Tres meses después de las elecciones generales, el Congreso de los Diputados logró por fin poner de acuerdo a todos los grupos políticos. Por unanimidad y en tiempo récord, la Junta de Portavoces aprobó la modificación del calendario con una decisión política decisiva: que los 350 diputados se tomen un merecido descanso de tres semanas. A los diputados se les veía entusiasmados por el éxito del acuerdo, el primer pacto desde que se formó el Parlamento tras el 20-D. Rajoy y Sánchez no se abrazaron de milagro. El consenso ha vuelto.
No hubo enfrentamientos, ni reproches, ni insultos entre los portavoces. Todos estaban de acuerdo y felices por haber logrado un amplio consenso y felices, sobre todo, porque van a pasar otras tres semanas sin dar un palo al agua.
Y, así, tras estas merecidas vacaciones, cuando los señores diputados vuelvan a sentarse en sus escaños, apenas quedará un mes para la disolución de las Cortes al no haberse logrado cerrar un pacto de legislatura. Uno de verdad, uno que sirva para gobernar España cuatro años, no como el de Sánchez-Rivera del que ya nadie se acuerda, que ya nadie sabe en qué cajón se pudre.
Y, así, tras estas merecidas vacaciones, todo seguirá igual que el 20D. Podrían quedarse otras tres semanas en la playa y dejar que llegue el 2 de mayo para que se disuelvan las Cortes automáticamente. En realidad, podrían irse de vacaciones de por vida y nadie se enteraría. Porque, al final, va a resultar que donde mejor pueden estar los diputados es de vacaciones. Harían lo mismo, que es nada, pero, al menos, no molestarían con sus burdos reproches y con sus falsos pactos de legislatura.