Opinión

La Transición como reclamo

TRIBUNA

Enrique Cebrián | Sábado 05 de marzo de 2016

A lo largo de estos últimos cuarenta años los españoles no hemos tenido una relación sosegada con nuestro último proceso de transición a la democracia. En un primer momento, la visión mayoritaria en el discurso público fue la de que la Transición había constituido un cúmulo de perfecciones, siendo un ejemplo que podíamos dar al resto del mundo y un modelo exportable a otros países. Esta visión, probablemente fruto de la euforia, no se detenía a atender a las debilidades del proceso. Posteriormente, no obstante, fue adquiriendo más fuerza un análisis crítico de lo realizado en aquel tiempo, pero pasando, en mi opinión, con excesiva facilidad de la crítica fundada al ataque destructivo: “Sólo cuando entendamos que la inmaculada Transición es un mito lleno de mentiras –escribía en 2011 Juan Carlos Monedero–, tendremos oportunidades para construir una democracia más decente” (La Transición contada a nuestros padres. Nocturno de la democracia española, Libros de la Catarata). Aunque pudiera parecer que el auge de estas últimas interpretaciones es muy reciente, ello no es del todo cierto. Escribía el profesor Manuel Ramírez en las páginas de Opinión del diario El País de 1 de julio de 1995 unas palabras que, si las encontrásemos en un medio de comunicación con la fecha del día de hoy, poco o nada nos extrañarían: “… con ocasión de las últimas elecciones, han surgido comentarios y calificativos sobre nuestra última transición a la democracia. Lo que, en un principio, se cantó con aires triunfalistas y hasta absurdos deseos de exportación, se ha llegado a tachar de chapuza. Lógicamente, se están buscando causas del pasado para intentar justificar males y achaques demasiado pronto sobrevenidos a nuestra joven democracia. Mal paso constituyó la parafernalia sobre lo de la "nueva lección al mundo" en el menester de transitar, algo sobre lo que no hay pautas científicas claras y cada país lo hace como puede. Pero peor camino me parece esta especie de catarsis retroactiva que a nada conduce”.

Sin embargo, si nos fijamos en las actitudes de los en teoría defensores de aquel proceso histórico, encontraremos posturas preocupantes, posturas que le hacen un flaco favor a la Transición. Fue José María Aznar quien en 1994 publicó un libro titulado “España. La segunda Transición” (Espasa Calpe). Se trata de una idea absurda porque transitar solo puede significar “pasar de un estado a otro”. Y, en este caso y haciendo uso, para mayor precisión, de la mayúscula, “pasar de un Estado a otro”. Debido a que en el período que fue, a grandes rasgos, de la muerte de Franco en 1975 a la aprobación de la Constitución en 1978 se pasó de una dictadura a una democracia, de un Estado autoritario a un Estado democrático, es por lo que se puede hablar de Transición. Cuando en 1994 Aznar publica ese libro lo que quería era dar a conocer los que serían los puntos principales de un Gobierno por él presidido y presentarse como el elemento regenerador del país. Hacía doce años que en España gobernaba el PSOE de Felipe González y en esos últimos años habían proliferado de manera alarmante los casos de corrupción, por no hablar del que sin duda es el estigma más vergonzoso de la democracia española: el crimen y el secuestro de Estado perpetrados por los GAL. Con todo, lo que se proponía Aznar no creo que fuera un cambio de sistema político, sino un cambio en el Gobierno; aunque para ello no tuviera empacho en utilizar para su propio beneficio el prestigio de aquella Transición.

