Ahora, que me dispongo a tomar la palabra en la lectura de una tesis sobre los territorios forales, pienso que la facultad de Ciencias Económicas de Sarriko de Bilbao, donde me encuentro, aparece en mi memoria relacionada con diversos episodios. Así su decano Juan Echevarría Gangoiti solía acudir a las inauguraciones de curso en Valladolid, cuando todavía el País Vasco no tenía universidad y la jurisdicción castellana, como ocurría en el Antiguo Régimen con la Real Audiencia y Chancillería, integraba en su distrito a los centros educativos de las Provincias. Al claustro bilbaíno pertenecía un historiador muy admirado por mí al que conocía por su hijo, compañero de Facultad. Don Felipe Ruiz, que se trataba con los mejores hispanistas del momento, especialmente Braudel, había sido catedrático de enseñanza media y era un especialista en el comercio castellano de lanas medieval. Don José Girón Tena nos hablaba de él al explicarnos la letra de cambio y el papel que la feria de Medina había tenido en el desarrollo de tal instrumento de pago. En Sarriko se editaba una revista universitaria que en aquellos años había dedicado un número extraordinario a Miguel de Unamuno, llamativo por su calidad y también osadía. En el jardín que rodea la facultad había un motivo escultórico donde se recordaban unos versos agónicos maravillosos de don Miguel (Méteme Padre eterno en tu pecho, misterioso hogar/ Dormiré allí, pues vengo deshecho del duro bregar) que he buscado en vano antes del acto. Para mi sorpresa, me han dicho que el conjunto ha sido trasladado a un colegio mayor de las inmediaciones. Mary, mi mujer, que estudió en Sarriko, y que es la causa de mi bilbainismo sin remedio, alguna vez me ha recordado nuestra asistencia al meeting multitudinario y clandestino, que Felipe González, todavía Isidoro, protagonizó en la facultad en la pretransición. Yo tengo el evento en una nebulosa y aun lo confundo con otra convocatoria en el Astelena de Eibar, ahora con toda la plana del PSOE vasco.
Pero Sarriko está ligado en mi recuerdo sobre todo a Sebastián Ubiría, que ha fallecido no hace mucho, algo antes que Txiki Benegas, y a quien le debo un recuadro. Sebas era compañero mío de colegio. Hablo del San Ignacio de San Sebastián, claro. Iba en la lista justo detrás de mí, si saltábamos a Trecet un chaval que se expresaba, creo, con acento francés, inmediatamente después. Sebas fue un brillante economista que no cupo en los estrechos escalafones universitarios, y formó parte de los servicios de estudios del Banco de Bilbao y de España, donde fue reclutado por José Ángel Rojo, antes de pasar por la Comisión Nacional del Mercado de Valores. Pero era sobre todo un analista y conversador que adoptaba siempre sobre los temas una postura marginal e irónica, sorprendente por su agudeza y sensatez. Acudía a la tertulia del Guría en el Victoria Eugenia donostiarra que manteníamos en las vacaciones mientras llevábamos adelante nuestra formación académica los amigos de colegio, con algún acompañante como Iñaki Uriarte; después se integró en el consejo de Cuadernos de Alzate, que, aunque nunca publicó una línea suya, tanto le debía. Era muy difícil polemizar con Sebas Ubiría, porque se limitaba a hacer observaciones paradójicas que desmontaban tanto los tópicos como las exageraciones y rotundidades solemnes, de que solían adolecer la mayoría de los análisis de la política vasca; pero lo hacía de modo inofensivo y con mucha gracia. A él le debo mi visión del País, del que era un conocedor cabal. Jamás discrepé de él (me ocurre lo mismo con Patxo Unzueta) y siempre me serví de su acercamiento cálido y lúcido a la temática vasca. Sebas venía de una familia de Elgoibar: su padre había sido veterinario de la Diputación de Guipúzcoa y su abuelo médico de la villa del Deva. Creo que esta progenie explicaba bien su dominio de la provincia profunda, completado por su experiencia profesional como economista en la capital vizcaína.
Sebas siempre vivió en esta zona de Bilbao. Primero lo hizo en el barrio de San Ignacio habitado entonces sobre todo por emigrantes, con los que se sentía tan cómodo, en una planta alta de la calle Extremadura; luego pasó a un piso de una paralela a la Avenida del Ejército con varios compañeros. Era una gente noctívaga y variopinta, que procedía de diversos puntos de la geografía nacional, lo que me llamaba la atención pues no ocurría tal cosa con mis compañeros de facultad de Valladolid, de origen casi exclusivamente castellano. En el piso de Sebas había, en efecto, muchachos del País, pero también gallegos o canarios, que habían recalado, no se sabe cómo ni porqué, en Bilbao. Recuerdo un chico canario que se pasaba la noche hablando, pero que, cuando ya le vencía el sueño y reparaba en que no había comenzado a estudiar, preguntaba la hora e invariablemente se llevaba las manos a la cabeza y replicaba inconsolable: No es posible, no es posible…
Alguna vez la policía visitó el piso y algún estado de excepción lo pasó en Comisaría, aunque nunca le oí a Sebas ni quejarse ni jactarse de ello. Los libros que se leían en casa eran los típicos del marxismo de la época: los Baran, Sweezy, Althusser, Poulantzas.. Pero mi amigo nunca hizo el coctel indigestible del socialismo y el nacionalismo: tuvo siempre muy clara la referencia española de su patriotismo vasco. Solo una cosa le gustaba más que los toros y el flamenco y eran los tangos, que prefería a la nueva canción vasca, por ejemplo de Oskorri, que disfrutaba pero le entristecía. Los cantaba, seductor sin resistencia como era, mejor con un Armagnac al lado, pero conocía cientos de ellos, muchos ignotos para quienes le escuchábamos…