Una vez desnacionalizada España, según hemos venido contando unos pocos en los últimos años, era previsible la absoluta descomposición del Estado. Mientras que Rajoy e Iglesias se echan unas risas en la agencia Efe, el Estado se descompone. Todo es decadencia. Sus propios partidos están en ruina. Resulta terrible la crisis del PP de Valencia, pero es aún más lamentable la crisis de un partido nuevo, surgido hace apenas dos años, el tercero en representación en España; la crisis de Podemos es de tales proporciones que Iglesias ha expulsado al responsable de Organización nacional del partido. Esos son ejemplos del Estado de descomposición de España. Pero, si alguien quiere encontrar algunos más, basta leer los periódicos con un poco de atención.
Ahí van algunas ilustraciones de este proceso terrible en el que está España: el Parlamento está enfrentado al Gobierno, porque el Ejecutivo no quiere someterse al control de la Cámara de diputados; vivimos con un Gobierno en funciones que no funciona y, además, pretende eternizarse en el poder como si la cosa no fuera con ellos; el principal partido de España está acosado por la corrupción y son ya muchos, entre los dirigentes del PP, que creen que Rajoy no aguantará la crisis del PP de Valencia; el secretario general del PSOE visita al presidente de la Generalidad y lo tratan como un forastero: “la Generalidad mantiene, según dice en tono displicente y perdonavidas la portavoz del Gobierno catalán, la hoja de ruta de la absoluta independencia”; ni siquiera tenemos un partido radical de izquierdas que pudiera apoyar el Estado, pues que los de Podemos dejaron claro, hace ya tiempo, que prefieren la fragmentación del Estado, o sea van de la mano con los nacionalistas catalanes y, más pronto que tarde, pactarán con los de Otegi y su gente.
Y así suma y sigue… Tenemos prueba a ciento sobre la descomposición del Estado. La cuestión es obvia, pero los medios de comunicación, y este es el verdadero problema, no hablan del asunto. He ahí la principal prueba de un proceso de degradación del Estado que nadie sabe cómo detener. Estamos ante el mayor fracaso de la opinión pública política que quepa imaginar. Los medios de comunicación no quieren, o peor, no se atreven a tratar lo decisivo: el Estado español está en barrena. Quizá sea ya demasiado tarde para todo. Ni siquiera la conformación de un Gobierno, más o menos sólido, para un año y medio, pudiera detener la ruina en la que se ha convertido España. El Estado está en almoneda. Solo nos queda Ciudadanos, pero, seamos sinceros, es poco… Quizá queden como el único testimonio de lo que una vez aspiró a ser España, un verdadero Estado-nación.