Opinión

Paradojas educativas

José Manuel Cuenca Toribio | Lunes 09 de junio de 2008
Todo tiempo histórico es rico en paradojas; pero resulta claro que éstas abundan y crecen más en etapas con menos poder creador y vitalidad. No obstante las rutilantes apariencias y espectacularidad de muchas de sus manifestaciones, la actualidad se incluye, por derecho propio, en el último de los periodos mencionados. En la época en que más energías y medios se consagran al aumento del conocimiento y al Producto Interior Bruto cultural menos semejan alcanzarse las metas conducentes a ello. Los gabinetes de estudio, los innumerables simposios y seminarios, las incontables reuniones ministeriales y gubernativas a todos los niveles que policroman el grisáceo panorama burocrático y administrativo de empresas públicas y privadas no parecen, en verdad, arrojar un saldo demasiado fructífero. Bien es cierto que la materia se ofrece ardua, pero también no lo es menos que el ejército de analistas e investigadores involucrado en la labor se descubre ingente y, mediáticamente, arrollador.

En cualquiera estación o mes son múltiples los organismos e instituciones que arbitran para sus respectivas cúpulas dirigentes retiros en pintorescos paisajes y alhajados hoteles y paradores a fin de que en sus confortables estancias las musas estimulen su inventiva e ingenio. Práctica ésta, como acaba de decirse, casi universal y muy extendida hodierno en la España dirigente, pero que, quizás, encuentre su máxima expresión o ejercicio en el mundo de la Educación Superior. Aquí gabinetes e instancias supremas de ministerios, consejerías y rectorados es muy frecuente que se hallen afanados, en antiguos conventos y monasterios o en palacios nobiliarios rescatados para su uso por el turismo, en preparar estrategias y diseños curriculares y proyectos de semejante o aún mayor porte. A las veces, de Pascuas a Ramos, el fruto entrojado de sus trabajos y cavilaciones se descubre muy positivo para el avance de la sociedad del conocimiento y la implementación -teórica y sobre el papel, por el momento- de las controvertidas medidas boloñesas, tanto a escala nacional como autonómica y, en ocasiones, incluso provincial, cuyo espíritu, según es harto sabido, suele situarse en los antípodas de la antigua y hoy denostada Alma Mater, inservible, anacrónica y hasta antidemocrática para no pocos de sus críticos y estamentos rectores del país. En otras, quizás las más, los logros del esfuerzo desplegado por “técnicos” y responsables de Universidades y Centros Superiores se asemejan a los del parto de los montes horaciano, con la consiguiente dilapidación de recursos y esperanzas.

Pues, llegada la hora de la seriedad, el frustrante balance de toda esta actividad no puede ser más nocivo para los dos elementos tal vez más esenciales para cualquier colectividad civilizada y madura: el futuro y sus protagonistas, los jóvenes. Los ejemplos se arraciman en el instante de evaluar la escasamente fecunda y, en algunos planos y coyunturas, estéril gestión de la política docente de nuestros días (-lato sensu, umbrales del siglo XXI). En efecto, sólo en una comunidad ideológicamente anémica es concebible que una misma fuerza gobernante modifique por tres veces, en el espacio de una legislatura parlamentaria, una materia tan perniciosamente sensible a los bandazos e improvisaciones como la educativa. Y no menos llamativos se revelan las mudanzas y giros de la planificación -horresco referens- ministerial de la cultura en la España del último decenio. Con la simple mención de los Departamentos y Carteras a que ha estado atribuida bastaría para testar que la de ella y su hermana, la educación, constituyen una asignatura permanentemente mal cursada por el Estado y la Sociedad española actuales. Ambos disponen de muy menguado tiempo para impedir que informes como los de PISA sigan siendo mero espejo de una realidad pesarosa.

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