltar a ese respeto.
Todo esto es absolutamente razonable. Una sociedad que defiende su libertad debe estar dispuesta siempre a extraer de ese principio todas las consecuencias prácticas que se derivan de él. Insisto, extraer siempre todas las consecuencias prácticas que se derivan de ese principio básico de la democracia.
Sin precipitación, con todas las cautelas que el propio Tribunal señala, pero sin miedo.
Lo único que debe darnos miedo es dejar sin defensa aquello que apreciamos. Hoy, en España, en torno al relato con el que se ha querido justificar la violencia terrorista confluyen todas las fuerzas que quieren destruir el sistema democrático y así lo dicen.
Confluyen todas las fuerzas que abominan de la Constitución y de la Transición que concilió a los españoles.
Confluyen todas las fuerzas que buscan o aceptan la destrucción de la integridad de la nación. Es decir, la destrucción del sujeto de la soberanía y del espacio común de nuestras libertades.
Se puede mirar a otra parte, se puede seguir en juegos tácticos irresponsables. Como tantas otras veces en la historia, alguien se puede creer capaz de cabalgar al tigre, aunque nadie que lo haya intentado viva para contarlo.
O se puede hablar seriamente de cómo responder al desafío crucial para España que han declarado todos aquellos que creen que ahora tienen la oportunidad de cumplir lo que nunca pudieron hacer: convertir a España en un país dividido, enfrentado, aislado y roto.
Se unen porque les une la idea de que la violencia forma parte de la política. La idea de que la política consiste en asaltar el poder y no en ganarlo respetando los principios de la democracia y el Estado de derecho.
Se unen porque la democracia, como expresión pacífica y legítima de las mayorías y del respeto a las minorías, les resulta insoportable; porque nunca aceptarán que ningún poder limite su arbitrariedad.
Se unen porque saben bien que si se rompe la nación se acaba con la Constitución y por tanto con la democracia y con la libertad.
Porque no pueden aceptar que los españoles decidiéramos la conciliación sobre la revancha y porque mientras la inmensa mayoría hemos optado por ganar la paz ellos insisten en querer ganar su guerra.
Una de las cosas que conviene no olvidar nunca es de quién somos deudores. La libertad que hoy disfrutamos se la debemos a muchos. Por eso la memoria de Gregorio Ordóñez y la de todas las víctimas del terrorismo ha de permanecer más viva que nunca, más clara que nunca y más limpia que nunca.
Hoy, con su recuerdo y con su ejemplo presentes, hacemos entrega del premio de la Fundación Gregorio Ordóñez a Leopoldo López.
El vínculo entre Gregorio y Leopoldo se hace evidente para quien dispone de una mínima sensibilidad hacia la democracia y hacia quienes la defienden. Como se hacen evidentes los vínculos entre quienes privaron de su vida a Gregorio y quienes privan de su libertad a Leopoldo. Gregorio Ordóñez, como Leopoldo López, pertenecen a esa categoría de los que escriben la historia de la libertad. Ellos son los imprescindibles. Ellos, y otros en las largas historias de horror, asumen el liderazgo moral, la plasmación de los valores en los que nos reconocemos, el compromiso con los principios a los que no renunciamos.
Es inconcebible la normalización de la apología de la represión que se ha producido en la política española. Una normalización que se inició con la quiebra de los consensos políticos que permitieron situar al terrorismo etarra al borde de su derrota completa y que desde entonces ha adquirido una presencia social renovada.
Aceptar en el sistema a los violentos no ha producido la disolución de los violentos en el sistema, sino la degradación del sistema a manos de los violentos. Esto lo sabe muy bien Leopoldo López, porque es un principio que funciona siempre en cualquier lugar.
Leopoldo es hoy, como ayer lo fue Gregorio, expresión viva del abismo moral que separa a los verdaderos luchadores por la libertad de quienes en su nombre extorsionan, amenazan, secuestran y asesinan. Y de la imposibilidad de buscar equilibrios o transacciones entre la democracia y sus impostores.
Y es una obligación para todos nosotros señalar esta diferencia. Desenmascarar a los enemigos de la libertad. Separar a los que han hecho todo por asegurar la democracia de los que hacen cuanto pueden por destruirla.
Porque vuelven falsos profetas; terroristas convictos que se quieren hacer pasar por pacificadores.
Y aun cometerán la obscenidad de intentar compararse con los que han sufrido y sufren la cárcel por su compromiso con la libertad. Como Leopoldo López.
Pues bien, quiero decir que si Leopoldo hubiera nacido aquí y hubiera dado aquí la batalla por las mismas convicciones que mantiene en una cárcel de Caracas, hoy no estaríamos exigiendo su libertad. Hoy estaríamos recordando su muerte a manos de los mismos que mataron a Gregorio Ordóñez.
Los mismos que asesinaron a otros militantes del Partido Popular y del Partido Socialista, como antes de la UCD y de Alianza Popular; los mismos que asesinaron a periodistas por no plegarse a la imposición del silencio; los mismos que acabaron con la vida de jueces y fiscales porque representaban el Estado de derecho; los mismos que atentaban contra las Fuerzas de Seguridad del Estado porque eran la garantía de la ley y de la libertad de todos. Fuerzas armadas, empresarios, trabajadores. Niños.
Por eso, a Gregorio y a Leopoldo les debemos un agradecimiento sin reservas, porque sin reservas han aceptado las consecuencias de la auténtica militancia democrática.
