Editorial

La UE debe estar más unida en su lucha contra la yihad

Viernes 25 de marzo de 2016

Cuando el pasado noviembre se cometió el salvaje ataque yihadista en París, resultó incomprensible que su presunto cerebro, Salah Abdeslam, no fuera detenido de inmediato en el piso del barrio bruselense de Molenbeek donde todo señalaba que se había refugiado, a causa de una ley que prohíbe las operaciones policiales entre las 21:00 y las 5:00 horas, no permitiendo en esa franja redadas ni detenciones. Aparte de lo extraño de la ley, se cuestionó la falta de reacción de las autoridades belgas y de sus servicios de seguridad, pues, incluso con esa ley, se podría haber actuado de otra forma. Cuatro meses después de los atentados en la capital francesa se ha detenido al sanguinario terrorista, pero ha causado igualmente asombro la tardanza, dado que Salah Abdeslam pasó todo ese tiempo en la casa de la madre de un amigo en Molenbeek: un caso de complicidad y encubrimiento que debemos conocer si los autores han sido puestos a disposición de la Justicia. Ahora tras el brutal atentado en Bruselas se han puesto claramente sobre la mesa las críticas al funcionamiento de la seguridad belga. Hasta tal punto que el ministro de Interior, Jan Jambon, y el de Justicia, Koen Geens, han presentado su dimisión al primer ministro, Charles Michel.

No aceptar esa dimisión, como ha hecho Charles Michel, es un error. Todo apunta a que lo dicho por el presidente turco, Recep Tayyip Erdogan, de que informó a Bélgica de la peligrosidad de uno de los terroristas suicidas, Ibrahim el Bakraoui, a quien deportaron, es cierto y que Bélgica no le dio la importancia que a todas luces merecía ni tomó ninguna medida. Incluso, más allá de este hecho concreto y de su gravedad, resulta tremendamente inquietante que Bélgica, con las sedes de la OTAN y de la Unión Europea en Bruselas, albergue un barrio como Molenbeek, verdadera madriguera yihadista, que parece estar fuera del control de las autoridades belgas. Las investigaciones sobre los atentados, tanto en París como en Bruselas, están revelando que en la capital belga se ha afianzado un activo núcleo terrorista de la yihad.

No se trata, no obstante, de estigmatizar a Bélgica, pero sí de que sin perder un minuto se corrijan deficiencias, negligencias e ineficacias, tanto en Bélgica como en el resto de la Unión. Y, naturalmente, que se intensifique de manera extrema y urgente la unidad de toda la UE en la lucha contra el yihadismo asesino. No han de caer en saco roto las palabras del presidente de la Comisión Europea, Jean-Claude Juncker, advirtiendo que la UE no está actuando como debe, pues se ha descuidado la unión de la seguridad. El enemigo está en casa y también aquí hay que combatirlo por todos los medios. No podemos permitirnos el menor fallo ni la más mínima falta de coordinación y de criterios conjuntos, que incrementan las posibilidades de los planes criminales del yihadismo. El Estado Islámico ha lanzado un desafío militar directo y sangriento que exige la mayor contundencia y eficacia. ¿Cuántos más atentados y muertes tendremos que soportar en países de la OTAN –y van, por lo menos, 5, incluido el de Boston- para que la Organización ataque y desmantele al Estado Islámico en Siria, Irak y dónde quiera que se encuentre? Hasta ahora, la reacción de la población europea en relación a la minoría musulmana ha sido impecable: si queremos que ese grado de civilidad se mantenga, los países de la UE deben deportar a todo aquel que haya tenido la menor relación con el yihadismo.

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