Opinión

ARCO, y los ladrones

ENTRE ADOQUINES

Alicia Huerta | Miércoles 16 de marzo de 2016

En la última edición de ARCO, la Feria Internacional de Arte Contemporáneo de Madrid que ya se ha convertido en cita indispensable para coleccionistas dentro y fuera de España, además de compradores, galeristas, marchantes y público más o menos aficionado, husmeaba un grupo de agentes de policía encubiertos. No parecía probable que en Ifema pudieran encontrarse pistas acerca del paradero de los cinco cuadros de Francis Bacon sustraídos de un piso de Madrid, pero precisamente el mutismo mantenido por la policía y el dueño de las obras acerca del robo cometido en julio de 2015 tenía el objetivo de que ladrones o potenciales clientes pensaran que ocho meses después ya no había tanto riesgo en ofrecer o demandar piezas tan codiciadas – se calcula que su valor asciende aproximadamente a 30 millones de euros -, y, en todo caso, había que intentarlo.

Sin embargo, nunca es fácil poner en circulación obras de arte robadas por muy valiosas que sean y por mucho que su precio en el mercado negro resulte tentador. El mundo del coleccionismo a tan alto nivel es en extremo cerrado y, por supuesto, se encuentra vigilado en todo el mundo a través de la Interpol y de unidades policiales especializadas en este tipo de delitos. Continuamente se actualiza la base de datos internacional donde figuran las obras de arte cuyo robo ha sido denunciado, a pesar de que en la actualidad muchos de esos preciados objetos procedan de zonas en guerra como Siria e Irak, donde el Daesh no tardó en descubrir que destruirlas, como se dedicaron a hacer al principio en nombre de Mahoma o de Alá, suponía dejar de recaudar una sustanciosa suma de dinero vital para hacerse con el armamento que les permite seguir extendiendo su sangriento califato. Igual que ese petróleo que nadie admite comprar o los secuestros de occidentales, por quienes sus países de origen siempre niegan haber pagado un rescate.

En España, la Brigada de Patrimonio Artístico de la Policía es la encargada de encontrar las valiosas piezas sustraídas para devolvérselas a su propietario, ya se trate de un particular como en este caso o de algún tipo de institución de carácter público. Aun así, también se trata de un mundo caracterizado por la existencia de ciertos coleccionistas que más que amantes del arte, son verdaderos fanáticos de ciertos autores o determinadas obras y que, por supuesto, cuentan con capacidad económica más que suficiente para hacerse con su particular objeto de deseo. A cualquier precio, utilizando el método que haga falta. Aunque después, cuando lo tengan entre sus manos, no puedan colgarlo de una pared de su lujosa mansión y tengan que contentarse con sacarlos de vez en cuando de la caja fuerte para deleitarse contemplándolos en la más estricta intimidad. Sólo para sus ojos. Sin embargo, quieren poseerlo a toda costa, les sale el dinero por las orejas y, por eso, existen bandas especializadas en robos por encargo.

El último robo de arte del que hemos tenido noticia, el de los cinco cuadros de Bacon, reúne elementos que apuntan a que se trató de un golpe de este tipo. Coordinado, llevado a cabo por profesionales que solo necesitaron de la ausencia temporal, unas horas, de su propietario para desactivar la alarma que protegía la vivienda de la tranquila calle madrileña de la Encarnación, con vistas al aún más tranquilo monasterio del mismo nombre, y llevarse los cuadros sin dejar huellas ni alertar a vecinos o paseantes. Un verdadero robo de guante blanco, de corte cinematográfico o literario, pero que, aparte de consideraciones curiosas o frívolonas, supone el mayor robo de arte contemporáneo ocurrido en España en las últimas décadas. Si por fin hay pistas o no – al parecer los investigadores creen que las obras del artista irlandés no han salido del país -, no ha trascendido todavía. Igual que ocurrió con el propio robo de las mismas a su propietario, quien las recibió en herencia de su amigo pintor, la consigna sigue siendo mantener la mayor discreción posible. El mundo del arte a tan altísimo nivel que mueve millones de dólares y de euros cada día, también tiene su lado más oscuro: el que no se ve en exposiciones, museos ni ferias.