Para mí es un honor participar en este acto de la Fundación Gregorio Ordóñez para reconocer el valor de Leopoldo López. Porque es sobre ejemplos como el suyo, sobre voces como la suya, unidas alrededor de un proyecto nacional, como Venezuela está encontrando su camino seguro hacia la convivencia, la concordia y la libertad, tres valores, tres derechos que sólo un sistema democrático representativo puede asegurar.
Todos los demócratas del mundo debemos estar cerca del pueblo venezolano, exigir el respeto de su voluntad y de sus derechos, y no aceptar nunca para él lo que no aceptaríamos para nosotros mismos.
Este es el mejor homenaje y el mejor premio que podemos darle a Leopoldo: no dejemos de escandalizarnos, de indignarnos y de denunciar por lo que es un escándalo, una indignidad y merece ser denunciado alto y claro.
Siempre hemos dicho que queremos para Venezuela lo mismo que queremos para España. Hoy son los venezolanos los que nos dicen: no queremos para España lo que no queremos para nuestro propio país.
Deberíamos escucharles. Pronto hará trece años que renuncié voluntariamente por completo a todas mis responsabilidades políticas. Tantos como permanecí en ellas. Puedo hablar con perspectiva, aunque perspectiva no significa indiferencia. Siempre he expuesto ante la opinión pública española lo que he creído necesario decir por el bien del país y por el bien del proyecto político que impulsé durante muchos años. Un proyecto al servicio de España y de nada más.
He hecho lo que sinceramente he creído que me correspondía hacer. He alertado y he alentado. He pagado el precio de hacerlo, aunque mis posiciones públicas resistan razonablemente el contraste con los hechos.
Gregorio fue asesinado cuando lideraba aquí, en San Sebastián, un proyecto político que yo encabezaba y que nunca habría llegado a ninguna parte sin personas como él. Un proyecto para España que se forjó especialmente en el País Vasco.
Nos habría gustado que no hubiera sido así, pero desgraciadamente lo fue. Porque aquí se situó la primera línea de defensa de la democracia, que durante un tiempo fue respaldada en cada plaza y en cada calle de cualquier lugar de España.
Y hoy, como homenaje a él, quisiera recordar muy brevemente en qué consistió ese proyecto.
“Una cierta sensación de fatalidad recorre la vida política española”.
Con esa frase, que hoy puedo traer aquí, comencé una reflexión de fondo el 29 de febrero de 1988, con motivo de una conocida conferencia pública. Me refería entonces a una situación distinta que acusaba la falta de una alternativa política a un socialismo todavía hegemónico. Mi partido y mi país atravesaban entonces lo que a mí me parecía una mala situación que llevaba camino de empeorar, y me pareció ineludible realizar una propuesta que pudiera romper esa tendencia, para pasar a liderar una estrategia de victoria.
Algunos, afectados por ese mal endémico de la política española que es el adanismo, recibirán con desdén esta nota de recuerdo. Pero otros, yo el primero, quizás la encuentren suficientemente valiosa como para tenerla en cuenta. Porque esa sensación de “fatalidad” que denunciaba en 1988 hoy se manifiesta en el pesimismo, en el retorno a la creencia de un país ingobernable.
O se manifiesta en la resignación ante un supuesto destino inevitable que nos hará caer en el destrozo social, económico y político de la extrema izquierda populista. Esa extrema izquierda populista y totalitaria que es la culpable de que personas como Leopoldo López se encuentren amenazadas, perseguidas y encarceladas; y que es la culpable de que un país como Venezuela haya descendido a niveles insoportables de carencias para la población, violencia y quiebra social e institucional.
Soy bastante persistente en mis ideas y en mis creencias. Soy consciente de que las cosas son complicadas, pero es bueno seguir el consejo del sabio y no hacerlas más complicadas aún.
Mi idea de la política parte de la confianza en mi país, en una sociedad, como la española, moderna y responsable, que no está en absoluto condenada a vivir atenazada por los discursos del antagonismo social, ni seducida por los crueles espejismos de la demagogia.
Esa sociedad, ese país, merecen un proyecto político útil, definido como una gran síntesis liberal‐conservadora que tantos beneficios han rendido a las sociedades europeas.
Una síntesis que es de ideas y de personas; que ha de ser el resultado de un debate profundo; que tiene que señalar el camino de un proyecto político renovador, para el reencuentro con una sociedad que plantea nuevas exigencias.
Un proyecto político que no puede abandonar la vanguardia social porque es el que cree en las personas y sus decisiones como motor de la prosperidad; que debe anclar sus posiciones en la libertad y en la responsabilidad, en el compromiso con los ciudadanos, con sus derechos y con sus oportunidades.
Me gustaría que estas consideraciones fueran de alguna utilidad. Me he dedicado siempre al proyecto político que mereció el sacrificio supremo de tantas personas ejemplares.
Me dediqué a este proyecto desde su inicio y desde entonces mis decisiones siempre han ido encaminadas a asegurar su continuidad. Otros, como Gregorio, lo sacrificaron todo por lealtad a sus convicciones y por el ideal de una España en democracia y libertad, la España cercana de Gregorio que era esta tierra.
Ante el recuerdo de Gregorio, quiero decir que personas como Leopoldo López son las que permiten a Venezuela mirar más allá de este tiempo con la esperanza fundada de alcanzar el futuro que los venezolanos merecen. Este premio, que evoca la figura de Gregorio Ordóñez, quiere reconocer el valor del compromiso, la fuerza del sacrificio, y el ejemplo de los que han tenido el coraje de afrontarlo".