TRIBUNA
Juan José Laborda | Jueves 24 de marzo de 2016
El ataque terrorista del Estado Islámico (EI o DAESH) en Bruselas viene a acentuar el malestar existente en las democracias atlánticas. Los terroristas buscan quebrar los acuerdos básicos en los que se sustenta la superioridad de sus enemigos democráticos. El DAESH no es un grupo de estúpidos supersticiosos, dispuestos siempre a inmolarse por su Dios, sino una organización cuya estrategia se inspira en las luchas coloniales del pasado siglo. En Irlanda, Argelia o en Vietnam, etcétera, las potencias coloniales perdieron ante los insurgentes, no porque fueran derrotadas en batallas, sino porque sus respectivas opiniones públicas, que se expresaban en elecciones libres y competitivas, se mostraron contrarias a seguir luchando por sus territorios y colonias. La prensa, también libre y competitiva, desempeñó un gran papel influyendo en los cambios de las opiniones públicas.
Los riesgos que estamos corriendo las democracias son que los grandes consensos surgidos después de la Segunda Guerra Mundial están siendo destruidos en sus fundamentos.
El Orden o sistema económico mundial, definido en los acuerdos Bretton Woods de 1944 (John M. Keynes y Harry D. White fueron sus autores intelectuales), fue entrando en ruina a partir de 1973, durante la presidencia nefasta de Richard Nixon, y a partir de entonces se impuso un nuevo orden económico, que se denominó neoliberalismo, y se piensa, a la altura de nuestros días, que es más bien un desorden, responsable de la permanente crisis financiera y del expolio egoísta de los recursos naturales.
Tampoco el sistema de seguridad internacional que se creó a la vez está mucho mejor. La ONU, como expresión máxima de aquellos acuerdos, ya no tiene autoridad suficiente para ordenar el mundo. Cuando los presidentes de EEUU, Reino Unido y España, Bush Jr, Blair y Aznar (y algunos dirigentes europeos más, aunque menos indiscretos), decidieron atacar Irak, saltándose las normas de la ONU (porque su Consejo de Seguridad no creía que Saddam Hussein tuviese armas de destrucción masiva), fue un precedente para que cualquiera hiciera lo mismo, y esto sucedió más y más, precisamente en los territorios donde el terrorismo islámico y Putin, cada uno por su lado, actúan sin respeto al derecho internacional.
Este desorden global, en plena expansión de la globalización, nos explica el malestar de las democracias, y su efecto natural, la aparición y crecimiento de políticos y programas claramente contrarios al vigente orden democrático.
Donald Trump, el posible candidato del partido Republicano a la presidencia de los EEUU, es un ejemplo del otro lado del Atlántico. Por debajo de su maleza de propuestas y gestos casi fascistas, el discurso de Trump es una protesta contra ese desorden mundial, aunque confunde sus efectos -por ejemplo, el desempleo causado por la competencia de manufacturas de China-, con sus causas -no existe ninguna respuesta política a las empresas americanas que trasladan sus plantas a China por sus bajos salarios, y a sus consecuencias sociales para el futuro de la sociedad norteamericana-.
Donald Trump ha cosechado lo que el extremismo derechista del Tea Party y sus medios de comunicación sembraron durante años. Ahora los herederos del partido de Abraham Lincoln se dan cuenta que no fue nada práctico jalear las ocurrencias Trump, cuando se dirigían contra la persona y el programa del presidente Obama. Trump defiende un proteccionismo económico que se parece al que también propugna Bernie Sanders, el candidato más izquierdista del partido Demócrata. Ambos conectan con los sectores sociales que se sienten amenazados por una globalización que no gobierna nadie, y que avanza a impulsos del peor capitalismo mundial, el de los banqueros y gestores opacos, incluyendo los de la China comunista.
Pero mientras Trump no deja de avanzar electoralmente, Bernie Sanders se estanca. Las causas son bastante claras. El proteccionismo de Trump es coherente con su cerrazón ideológica en otras materias, por ejemplo, su rechazo a los inmigrantes, a los judíos, a la igualdad de los sexos, en suma, al cosmopolitismo. Bernie Sanders, por el contrario, está abierto a todas esas realidades, y por eso su propuesta es contradictoria, ya que en estos tiempos de globalización no es posible desarrollar al máximo los derechos individuales y sociales, si no nos abrimos -eso sí, con derechos y cosmopolitismo- a la globalización.
“El socialismo no es posible en un solo país”, fue la cuestión que se discutió por muchos pensadores políticos después de la Primera Guerra Mundial. “El Estado social y democrático de Derecho no será posible si la Unión Europea se deshace”, es la cuestión decisiva en esta semana del ataque del Estado Islámico. En Europa, entre un 12% de votos a “Alternativa por Alemania”, a un 44% de la “Unión Cívica Húngara” de Viktor Orban, todos los Estados tienen una presencia similar de partidos contrarios a la globalización, y a todo lo que representa la UE. Al igual que Trump en EEUU, esos partidos están en contra de la admisión de los inmigrantes, ahora los refugiados sirios.
El futuro de la UE depende de que socialdemócratas, democristianos y (verdaderos) liberales logren un acuerdo firme y duradero. Jeremy Corbyn, el líder de los laboristas británicos, es proteccionista económico, pero está a favor de la Unión Europea. Al igual que Bernie Sanders, no remonta el vuelo electoral. De nuevo el internacionalismo es una causa hermosa: gobernar la globalización con la ley y la justicia.