Lunes 21 de marzo de 2016
El Partido Republicano se encuentra en una encrucijada histórica. Sólo obtiene una mayoría entre los blancos, cuyo peso dentro del electorado estadounidense es decreciente. Por ese motivo, la política migratoria tiene mucha importancia, porque puede acelerar el gran cambio demográfico que está experimentando el país y, si es así, dificultar una mayoría republicana o una Administración del mismo signo durante décadas. Ese es el principal motivo de la política migratoria impuesta por Barack Obama. Y ese, también, es el que impulsa a los votantes republicanos a optar por dos candidatos, Donald Trump y Ted Cruz, que rivalizan en prometer una valla más alta que el otro, o realizar deportaciones masivas de inmigrantes ilegales.
La preocupación de los votantes republicanos, que es también parte de la que guardan algunos independientes e incluso algunos demócratas, es comprensible. Quieren su país como es, y un cambio de estas dimensiones tiene consecuencias culturales de largo alcance. Muchos, entre quienes generan menos ingresos, temen además la competencia hacia abajo de la llegada de nuevos inmigrantes. Cruz y Trump lo saben, y han sabido aprovecharlo. El stablishment republicano no ve la situación de otro modo, y ha apostado por candidatos que reconocen que esos cambios se pueden ralentizar, pero no detener, y que en consecuencia es el propio partido el que tiene que adaptarse y dar mejores soluciones a la nueva sociedad; es el caso de Jeb Bush y Marco Rubio.
Este enfrentamiento entre los hombres fuertes del partido de Lincoln y Reagan y los candidatos Cruz y Trump es más enconado en el caso de este último. Su figura faltona e impertinente le confiere credibilidad cuando se presenta como un hombre alejado de las élites (a las que pertenece) y libre de las ataduras de la corrección política. En ambos aspectos resulta estéticamente distante del llamado Grand Old Party. Además, el partido ha asumido de forma mayoritaria una política exterior fuerte y activa. Trump es menos halcón que paloma, pero no por ello necesariamente más razonable. Y su acendrado nacionalismo económico pone en contra a muchas personalidades republicanas. Ahora Trump tiene en su contra al stablishment del partido, a las bases conservadoras, a los intelectuales neoconservadores, a los grupos más liberales, a muchos sectores. Cruz crea tanto recelo en Washington como el propio Trump, pero puede ser para quienes están en el centro del poder federal un mal menor que el empresario neoyorkino.
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