Mujer. 30 años. Licenciada. Trabajadora. Independiente económicamente –todo lo que se puede ser en este sistema decrépito-. Sin hijos. Felizmente emparejada. Y creo que en este siglo XXI que apenas hemos empezado a andar hay que reivindicar más que nunca la celebración del Día de la Mujer. Como un toque de atención al relax, como una palmada ante las narices de quienes se están quedando dormidos, como un roce estratégico en la herida para recordar que aún duele.
Esta misma semana leía en los medios sobre el enésimo crimen de honor en la India y la dación en pago con carne de mujer: me debes dinero, toma a mi hija de nueve años, que tengo de sobra. Está claro que no, no está todo hecho en materia de igualdad de género. Y hay quien me dirá que mire más cerca, que en algunos países, las costumbres locales y la organización misma del Estado permiten injusticias de este tipo por razón de género, pero también de etnia o de clase. Sí, por seguir con el ejemplo, en India el sistema de castas esclaviza y roba la dignidad también a los hombres. Claro que no se me ocurre peor jugada del destino que nacer dalitss y mujer. Pero de acuerdo, sigamos. Occidente: este proyecto de igualdad para las mujeres en el que cada año medio centenar muere a manos de sus parejas o exparejas.
“Esos son bestias, no hombres, y la violencia ha de condenarse sea contra una mujer o contra un hombre”, dirán quienes se erigen como defensores de la verdadera igualdad. Asunto espinoso y siempre polémico, aunque las cifras hablen de un mal endémico, de una violencia explícita hacia la mujer por su condición genérica dentro de una relación hombre-mujer y basada en sometimiento físico y psicológico.
Aún así, aunque sea lo más visible y explícitamente sangrante, es un error quedarse en la violencia de los moretones. No porque no sea significativa o tienda a convertirse en un problema marginal –los datos de maltrato en adolescentes indican un problema que no parece erradicado de aquí al futuro próximo-, sino porque la violencia, tanto la reglada o aceptada en esas comunidades que se nos antojan lejanas, como la que se esconde detrás de la puerta del dormitorio del vecino, sólo es la punta del iceberg, una de las últimas consecuencias de un sistema patriarcal perpetuado en el tiempo y el espacio con, en esencia, pocas variaciones. Y la palabra patriarcado siempre acude como el coco, a convertir en exceso y radicalización todo lo que toca. La palabra maldita que parece negar la razón de cualquier argumento a quien la usa. Hay que celebrar el Día de la Mujer para reivindicar que a las cosas se les llama por su nombre.
“¿Y por qué no llamarlo el día de la igualdad?” También por esto hay que celebrar el Día de la Mujer. Porque cada vez es más frecuente encontrarse con expresiones de este tipo puestas en boca de hombres –y mujeres- jóvenes, progresistas y no machistas (decir feministas suena como fuerte, ¿no?) y que son, a la postre, formas de neomachismo. Ese que entiende el sometimiento de la mujer como algo del pasado y no comparte los mecanismos necesarios para superar sus herencias. “¿Cómo que cuotas?” Ese que se cansa de la lucha y del debate, que les pone la etiqueta de rancio o ‘démodé’. “¿Ya estás otra vez?” Ese que termina en el reduccionismo y la anécdota. “¡Sólo es un piropo, mujer!”
Hace poco alguien a quien respeto mucho me dijo que en la lucha de géneros era lo de siempre: separar en lugar de unir. Pero no.
Unir es que tanto hombres como mujeres entiendan la posición desfavorable en la que, durante siglos, se ha mantenido relegada a la mujer y tomar conciencia de que el aprendizaje cultural y social de nuestra historia en este sentido no se supera en cincuenta años. De hecho, quizás lo más sencillo sea lo que se ha conseguido hasta ahora: una igualdad jurídica –mi abuela no podía votar ni tener una cuenta en el banco- y una libertad, independencia y capacidad de decisión de derecho. Lo verdaderamente complicado es lo que viene ahora: que a la mujer no se la enseñe desde pequeña a ‘cuidarse’ de los hombres; que no tenga que mirar hacia atrás cuando vuelve a casa por la noche; que tenga la misma libertad para decidir sobre su sexualidad que un hombre; que la maternidad no sea ni una obligación ni un lastre, como no lo es la paternidad; que las niñas y los niños sean educados de la misma forma y se les aplaudan o reprueben las mismas aptitudes y comportamientos; que la conciliación sea posible y no exclusiva de las mujeres.
Unir no es llamar al 8 de marzo el Día de la Igualad. Unir es que los hombres celebren el 8 de marzo como el Día de la Mujer.