Últimamente encontramos en nuestra vida política un nuevo caso de uso del paraguas de la Transición como protección interesada frente a la lluvia. Me refiero al caso de Albert Rivera, quien también habla hoy de la necesidad de una “segunda Transición”. El líder de Ciudadanos lleva tiempo tratando de presentarse ante la sociedad española poco menos que como un Adolfo Suárez redivivo y es muy frecuente hallar en su discurso referencias a la Transición para explicar y legitimar sus acciones y decisiones presentes. Ciertamente, me cuesta saber si hace más daño quien ataca aquel período o quien se confiesa partidario del mismo y lo que quiere es emularlo. El pasado día 24 de febrero pudimos asistir al antepenúltimo capítulo de esta forma de proceder por parte de Rivera, con ocasión de la rueda de prensa que ofreció tras la firma entre PSOE y Ciudadanos del llamado “Acuerdo para un Gobierno reformista y de progreso”. Tras hacer referencia al cuadro que tenía a su espalda –El abrazo, de Juan Genovés, con toda su carga simbólica y de recuerdo–, Rivera alabó la valentía, la generosidad, el coraje y el espíritu de acuerdo presentes en la Transición, valores todos ellos que habrían puesto las bases de cuarenta años de democracia. Acto seguido, afirmaba que hoy a los españoles nos tocaba hacer lo mismo y poner las bases de otros cuarenta años, aunque ahora –como entonces– tampoco fuera a ser fácil. Como ocurriera en los años noventa del pasado siglo, también España ha sufrido en los últimos años importantes y numerosos casos de corrupción. La situación hoy es más grave que la de los noventa, puesto que hemos vivido y vivimos una importante crisis económica, que ha terminado por ser una crisis social, a la que se ha sumado una crisis en algunos de los principios y valores fundamentales de nuestro sistema, que se han visto, desde el 15-M hasta hoy, puestos en entredicho por sectores crecientes de la sociedad. Existen importantes déficits de legitimidad en la valoración ciudadana de nuestro sistema político. No obstante, y pese a ser todo ello cierto, creo no equivocarme al afirmar que ni Albert Rivera ni su partido pretenden sustituir este sistema por otro alternativo, sino mejorarlo, corregir sus defectos e introducir reformas que, precisamente, lo consoliden. Pero, por ello mismo, ya no se trata de transitar, sino de seguir andando el camino. Se trata, si acaso, de parar a reponer fuerzas, de cambiar el viejo calzado por unas nuevas botas, y seguir por la misma senda; no se trata de tomar una ruta distinta, como hizo España en el período 1975-78.

Hubo en esa rueda de prensa más referencias a la Transición. Sin embargo, ninguna tan relevante como el recuerdo, al final, de una frase de Suárez, aplicándola a la situación actual: “Hay que hacer normal en lasinstituciones lo que ya es normal en la calle”. Adolfo Suárez dijo esas o parecidas palabras en diversas ocasiones, las más relevantes: 1) con motivo del discurso que el día 10 de septiembre de 1976 pronunció ante las cámaras de Televisión Española para presentar el Proyecto de Ley para la Reforma Política (LRP) (habló de “elevar a la categoría política de normal lo que a nivel de calle es simplemente normal”) y 2) una vez aprobado el Proyecto en las Cortes franquistas, en el discurso que el 14 de diciembre de ese mismo año –es decir, justo la víspera de la fecha de celebración del referéndum que había de ratificar el Proyecto de LRP– también emitió la televisión (entonces se refirió a “modificar nuestras estructuras políticas con el único fin de acomodarlas a la realidad de España y al pluralismo existente en su base social”; y afirmó también que “(pedimos el "sí" para que la política esté en línea con la realidad del país”) (ambos discursos están recogidos en Un nuevo horizonte para España. Discursos del Presidente del Gobierno. 1976-1978, Presidencia del Gobierno, 1978). Como podemos ver, cuando Suárez pronunció estas palabras lo hizo en relación al instrumento jurídico que verdaderamente permitió que la Transición a la democracia acabara convirtiéndose en una realidad.

Me he referido antes a que este era el antepenúltimo capítulo en esta forma de proceder de Albert Rivera. El penúltimo y el último han tenido lugar con ocasión de sus intervenciones en la segunda y tercera jornadas, respectivamente, de la Sesión de Investidura del candidato a Presidente del Gobierno. De nuevo, las mismas referencias.

Creo que va siendo hora de abandonar el reclamo de la Transición como forma de obtener réditos políticos personales o de partido. Defender el valor y la bondad de ese período de nuestra historia es incompatible con su uso interesado. No puede haber, en el sentido que se le da, una “segunda Transición”. Pongamos las cosas en su sitio, evitemos las comparaciones odiosas y celebremos, en definitiva, que la opción, pongo por caso, entre que existan o no las Diputaciones Provinciales es por fortuna bien distinta a la opción que vivió este país entre que existiese o no la democracia.

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