Opinión

Coalescencia súbita de la política

TRIBUNA

Antonio Domínguez Rey | Jueves 10 de marzo de 2016

Palabras huecas. Retumban su propio sonido. Se vacían repitiéndose. Así suenan las declaraciones de los políticos españoles tras tanta reunión, sobeo bucal, diálogo. Una lluvia de tópicos. El hemiciclo del Congreso es pura resonancia circuida.

Lo más sonado, el consenso de dos partidos (Ciudadanos y PSOE) hace pocos meses en liza electoral, se mostró solo como palanca de fuerza para convertir la escasez de votos en virtud de opciones también fallidas. Con un resultado ligeramente estratégico: ir orillando a otras agrupaciones, entre ellas a la más votada, la del Partido Popular. Es el único consenso tácito y explícito logrado: todos contra el PP y su líder, Mariano Rajoy. Y la palabra “todos” incluye a la mayoría de la prensa y también a cierta parte de la titulada derecha política. Es

pura novedad en democracia. Un solo nombre concita revulsión y aduna expectativas. Fenómeno demasiado llamativo para concederle crédito. Su replicación unánime suscita desconfianza. Ya hemos hablado de ello en artículo precedente. Algo raro sucede.

Las cláusulas pactadas son arreglo, si no amaño, de perfiles; corrección previsora de normas y decretos ya existentes; manifestaciones de futuro y añorado gobierno que podría realizar el actual en ejercicio si repitiera mandato. Nada especial o revolucionario. Lo propio al finalizar legislatura. Diálogo de sordos, por tanto.

El proceso de investidura reflejó esta sordera. Cada líder a lo suyo, oyéndose a sí mismo y a los propios con palabras también circuidas. Y sin horizonte de Estado, solo de partido y con ansia no disimulada de poder en ciernes. Algo hasta cierto punto natural, pues está en juego la presidencia del país. Aquí quien más perdió fue el presidente en funciones de Gobierno. Sacrificó a su talante parlamentario, siempre lúcido, la opción inmejorable de validarse como presidente también futuro. En vez de un discurso de Estado, prefirió la denuncia mediática y oportunista del candidato oponente. La cesión de turno de investidura que Mariano Rajoy, carente de apoyos suficientes, hizo a Pedro Sánchez, con iguales o menos recursos, la transformaron los medios sociales en renuncia. Y la carga semántica negativa de esta palabra —un “no” repetido con énfasis tonal por la oposición—restó eficacia al gesto de sentido común y confianza en el tiempo revertido. El tándem Rajoy-Sánchez, dos nombres para una presidencia ahora devaluada, funciona socialmente como cubierta de ensamble sustituible. El efecto de marginación continúa produciendo resultados. Es algo típico de la dialéctica urdida por los medios de comunicación al interferir en las tendencias de la masa receptora. Una vez convertida la mediación en sujeto político del objeto social, la objetivación prosigue su dinamismo e impersonaliza a los agentes y actores del discurso. El proceso se impone a los nombres.

Este fenómeno favorece a quienes introducen la dialéctica en la estructura. Y la dialéctica, hegeliana o marxista, es una dia-lexis, un transcurso de nombres sabiamente interpolados. Crea campo social, mediático, político, pragmático y semántico. Es cuestión de acertar al introducir los vocablos en la expectativa conceptual así abierta. Y en ese punto estamos.

En torno al tándem Rajoy-Sánchez, que pretende engullir al medio neutro, y exprés, del líder comodín, presidente de Ciudadanos, bulle otro círculo intermedio de negociaciones. Busca nombres, sujetos del objeto mediado. Frente a esto, el otro partido emergente, verbalizado en presente indicativo y primera persona de plural del verbo latino “possum” (poder), activa en su contorno la dialéctica sujeto-objeto. Sabe que entre uno y otro término media la acción, el impulso del verbo. La dialexis se expande en círculos de resonancia empráctica y concéntrica. Cada uno de ellos con rostros y nombres renovados. La táctica léxica invade otros dominios y pretende diezmar la adhesión socialista para fagocitarla. El líder de Podemos insinúa conocer la corrupción de fondo encriptada en estas siglas.

Analizada la situación política actual en tono discursivo, resulta francamente atractiva. Dependemos de la hermenéutica, del lector implícito en cada frase, movimiento, titular, guiño, enfoque. Pero hay también intersticios, pausas, suspensiones intencionadas de sentido. Y ahí se mueven en este instante las expectativas creadas. Quien mejor tapie con ruido mediático la distancia intermedia entre partidos, líderes, lectores y secuencias de lectura, evitando el silencio de la reflexión crítica, más fácil tendrá el objetivo de sus pretensiones. Le ayuda el campo de semántica inducida.

En esto consiste para Ortega y Gasset la “coalescencia súbita” de la palabra con gestos, seres y cosas del entorno y contorno. Despierta en ellos su “potencialidad enunciativa”. El lenguaje hace hablar a la naturaleza. Es parte suya elicitada. Texto, contexto y cotexto. Textura de mundo.

El nuestro suena ahora mismo hueco, decíamos. Redunda. Se replica sin progresión temática. Y esto es peligroso para un Estado. Cansa, fatiga. Por eso se impone una remoción social profunda. Y empieza por la cultura, la educación, el mérito conceptualmente expresivo, los valores revelados en siglos de humanización y progreso histórico. En España hay síntomas de estancamiento democrático tal vez por exceso de mediación innecesaria y carencia de sentido concertado, coalescente de cosas y personas. Su potencia aún inédita.

Si algo positivo puede quedar de esta trama es el progresivo conocimiento mutuo de los nuevos líderes y agentes políticos. La crisis que objetivan con sus posturas revela un síntoma preocupante. Nos hallamos ante una fase disruptiva de la democracia. La Constitución tiene también intersticios. No previó una situación como la actual. Y por una razón evidente. Se funda en el principio democrático del voto. Aunque éste no sea suficiente para formar Gobierno un partido determinado, se entiende que la iniciativa corresponde a la mayoría avalada en las urnas. Es recurso natural y, llegado el caso, como el presente, de última instancia. La Constitución evidencia además que la figura del jefe de Estado se convierte en reflejo simple del Congreso de diputados. Es puro símbolo. Y aquí debiera aplicarse también la coalescencia orteguiana. El símbolo potencia los elementos en él circuidos y expande su resonancia al entorno. Los vincula. Corresponde al Rey, por tanto, una función sutil más que mediadora. Activar la potencia de las cosas requiere tino, tacto y talento especial. A la Corona le han tendido una trampa al otorgar crédito de investidura a quien no contaba con apoyo suficiente para justificarla. Y si había algún otro concierto en sordina, resultó frustrado. El vacío consecuente afecta también, por coalescencia, al símbolo regio.

Los intersticios evidencian por añadidura el enorme recelo que invade a los partidos —quien más, quien menos—, ante la posibilidad de nuevas elecciones. Como es bastante probable esta alternativa, cambia en estos instantes el revulsivo concitado frente al Partido Popular. Es un intento forzado de mantener la primacía de la objetivación mediática. Si seguimos el ejemplo de Pedro Sánchez al consultar a las bases de su agrupación política para asumir la negociación pactada con Ciudadanos, asimétrica en esto, lo propio sería ahora, tras el interregno de la investidura fallida, recabar de nuevo el juicio de la población. La circunstancia lo exige. El principio democrático lo demanda. Y que el pueblo refrende.