Opinión

El gran ideal constitucional

TRIBUNA

Fernando Zamora Castellanos | Sábado 12 de marzo de 2016

Como todo concepto de gran amplitud, el constitucionalismo no puede resumirse fácilmente a una definición de diccionario. Si me viese obligado a hacerlo en una expresión, anotaría simplemente que el constitucionalismo es el proceso jurídico-político que le impone límites y controles a quienes ostentan el poder. En esencia. Y en la antigüedad, la idea de controlar el poder del gobernante era un concepto prácticamente inexistente. Quien ostentaba la autoridad, ejercía soberanía sobre sus súbditos. Benjamin Constant -el prolífico erudito francés del siglo XIX-, nos recuerda que en la antigüedad, incluso en la Grecia clásica, el individuo era esclavo en lo que a asuntos privados se refería. Igualmente, el historiador francés Fustel de Coulanges, en su magnífica obra sobre las instituciones antiguas de Grecia y Roma, anota que “el Estado era una fuerza sobrehumana, a la que el alma y cuerpo del individuo estaban legalmente esclavizados.” Básicamente, los intereses de los individuos se subsumían totalmente a los del poder. No se concebía al hombre independiente del dominio del Estado, pues los individuos pertenecían al poder. En culturas como la romana, o la espartana, tanto sus ciudadanos, -que prácticamente debían prestar servicio militar por toda su vida-, como así también sus bienes, estaban a merced del Estado. Si éste necesitaba recursos, se los incautaba a sus ciudadanos por razones de Estado, que en la mayoría de las ocasiones, eran motivos militares y de obra pública. Detalles nimios de la vida íntima de las personas, como su indumentaria y presentación personal, eran regulados por la autoridad. Este era el mundo que conoció la democracia griega.

Descrito el panorama, resulta indispensable preguntarse ¿cuál fue el primer pueblo de la antigüedad donde el gobernante fue controlado, y por qué? De rigor es que esta cuestión sea contestada por uno de los grandes constitucionalistas modernos. Karl Loewenstein, quizá el tratadista constitucional más profuso del siglo XX, lo contesta en su insigne tratado, “Teoría de la Constitución.” Allí nos advierte que “el primer pueblo que practicó el constitucionalismo, fue el hebreo.” ¿Por qué Loewenstein hace tal afirmación? Porque esa fue la primera nación de la historia regida por un conjunto normativo que determinó cinco premisas cardinales que marcaron el origen del constitucionalismo. La primera de ellas, que los seres humanos fuimos creados iguales. Y esto, por cuanto poseemos una dignidad intrínseca, en tanto nuestra creación es a imagen y semejanza de un Ser de naturaleza ética. Así se instituyó la premisa espiritual de igualdad moral. El segundo principio se derivó del anterior. Como hemos sido creados iguales, para el pueblo hebreo el gobernante no era una divinidad, sino uno igual entre sus gobernados. En consecuencia, ese mismo código de comportamiento determinaba que, en tanto las personas humanas tienen igualdad moral, sus reyes eran servidores, y como tales, estaban subordinados al código ético, político y cultural que regía, tanto la conducta de los gobernantes, como la de los gobernados. Finalmente, en tanto sujetos a una estricta cultura, la práctica ética de aquella nación llevó al establecimiento de la clase levítica, la cual ejercía, a través de la censura, control sobre la conducta de sus gobernantes. De hecho, varios reyes de la antigüedad hebrea perdieron su legitimidad popular y moral, en razón de la reprobación espetada por levitas de gran credibilidad entre la comunidad.

Así las cosas, en virtud de un criterio histórico objetivo, documentado por importantes investigadores de la historia jurídica y arqueológica de la humanidad, -como lo son Loewenstein, John D. Bernal o George E. Wright-, sabemos que el primer pueblo en ejercitar las premisas básicas del constitucionalismo fueron los judíos. Ello gracias al principio de dignidad humana, un precepto de carácter espiritual sustentado en el concepto de que los seres humanos hemos sido creados a imagen y semejanza de un Ser de naturaleza ética. Sostenidos en esta realidad histórica, resulta inaceptable comparar esa extensa y profusa tradición normativa y cultural hebrea, con algunas ideas pasajeras de los sofistas y estoicos griegos. El pensamiento de los sofistas y estoicos griegos, aunque valiosísimo para el estudio universal de la filosofía, no fue más allá de ser una corriente intelectual que nunca prosperó. Ni aún en la misma cultura donde nació.

En conclusión, he defendido la razón por la que los hebreos disfrutaron la práctica que le impide a la autoridad el abuso de su poder. Algo que para nosotros hoy es pan cotidiano, pero en la antigüedad no. Y ese fundamento que lo conquistó, -insisto-, es el principio de la dignidad humana, el más grande de los ideales constitucionales. ¿Y por qué sabemos que tal principio es el más grande? Porque de él se derivan el resto de fundamentos constitucionales. Son su matriz. Por el principio de dignidad humana, sabemos que la vida es inviolable. Por el reconocimiento de ese mismo principio, aceptamos la igualdad de las personas. No olvidemos que en el mundo antiguo, y durante la mayor parte de la historia, lo natural a los sentidos fue la idea de la desigualdad, pues el hombre era valorado por sus capacidades y su potencia material. Igualmente, es por el principio de dignidad humana, que el hombre merece ser libre. Al fin y al cabo, los grandes ideales constitucionales, como lo son la dignidad, la igualdad, o la libertad, antes de traducirse en fundamentos cardinales del derecho, primero surgieron como aspiraciones del espíritu. En fin, si no reconocemos la dignidad espiritual del ser humano, lo reducimos a materia, tal y como lo hicieron los totalitarismos del siglo pasado. Allí, de nuevo, los hombres fueron reducidos a objetos del poder. Y aunque muchos den por sentado que el mayor prodigio que benefició a la humanidad consiste en hechos como la conquista del espacio, o el descubrimiento de la relatividad, el ilustre filósofo contemporáneo, José Antonio Marina, los contradice con implacable simplicidad. Agradecemos con verdadera honestidad intelectual, el inmenso bienestar material que la ciencia nos ha ofrecido, pero el mayor prodigio del que disfruta la historia humana es de naturaleza espiritual: ¡la dignidad humana! fzamora@abogados.or.cr

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