Opinión

Rivera, tocado; Sánchez, hundido

POR LIBRE

Joaquín Vila | Sábado 05 de marzo de 2016

Las sopa de letras que inunda el Hemiciclo tras el 20D supone, para la mayoría de políticos, analistas, editorialistas y tertulianos que el electorado ha votado diálogo, consenso, pactos…Pero, ¿de dónde sale esa teoría? La realidad, es, sin duda, más simple y lógica. Cada uno de los electores ha votado al partido que quería que gobernara. ¿O alguien cree que los votantes de Ciudadanos, por ejemplo, se sienten felices de que Albert Rivera se haya echado en brazos del fracasado Pedro Sánchez para, encima, hacer el ridículo? Los votantes de Ciudadanos querían que su candidato fuera presidente y se lo creyeron, como el propio Rivera. ¿Y acaso los del PSOE aplauden el pacto con la “marca blanca” del PP, como le ha bautizado la izquierda?

Pese a que, sobre todo ellos, opinan lo contrario, el sainete del debate de investidura ha perjudicado a los líderes del PSOE y Ciudadanos. No solo por escenificar un pacto ficticio, por perder un mes largo en un absurdo vodevil, sino porque para defender ese acuerdo se han exhibido por todas las pasarelas, bajo los flases de las cámaras, intentando engañar a la opinión pública con el infantil argumento de que “han puesto en marcha el reloj de la democracia”, cuando la realidad es la contraria: lo han parado un mes largo para nada. Pero ellos quieren creer que han contribuido a la gobernabilidad, que han confirmado su categoría como hombres de Estado.

Lo que han demostrado, sin embargo, es una inmensa ingenuidad política por creer que el PP o Podemos se iban a sumar al pacto. O, peor, sabían que iban a fracasar, pero lo han hecho porque les convenía políticamente para asumir protagonismo, lo único que han conseguido, quizás lo único que podían conseguir tras los resultados que habían obtenido el 20D. Porque hasta el más desinformado sabía que Iglesias solo apoyaría un Gobierno que le colocara de vicepresidente y Rajoy no apoyaría ningún pacto en el que él no fuera el presidente, que para eso ha ganado las elecciones. ¿No lo sabían los líderes del PSOE y Ciudadanos? ¿Con quién, entonces, pretendían gobernar? Lo dicho, de traca.

Y a la conclusión del paripé parlamentario, ambos, pese a que les cueste reconocerlo, han salido mal parados. Ha sido el canto del cisne. Primero porque fueron arrollados dialécticamente por sus dos oponentes directos. Mariano Rajoy, sin duda el mejor parlamentario en el debate, el más brillante, desmontó y se choteó del pacto con una ironía que descompuso a Sánchez y puso en evidencia y cabreó a Rivera. Y Pablo Iglesias, porque con su apasionada verborrea asamblearia puño en alto, con sus besos, con sus crueles ataques al PSOE “por claudicar ante la oligarquía, ante el Ibex 35”, se ha convertido en el espectáculo del Congreso y, de paso, en el martillo pilón de Sánchez. Se ha confirmado como la gran referencia de la izquierda. El sorpasso ya está en marcha.

El gran fracasado, en todo caso, no es otro que Pedro Sánchez. Ha sido el primer candidato de la democracia que no ha logrado la investidura. Y, con mucha generosidad, la actuación en el debate puede calificarse de esperpéntica. La maniobra, sin embargo, le ha servido para ganar tiempo ante el acoso de los pesos pesados del PSOE, que frustraron su soñado gobierno de progreso. Y también ha podido conseguir que nadie se presente a las primarias para arrebatarle la secretaría general. Más que nada, porque ha dejado al PSOE a los pies de los caballos morados y en el caso de que se celebren nuevas elecciones ya nadie duda de que Podemos se zampará al PSOE. Pues, además del repaso de Iglesias a Sánchez en el debate, Podemos ya tiene en la mano el millón de votos de IU. Garzón desde que escuchó a Iglesias que le nombraba ministro de Economía se ha rendido definitivamente a los encantos del líder de Podemos, ya ha claudicado, ya ha decidido enterrar las históricas siglas del Partido Comunista. ¿Qué socialista, entonces, quiere ser el candidato del PSOE si se celebran nuevas elecciones? Pues solo Pedro Sánchez que, al menos, mantiene la poltrona.

La actitud de Albert Rivera, en cambio, no tiene explicación. Fue elogiado, con razón, por su intento de lograr la llamada gran coalición, pese a que antes la había propuesto Rajoy. Pero hay que elogiar el esfuerzo por acercar a los dos grandes partidos. A partir de ahí, se despeñó. Elaboró y firmó con todo boato un “pacto de legislatura” sabiendo que era una filfa, que no obtendría suficientes apoyos para ser aplicado. Y durante el debate estuvo frío, quizás arrepentido de haber contribuido a la mascarada; parecía el invitado de piedra. Recibió un par de cachetes de Rajoy y otros tantos de Iglesias y cuando subió a la tribuna de oradores, los diputados se pusieron a jugar con el móvil.

En todo caso, si Iglesias todavía quiere pactar con el PSOE y los barones miran para otro lado, habrá Gobierno de extrema izquierda. A día de hoy, sin embargo, todo parece abocado a unas nuevas elecciones. Si se presentan los mismos candidatos, salvo el sorpasso, los resultados serán parecidos. Pero si cambian los protagonistas, en especial si se retira Rajoy, entonces sí, podría formarse la gran coalición. Con Albert Rivera, de nuevo, de invitado de piedra.

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