Especial Liga

El Madrid alterna seriedad y colorido para golear al Celta | 7-1

JORNADA 28: REAL MADRID 7 CELTA 1

Diego García | Sábado 05 de marzo de 2016
Ronaldo anotó cuatro goles en un segundo tiempo imponente. Por Diego García



La rudeza con que la realidad ha arrinconado el relato de ilusión impostada construido desde las oficinas de Chamartín con el cambio de timón configuraba para este sábado una amósfera de presumible indigestión. Nada quedaba ya del mantra que definía como óptima la dialéctica sonrisa-triunfo, sin otorgar importancia al resto de variables que ha de manejar un vestuario -táctica, compromiso, solidaridad o trabajo en pos del colectivo-. No se percibía atisbo ni en la tribuna, ni en el banquillo en construcción. Con el hospedaje de la Roma en la mirilla, e inmerso en un sinsabor liguero perpetuo, asistió el maltrecho conjunto merengue al desembarco del afilado Celta de Vigo, que llegó con la firme intención de cosechar en la suerte de tenso armisticio con que se maneja el presente en la Castellana. Había de defender el bloque gallego su escaño de acceso a competición europea y lo hacía bajo una pespectiva familiar y halagüeña: pescar en río revuelto. Enfrente, apartentaría que sólo el orgullo de las vacas sagradas y el hambre de los menos habituales podrían mantener el rigor competitivo de un Madrid descontextualizado a esta fecha de curso. Con el Villarreal desinflando el colchón del tercer puesto y el Atlético en pleno repunte, otro capítulo de indolente auto complacencia, que los vigueses estarían tan encantados como capacitados para amortizar, se presumiría funesto para la entidad capitalina desde cualquier parámetro analizable. Las ruinas del proyecto del proyecto todavía disponían de margen para ganar pelaje tétrico.

Zinedine Zidane, que giró el integrismo ofensivo que no corrige vicios tras el derbi pretérito, volvió a apostar por edificar un bloque salpicado de obreros. Si lo hace como ajuste estudiado o empujado por las circustancias e infortunios, está por ver. El caso es que Casemiro recuperó el rol de ancla, Kovacic el de brega y desengrasante e Isco recobró la manija creativa medular. Ronaldo se vería brigado, en esta ocasión, por la irrupción de Borja Mayoral y la testada entrega de Lucas Vázquez. Carvajal y Sergio Ramos recuperaban titularidad con Pepe y Danilo como complementos. Elementos nucleares como Bale y Marcelo ocuparían plaza de convocado, para regocijo de Zizou, aunque aguardarían turno en una decisión del preparador en clave de reparto de esfuerzos. La irregularidad de James resultó la sacrificada en esta vigésimo octava jornada. La fluidez en la gestión de la pelota iba a verse fiscalizada ante la ausencia de Modric y Kroos, pero no cedía vigencia en la filosofía madridista. La cohesión entre líneas, la verticalidad al espacio ante la vaticinada valentía posicional visitante y la vigilancia ante las abrasivas transiciones oponentes delinearían el estatus de la autoestima del coloso al término de los 90 minutos en disputa.


Eduardo Berizzo, por su parte, se relamía al gozar de una nueva opción de lucimiento en un teatro de relumbrón. Sin complejos, la riqueza del esquema ideado por el técnico argentino se erigía en un quebradero de cabeza para el aprendizaje de su homólogo francés. Expuso el Toto un centro del campo con tres piezas complementarias en sus aptitudes (orden, esfuerzo y sabiduría distributiva del cuero). Con Marcelo Díaz como mediocentro destructor y Wass y el Tucu Hernandez como interiores con llegada, el Celta propondría discutir la posesión al equipo local o ahogar su salida cómoda por la vía de una presión liderada por las frenéticas bandas (Nolito y Orellana). La movilidad de Iago Aspas coronaba un sistema escurridizo que se acopla con pegajosa nitidez a las fisuras sin pelota rivales. De su consistencia en el repliegue dependería, como es norma, buena parte de su pretensión de supeviviencia en el Bernabéu. A Hugo Mallo, Sergi Gómez, Planas y Jonny correspondía la jurisdicción del sostén de un planteamiento que concedía a los laterales el permiso para mutar en carrileros. No suele amilanar el sexto clasificado su idea de juego protagónica con balón, y no parecía esta la ocasión para traicionarla, por lo que se desplegaba una charla sin dominador cristalino.


