Opinión

Huelga de transportes

Lunes 09 de junio de 2008
En cualquier parte de España es frecuente ver hoy largas colas en las gasolineras. Algunas, de hecho, han tenido que clausurar algún surtidor, cuando no cerrar, por falta de suministro. El motivo, la huelga del transporte iniciada la madrugada del domingo al lunes, y que amenaza con desabastecer a medio país. En efecto, las consecuencias del paro ya se han hecho notar en las estaciones de servicio, pero no sólo ahí. Los supermercados registraban ayer lunes una afluencia poco habitual, por excesiva. Hay temor entre los consumidores a quedarse sin bienes de primer orden, por lo que, quien más quien menos, ha acudido a aprovisionarse de lo que ha estimado conveniente.

Las reivindicaciones de los huelguistas tienen sentido. Se quejan -y con razón- de las maratonianas jornadas de trabajo, con poco descanso y menos seguridad. De tener, en ocasiones, que descargar ellos mismos los camiones. Y sobre todo, del precio del gasoil, cuyos efectos sufren la práctica totalidad de ciudadanos comunitarios. Dicho lo cual, el legítimo derecho a protestar por lo que se cree justo no puede lesionar la libre circulación de mercancías, así como impedir que el resto de la población sufra el desabastecimiento de productos básicos. El artículo 37 de la Constitución se refiere a la facultad de adoptar “medidas de conflicto colectivo”. Nada dice de los mal llamados “piquetes informativos”, cuyo modo de informar suele estar íntimamente relacionado con sabotajes, destrozos y coacciones. Bien está que se proteste por unos precios del carburante a todas luces excesivos, y que se reclamen mejoras laborales. No lo es que para lograr tales fines se corten carreteras, se interrumpa el tráfico de mercaderías y se tome como rehenes al resto de la ciudadanía. La cual, por lo demás, asiste entre indignada e impotente a otra muestra más de cierto “talante” sindical”. Y una última reflexión: han pasado 30 años desde que se aprobase la Constitución. Desde entonces, no ha habido un solo gobierno con el coraje político suficiente como para hacer una Ley de Huelga, que ponga fin a tantos desmanes. Ya es hora de desfacer semejante entuerto.

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