Opinión

Mediocridad y delirio

TRIBUNA

Francisco Massó | Jueves 24 de marzo de 2016
Aquí estamos empantanados, aunque España no es un pantano. O quizá, estamos encenagados; pero, ciénaga tampoco se corresponde con la esencia de la nación. O tal vez, no seamos más que 47 millones (menos algunos) de larvas de renacuajo, que mueven su colita en una sentina putrefacta, sin percatarse de ello.

La nesciencia no nos exime de responsabilidad.

De entrada, hay que saber que los mejores políticos que nos manejan y manipulan no pasan de mediocres en el plano intelectual, como veremos. Los peores son una versión postmoderna de Sancho Panza ejerciendo de gobernador, después que espantara, so amenaza de garrotazos, al médico de Tirteafuera, don Pedro Recio de Agüero... Lo mejorcito del personal restante está en sus profesiones y hacen como Franco, no se meten en política. Pero, aquel era un cínico y estos de ahora somos ingenuos, incautos y comodones.

Para hacer escalada dentro de un partido político no es preciso ser un buen montañero, que afronta con entusiasmo una pared de 500 metros. El éxito es para los baquianos hábiles, que medran descubriendo atajos, bufan a los retos y serpentean, sólo serpentean, siempre al abrigo del cierzo. Eso sí, llevan la mochila repleta de lisonjas que reparten a diestra y siniestra, sin calibrar méritos de los destinatarios, ya que tampoco son quién para conocer los propios. Ya lo decían los antiguos romanos: similes similibus curantur.

El político profesional madruga, se hace desde joven, o entra en una lista cremallera, si es de cuota. En todo caso, primero es adoctrinado, bien en la escuela de verano, bien en los cursos de acción del otoño caliente. Luego, hiberna algunos meses, que hay que aprender a agazaparse, renacer con la luz y muestra nuevos bríos en primavera. Casi todas las juventudes de partido tienen su ciclo, que alterna intoxicación ideológica, la teoría, con la práctica, la agitación callejera, banco de pruebas de la teoría. Así se engendran líderes de acción.

La universidad, en determinadas facultades públicas, o en casi todas, hace tiempo que dejó de ser “uni-versitas” y se convirtió en “uni-formitas”. En las privadas, ocurre lo mismo pero al revés en lo ideológico. Unas y otras tienen en común que si algún profesor nostálgico difiere o disiente, es relegado; se le condena al exilio interior de la soledad de su cátedra, porque todo sectarismo es prepotente, absoluto y excluyente.

Al silenciarse al contrario, el alumno no aprende a escuchar, sólo oye diversas monsergas en la misma dirección; es decir, engulle ideología. Así, tampoco logra dialogar en su cabeza, no reflexiona, porque no tiene con qué confrontar el compacto amasijo de ideas suministradas. Es decir, carece de posibilidades de contraste y no desarrolla un método dialéctico que le permita tener autonomía de pensamiento.

De esta manera, conseguimos cerebros mediocres (etimológicamente, de cantidad media) no cabezas bien armadas, bregadas en la confrontación de ideas, sino apóstoles cerriles, propagandistas obtusos y fundamentalistas abducidos que carecen de criterio propio. Si les pincháramos el globo de la ideología, nos quedaría un trueno arrugado.

Lo menos que se puede esperar de un mediocre es que delire, porque sólo tiene ideología. Toda ideología es soteriológica, pone la salvación más allá de la realidad; nos promete ser felices cuando lleguemos a algún tipo de edén, sea el paraíso comunista, sea el paraíso adámico, o el “jardín” coránico. En todo caso, hay que salir de la realidad, ser visionario e inventar otra realidad, para garantizar el bienestar. Éste siempre está fuera del hombre mismo, como un estado de bonanza que el Estado, o la Providencia de Dios, o el Estado providente va a otorgar. ¿Es esto un señuelo para mantener la ingenuidad, sofronizar más allá de la hipnosis, cautivar adeptos y galvanizar a una feligresía incauta? No lo sé a ciencia cierta; pero, sí es verdad que la promesa de felicidad otorgada nos sumerge en pasividad existencial.

Alguien se preguntará si no corresponde al líder sacar a la masa de comodones de la atonía e infundirles ambición, planteando altos objetivos de cambio y transformación de la realidad. A eso responde Le Bon: la masa es irracional, amorfa y, básicamente, emocional. La masa inicia una revolución si tiene una esperanza nueva, un credo renovado en un hontanar de gracias y mercedes que le sean regaladas, con generosidad. Esto lo conocen muy bien los líderes populistas, cuya artimaña primordial es exacerbar emociones. Valen todas: el odio al contrario, la rabia ante lo que sea, o se presente, como injusticia, el miedo a un porvenir de penuria, la reivindicación (ansiedad institucionalizada) de unos derechos nunca ganados y las promesas de lo inalcanzable. Fomentando emociones disfóricas, preparan el terreno para la siembra de los delirios y éstos son el paliativo frente a aquellas.

Otros líderes, igualmente mediocres, tampoco tienen un proyecto transformador, porque no saben qué hacer con un ser humano, ni con el conjunto de ellos. Consideran a los seres humanos cosas, sujetos pasivos, alguien que aparece cada cuatro años con un voto en la mano, lo deposita y se va a la chita callando a pagar impuestos. Están muy interesados en mantener quieto al pantano, que sólo se produzcan algunas, pocas y bellas, ondas de superficie. Alegan que el oleaje bravío espanta a los mercados y punto. Por eso, parchean, hacen pequeños diques de contención, o lo que es lo mismo, trabajan en el corto plazo, resolviendo problemas inmediatos, que podrían envalentonar las aguas y remover la ciénaga. Unos y otros trabajan pro domo sua, que la oportunidad no se prodiga.

Un proyecto de futuro, sobre todo ha de ser transformador del propio ser humano, que lo haga consciente que la felicidad no está fuera de él, sino como dice el mito chino, dentro del propio hombre. Al promover el desarrollo de los seres humanos, la razón sola no basta. Aprender a pensar es necesario, confrontando ideas y generando ideas propias, garantizando la autonomía de pensamiento.

Pero también somos emocionales. En la masa las emociones campan a sus anchas y arramblan la razón. El desarrollo de la inteligencia emocional del individuo ha de entrenar empatía, madre de la compasión no lastimera, sino solidaria. La persona ha de apoderarse del sentimiento de poder propio, base de la autonomía digna. La alegría de vivir es un nutriente psíquico fundamental, para alentar el proyecto existencial. El amor propio, hacia los otros y la naturaleza, garantiza la convivencia. El sentimiento de curiosidad para desvelar el misterio es promesa de desarrollo. Etc.

La búsqueda de la armonía, de la paz interior y social, de la ataraxia material y espiritual no se estudia, no es erudición, sino vivencia que exige que se practique en la familia, en el colegio, en la vida pública, en el deporte, en la profesión, en los negocios, en todos los ámbitos de la convivencia.

El sistema educativo es más importante que el gobierno, sea este de la ideología que sea. Si una sociedad logra transformar a sus integrantes, trabajando integralmente a sus niños, ellos se ocuparan de transformar a la sociedad con fundamento en sí mismos, realistamente, sin delirios, ni dejarse gobernar por mediocres delirantes, o mediocres buscavidas.