Se alzó el telón de esta confrontación de inercias y sensaciones con el Madrid buscando una relación prolongada con el esférico. Adoptó de inicio la horizontalidad el once madrileño y respondió con ascenso de líneas un Celta negado a encerrarse y esperar. El carácter proactivo de los visitantes iba a condicionar el pretendido monólogo local, de manera que las circulaciones se vieron trompicadas desde temprano. Eligió el combinado celtiña la verticalidad tras recuperación, pero el desatino en el último tercio de cancha alejó la cosecha de la amenaza susurrada a la contra. Nació el devenir congelado, desprovisto de celeridad en las asociaciones madridistas, hecho éste que conllevó la reducción de llegadas en un primer cuarto de hora de estudio mutuo. Ramos abrió fuego con una volea muy desviada desde larga distancia en el minuto 9 e Iago Aspas ejecutó un notable aviso en el 13. La previa combinación sensacional en vuelo gestada por Nolito avanzó hacia las botas de Orellana, en la otra banda. El desbalance merengue regaló tiempo al chileno, que trazó un centro preciso que conectó con el testarazo que Aspas estrelló en la madera. Navas conjugó el rechace para alivio del impaciente respetable.



No ganaba la batalla del centro del campo con la rutilancia deseada un coloso falto de convicción en la detección de grietas. El ardoroso trabajo de Nolito y Orellana cercenaba la superioridad lateral buscada por el cuadro local, taponando la vía predilecta de avance madridista ante la árida ausencia de un mediapunta o enganche central. Así, con el riesgo a la espalda identificado ya como un fantasma erosivo, los pupilos de Zidane no alcanzaban cotas absolutas de presión sin pelota ni localizaban las rutas de acceso a posiciones de remate, reproduciendo la esencia de impotencia que termina por desnudar desconexiones en el repliegue propio. Así, el balón parado o el vituosismo individual se destacaron como las argucias de ruptura de la plomiza dinámica. Ronaldo, fuera del devenir otra vez, aludió a la segunda herramienta mencionada con una acción individual en la frontal, que desbordó a Díaz y chutó cruzado desde el pico del área para el despeje apurado de Rubén -minuto 18-. El córner consiguiente que llega a Pepe, que estaba en el segundo palo sin marca, ahonda en el primer cauce productivo relatado. El central la colgó hacia el poste contrario, desde donde Isco controló con seda para sentar a un rival y disparar, en el área pequeña, al muñeco.


Un fallo de concentración de Ramos, que perdió la pelota en una salida clara desde atrás, confluyó en el intento de vaselina muy desviada de Iago Aspas y silbatina del respetable -minuto 23-, confirmó la validez del movimiento posicional ambicioso celeste, que había intercalado presiones elevadas con posesiones horizontales, encontrando el respiro necesario para la cimentar su desempeño global. El Madrid, todavía sin urgencias, proseguía su ejercicio de control de la pelota en el plácido tramo central del primer acto. Con el tempo del enfrentamiento tocando suelo, Zidane dispuso de la batuta de la posesión de manera menos intermitente antes del último cuarto de hora previo al intermedio, y Lucas Vázquez y Mayoral empezaron a trazar paredes que tendían a explotar el espacio de la mediapunta para desestabilizar la comodidad visitante en el achique. No obstante, Isco y Kovacic avanzaron metros hacia la posición y atribución de interiores, profundizando en el viraje hacia el soliloquio. Pero el Celta volvía a repiquetear en transición, comandado por Nolito y Orellana. Estiraba su sistema el conjunto de Berizzo, tranquilo en su posicionamiento, pero siempre adoleciente de veneno en la concreción de las acciones.


A falta de sinfonías de brillantez, o lo que es lo mismo, bajo decreto del bostezo de asociación plana, sin exigencia en chancha propia, sobrevino un punto de inflexión que mermó la consistencia gallega en dos direcciones: la primera y más importante, significó el infortunio del Tucu Hernández, pulmón y mordisco vigués que se vio obligado a abandonar el verde en el minuto 35. Entró en escena Radoja, un mediocentro válido para el equilibrio pero doliente en la arista de llegador del saliente; la segunda dirección de penuria subrayó la pegada merengue y la coyuntural endeblez visitante en jugadas de pizarra. El terreno minado para incomodar a Rubén en acciones en juego, debido al colapso central y lateral proporcionado por la red de ayudas viguesa, constriñó a la pericia capitalina a establecerse en el balón parado. Y desde ese pentagrama sacó tajada. Isco inauguró el chispazo con una parábola en falta lateral que Casemiro cabeceó para el despertar del meta visitante -minuto 39-. Sin embargo, nada podría argumentar el portero en el córner inmediatamente posterior. El malagueño volvió a golpear un envío pasado que interceptó la entrada, como trailer, de Pepe. El portugués ajustó la apertura del marcador con la testa y hacia el palo largo, entregando el desequilibrio estadístico a un partido que navegaba sobre un paisaje de complaciente simetría.

