POCO A POCO
Borja M. Herraiz | Lunes 21 de marzo de 2016
No soy sospechoso de no denunciar la fachada edulcorante de lo que ha sido toda la Presidencia de Obama, probablemente la mayor desilusión política del último medio siglo... o más.
Con el 'Yes we can' bajo el brazo nos las prometieron felices en un mundo donde ya no habría guerras, donde el racismo sería cosa del pasado y la pobreza una anotación en el margen de la historia contemporánea. Pero, no, Obama se irá de la Casa Blanca con multitud de promesas por cumplir, muchas a medio terminar y la sensación de que se ha dejado más cosas por hacer de las que cuenta en su haber.
Por lo pronto, despedirá Oriente Medio con la mayor crisis humanitaria desde la Segunda Guerra Mundial, no ha logrado evitar el surgimiento y avance de la segunda multinacional del terror, Estado Islámico, Guantánamo sigue operando sin excesivos contratiempos, Rusia ha sacado su vena macarra sin que nadie le parase los pies, nunca las operaciones con drones causaron tantas víctimas civiles y las tensiones raciales, esas que parecía que su victoria en 2008 parecía dar carpetazo, siguen por todo lo alto en Estados Unidos mismo.
Ahora, deprisa y corriendo, Obama quiere anotarse ese tanto de última hora que pueda justificar, mínima e inútilmente, el Premio Nobel que los académicos, borrachos de fantasía, quizás de mojitos, le concedieron antes siquiera de sentarse en el Despacho Oval. Ese tanto se llama, por lo que parece ser, Cuba.
La isla caribeña se había convertido en los últimos años en un incómodo bulto en la trastienda de la primera potencia mundial, un remanente de luchas frías pasadas que no llegaba a desvelar en exceso en Washington pero picaba lo suficientemente como para que antes o después hubiera que tomar cartas en el asunto.
Ahora, con la era Obama llegando a su ocaso, el presidente ha decidido, o ya lo hizo hace unos meses pero ahora el paso adelante es histórico, mancharse las manos y ponerse a trabajar. La visita de estos días a la isla es, más allá de la foto, primera en 88 años de un presidente de EEUU en Cuba desde que el retratado fuera Calvin Coolidge, un punto de inflexión en la relación entre ambos países. Un proceder que además respalda, le pese a Donald Trump o a Ted Cruz, el 58 por ciento de los estadounidenses, según una encuesta de The New York Times.
Muy bien están los acercamientos diplomáticos, pero de todos es sabido que las palabras se las lleva el viento y que nos sobra el papel mojado. Que Obama ponga un pie en suelo cubano, y no sólo para entrevistarse con Raúl Castro, sino para también hacer lo propio con disidentes y opositores, evidencia que esta vez sí va en serio el asunto, que queda un poco menos para que Cuba sea por fin un país libre y democrático, aunque ello pueda suponer que La Habana se llene, Dios no lo quiera, de McDonalds y tiendas Apple.
Sin lugar a dudas, la imagen de Obama rindiendo honores a José Martí, emblema del independetismo cubano, ante la atenta mirada de la efigie del Che Guevara (¿Qué estará pensando de todo esto el revolucionario? Me lo puedo imaginar) es de esas instantáneas que marcan una época.
Queda por ver cuánto de todo esto es marketing y cuánto trabajo de campo, pero, teniendo en cuenta al humo al que nos tiene acostumbrados la actual administración Obama, bienvenida sea la visita. Si por el camino cae algún mojito, eso ya corre a cuenta del régimen, por cuya pronta defunción brindo desde aquí.