Opinión

La política como espectáculo

TRIBUNA

Rafael Narbona | Domingo 13 de marzo de 2016

Ortega y Gasset afirmaba que la política no es un ideal ético, sino el arte de lo posible. La pretensión de construir un mundo perfecto es tan ingenua como peligrosa. El comunismo y el nazismo formularon utopías regresivas que desataron las peores matanzas de la historia de la humanidad. El nazismo sólo cuenta con el apoyo de grupos marginales, pero el comunismo aún disfruta de simpatías y complicidades. Al parecer, las fosas de Katyn, la colectivización forzosa -que causó un verdadero genocidio en Ucrania-, la Gran Purga o “Era de Yezhov -con más de 700.000 víctimas-, las deportaciones masivas de chechenos, balkarios, calmucos, tártaros de Crimea y otros pueblos, el archipiélago Gulag y las políticas antisemitas de la posguerra, no son argumentos de suficiente peso para los que pretenden liberar a la humanidad con una ideología animada por la mística de la violencia. Contemplar puños alzados en el Congreso de los Diputados no me parece tranquilizador, pero sinceramente no creo que ese gesto exprese el deseo de implantar un régimen totalitario. Simplemente, algunos políticos juegan a la revolución, imitando torpemente el radicalismo de jacobinos y bolcheviques, sin reparar en que una revolución no es un estallido romántico, sino una guerra civil orientada al exterminio del adversario. No creo que nadie fantasee seriamente con algo semejante. Los puños en alto escenifican una revuelta de cartón piedra, digna de una producción cinematográfica de Samuel Bronston. Aunque los actores griten y gesticulen, los espectadores no se creen la película.

El histrionismo de los que propugnan “asaltar los cielos” sólo esconde inmadurez, frivolidad e incompetencia. No hay un verdadero proyecto político, sino fuegos de artificio encendidos por mechas panfletarias. Los dos plenos de investidura se han parecido más a un vodevil que a un debate sobre el futuro de la nación. El Congreso no es una tertulia televisiva, que araña audiencia mediante exabruptos, frases ingeniosas y parodias grotescas. Yo creo que no tiene ni pizca de gracia airear desde la tribuna los supuestos flirteos entre los diputados, salvo que se pretenda rebajar la política a la condición de farsa degradante. Los ciudadanos esperan soluciones a los gravísimos problemas de España, no escenas de comedia que bordean la astracanada. El chiste, el piropo y el retruécano sobran cuando una nación se enfrenta al paro, la corrupción y los secesionismos regionales. Se habla del fin del bipartidismo, pero la historia nos ha enseñado que la estabilidad de un país suele basarse en la alternancia de dos grandes fuerzas políticas. Un liberalismo con sentido social y una socialdemocracia con sentido nacional contribuyen al progreso y a la prosperidad, garantizando los derechos y las libertades. A pesar de sus diferencias, su punto de encuentro es el constitucionalismo, que obliga a resolver cualquier problema mediante el diálogo y el respeto al Estado de derecho.

Afortunadamente, el terrorismo ya no es una tragedia que golpea a la sociedad cada tres días, como sucedía en los ochenta. Por eso, las principales preocupaciones de los españoles son el paro y la corrupción. El drama del desempleo ha adquirido un carácter estructural que pone en peligro la sostenibilidad de los servicios públicos. Ese riesgo sólo puede contrarrestarse mediante la creación de un tejido empresarial sólido y competitivo, capaz de generar puestos de trabajo. Nuestra economía no puede basarse tan sólo en la construcción y el turismo. No habrá empleo de calidad sin empresas que apuesten por la investigación, la innovación y la cultura. La ciencia y la tecnología desempeñan un papel esencial en la economía. Y la cultura, lejos de constituir una actividad deficitaria, puede ser una fuente de riqueza. Eso sí, no es posible avanzar en esa dirección sin un modelo educativo que estimule la iniciativa, la responsabilidad, la creatividad y el sentido ético. Ninguna reforma prosperará sin una profunda regeneración de los partidos y las instituciones. No se puede abordar el siglo XXI con la perspectiva del siglo XIX. La derecha y la izquierda necesitan renovarse, limpiar sus casas, recobrar la confianza de los ciudadanos, urdir discursos realistas. La demagogia sólo genera frustración, creando falsas expectativas, pero no es menos dañino abandonar a su suerte a los más débiles y vulnerables. La pobreza es una tragedia individual que socava la cohesión social. No se puede hablar de patriotismo, sin tender la mano al que –por distintas razones- se queda atrás. El grado de civilización de una sociedad se mide por su solidaridad con los más desfavorecidos. Lo público y lo privado deben concertarse para erradicar las situaciones de miseria y desamparo.

El Papa Francisco ha señalado en su encíclica Laudato si’ que “la grandeza política se muestra cuando, en momentos difíciles, se obra por grandes principios y pensando en el bien común a largo plazo. Al poder político le cuesta mucho asumir este deber en un proyecto de nación”. Se ha cuestionado la Transición, pero se echa de menos el espíritu de reconciliación que permitió sellar heridas e impulsar el desarrollo económico. Ningún proceso es perfecto. Sin embargo, debe ser valorado desde una perspectiva amplia, no con criterios puntuales y reduccionistas. Personalmente, siento nostalgia de Adolfo Suárez, un político que no se caracterizó por ser un intelectual, pero sí despuntó como hombre valiente y clarividente: “Considero que el mayor peligro histórico consiste en los extremismos, y que el mejor antídoto es la reforma en profundidad”. Las revoluciones siempre son cruentas porque se atribuyen el monopolio de la verdad. En cambio, las reformas son pacíficas, pues presuponen que el adversario puede tener razón, al menos en algunas cuestiones. Como afirmó Juan Carlos I en 2002: “Adolfo Suárez nunca quiso ser más que nadie, ni pretendió arrogarse la exclusividad de la verdad. Por eso acertó”. La política no es un espectáculo, sino el espacio donde se trabaja por el bien común. Desgraciadamente, algunos políticos parecen haberlo olvidado. No soy el primero que lo aventura, pero creo en este tiempo de befas, mediocridad y escándalos Valle-Inclán habría encontrado un inmejorable material para escribir nuevos y demoledores esperpentos.

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