El 1-0 postrero no varió el orden de fuerzas y respeto mutuo antes del descanso. No alteraron rictus y voluntad ninguno de los púgiles. Dominó sin frugalidad un Madrid más pragmático pero el Celta no se vio comprometido y sí llamó a la puerta de Navas, aunque no con la periodicidad que entraba en su guión de partido. La anestesia energética con que se desplegó el primer acto merecía una igualdad en el electrónico que finalmente no llegó a término. El camino de los vestuarios entregaba conclusiones positivas por doquier en clave de rendimiento, pero el Toto habría de reestructurar su esquema, su elección nominal o la altura de su trinchera, con el fin de recuperar la incomodidad ajena y la discusión del ritmo de combate. La intermitencia en la enmienda a la posesion local limitó el magnetismo de Nolito y Orellana, bien vigilados por un Casemiro regio, de nuevo, en cobertura. La ventaja parcial, de intensidad moderada, favorecía los designios de Zidane, a pesar de la irrelevencia de Kovacic e Isco, dos piezas sobre las que recaía la exclusividad del fluir combinativo. El frío ambiental había contaminado a los comparecientes, si bien el equipo en desventaja necesitaba convulsionar con calor el duelo para no naufragar por inanición.

Anunció el Celta la metamorfosis de sus intenciones desde el primer pestañeo. No se apreció cambio de nombres pero si de intenciones. El sistema celtiña ganó territorio en busca del ahogo de la salida cómoda merengue, disparando las revoluciones endógenas y la exigencia de precisión al contrincante. Asumía el despliegue de espacios a su espalda, por lo que el ejercicio de presión habría de resultar coordinado en todas sus líneas. El aviso vigués, de penalización tras pérdida, cobró forma en una precoz contra finalizada por el pase infructuoso de Aspas hacia el desmarque de Orellana. Pero el cambio de escenario pareció activar también los vatios de esfuerzo y concentración locales, que inyectaron rapidez a su asociación y vértigo al ritmo. De este modo comenzó a otear espacios para evolucionar la despierta medular capitalina. Isco y Kovacic tomaron las riendas para superar la primera línea de presión oponente y generar ráfagas de verdadero peligro en juego. Danilo adquirió peso añadido en el perfil izquierdo, con Ronaldo y Mayoral fluctuando en los pasillos centrales. La aceleración local tomó de la mano la lectura de las fisuras viguesas y castigó la ambición visitante con ferocidad. El cañonazo con apariencia de folha seca esbozado por Ronaldo, desde 25 metros, restalló en las redes de Rubén para un jolgorio generalizado que sabía a sentencia y calma en una jornada, todavía, resacosa. Corría el minuto 50 y la valiente decisión de Berizzo le convirtió, pliegues del balompié, en sujeto pasivo.




Los caminos desenvueltos a la espalda de un once adelantado provocó el lucimiento de Isco como maestro de ceremonias. Sobre la veloz ejecución del creador malagueño bailó la movilidad del hiperactivo centro del campo madridista, ganador de la batalla del ecuador del terreno por intensidad ante un Celta fuera de eje. Deshizo la pulsión competitiva un Madrid más identificable en la claridad combinativa abonada por el ascenso rítmico con y sin pelota. Cuatro minutos de asedio después del 2-0 arribó el tercer tanto del envite, obra también del iluminado delantero portugués, encantado de disponer de espacios para desequilibar. En esta ocasión elevó el listón del golpeo para perforar la meta rival e inutilizar la estirada de Rubén por mor de un lanzamiento de falta impecable, desde la frontal. El respingo del tempo repescó la versión comprometida y afianada de una ofensiva deseosa de explotar tras el amarre previo.

 

Los pupilos de Berizzo, por su parte, no conseguían oponer resistencia ante la tormenta combinativa sobrevenida. Pero tampoco se abandonó a la resignación y alcanzó a filtrar un envío de laboratorio que salvó la honra de la delegación desplazada a la capital. El efervescente pase vertical que retrató a la desajustada zaga merengue leyó el desmarque inteligente de Aspas, que tradujo el envío con clase aterciopelada y en una vaselina que zanjó el mano a mano con un Navas vendido. Recortó distancias el orgulloso Celta hasta el 3-1 -minuto 61-, relanzando su confianza ante la empresa convertida en montaña empinada. Sin embargo, el paisaje de paroxismo atacante en que quedó delineada la trama, primero con una falta frontal estrellada por Ronaldo en el larguero y, en segundo término, al acoger una combinación sublime entre Isco y Lucas Vázquez que autografió el remate a placer y hat-trick del delantero portugués -que retoma la sonrisa y la senda del pichichi-, yacía irresistible. Culminaba de esta manera una inercia espectacular de desempeño monopolístico merengue, que encendió su encanto en relación con la grada, y dio paso a un desenlace de interés asesinado. Cerró los tres puntos antes de tiempo un Madrid exuberante, tesitura ésta anacrónica a domicilio. Así, el epílogo de la visita viguesa asumió la congelación competitiva de un conjunto celeste de brazos caídos para descubrir focos de interés específicos.

El primero de esos anexos al partido resulto encontró en el regreso de Bale, Marcelo y Jesé el argumento a seguir. Este último, presa de una inconsistencia de complicada justificación, propulsó su despliegue en este trecho de placidez ofensiva. El canario estrenó sus botas para abordar el cuarto gol de Ronaldo -a la salida de un córner y sin oposición, para superar el registro de Telmo Zarra- y sacó brillo a sus cordones en un número de fintas y amagues que nubló la visión de varios zagueros antes de resolver el slalom horizontal con calidad y hacia el primer palo, uniformando a Rubén de estatua -minuto 77-. Entró el canterano por un esforzado Borja Mayoral -víctima del primer acto de su equipo-, lo hizo el lateral carioca para dar respiro al siempre cumplidor Carvajal -hoy menos voluminoso por la atención a Nolito- e Isco -que lucha por alimentar su regularidad en la trascendencia- dio la alternativa a un extremo gales que, tras meses de exasperante recuperación, parecería en el punto de cocción similar al que le vio lesionarse. Cultivó su senda pegado a la cal para trazar un par de centros imponentes con la zurda y terminó por inscribir el 7-1 en el luminoso gracias a un ejercicio de potencia que negó la participación a una descompuesta zaga en apurado repliegue. Cruzó con jerarquía el ex Tottenham para sumar un tanto más a su mochila y completar un festival de 45 minutos deliciosos que apocó al Celta.


Necesitaba el club de Concha Espina la escenificación de la reconciliación con los valores reconocibles por la tribuna. El previsible exiguo bagaje al que apunta la resolución de esta temporada urge a ganar legitimidad a Zidane y a la sospechosa plantilla en cada cita a disputar. El mimo a la maltrecha confianza en eventos de altura queda todavía pendiente de una fiscalización que llegará, con toda probabilidad, en el marco del Viejo Coontinente. En el entretanto, por ende, conviene regar las sensaciones e interacciones con el público, una labor que comenzó a verse cumplimentada tras el serio rendimiento ofrecido ante el Levante. Solventó el Madrid la papeleta con clara convicción a partir del descanso, donde las prestaciones colectivas e individuales sufrieron una metamorfosis para confirmar los apuros celtiñas en el achique, acrecentados este sábado por las bajas de Cabral y Fontás. Guidetti y Bongonda, piezas destacadas en la rotación, no pasaron del papel de extra en un segundo tiempo de llamarada sostenida que relativizó el esfuerzo coral visitante y la influencia en el juego de peones como Nolito y Orellana. "Algo hemos hablado en el descanso. Sabemos la dificultad de jugar bien noventa minutos y la segunda salimos muy fuerte, más enchufados que en la primera mitad. Y luego, cuando metes gol, todo es más fácil", resumió el sonriente entrenador novel en sala de prensa. Balaídos asistió a uno de los mejores partidos conceptuales y pragmáticos de la era Benítez y el Celta también participó en uno de los hitos de rendimiento colectivo de la somera obra de Zizou. El triunfo, más valioso desde el plano anímico, acorta distancias con Atlético y Barça, pero, sobre todo, sirve a la entidad merengue para limar asperezas consigo mismo. Que, visto lo visto, no es cosa menor.


Ficha técnica:
Real Madrid: Keylor Navas; Carvajal (Marcelo, m.76), Pepe, Sergio Ramos, Danilo; Casemiro, Kovacic, Isco (Bale, m.65); Lucas Vázquez, Cristiano Ronaldo y Borja Mayoral (Jesé, m.70).
Celta de Vigo:
Rubén; Jonny, Planas, Sergi Gómez, Mallo; Wass (Beauvue, m.79), Marcelo Díaz, Pablo Hernández (Radoja, m.35); Orellana, Nolito y Aspas (Guidetti, m.70).
Goles:
1-0, m.41: Pepe. 2-0, m.50: Cristiano. 3-0, m.58: Cristiano. 3-1, m.62: Aspas. 4-1, m.64: Cristiano. 5-1, m.76: Cristiano. 6-1, m.77: Jesé. 7-1, m.81: Bale.
Árbitro:
Gil Manzano. Amonestó a Danilo (25), Pepe (29) por el Real Madrid; y a Nolito (39) y Orellana (84) por el Celta.
Incidencias:
68.467 espectadores acudieron al partido correspondiente a la vigésimo octava jornada de la Liga BBVA, disputado en el estadio Santiago Bernabéu.

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