Opinión

El terrorismo y el miedo en Bruselas

ORIENT EXPRESS

Ricardo Ruiz de la Serna | Domingo 27 de marzo de 2016

Hace menos de una semana que un grupo de terroristas yihadistas asesinaron a 31 personas e hirieron a 270 en sendos atentados perpetrados en el aeropuerto y el metro de Bruselas. El Estado Islámico en Irak y Siria ha reivindicado los crímenes. Europa está conmocionada. Hemos vuelto a ver las imágenes de condolencia en las redes sociales -la bandera belga con un crespón negro, Tintín llorando desconsolado- y de nuevo hemos presenciado las concentraciones con velas, flores y símbolos de tristeza y luto. Todo el continente se ha estremecido, una vez más, por las víctimas de unos bárbaros que siembran el terror por doquier y asesinan a musulmanes, cristianos, judíos, ateos. El miedo desatado por los criminales ha causado una parálisis general.

Un grupo de ciudadanos tuvo un gesto de dignidad que debería llevarnos a mantener la esperanza. Convocaron una manifestación a la que llamaron “Marcha contra el miedo”. El nombre era adecuado. No marchaban contra el islam, ni contra los musulmanes, ni contra los extranjeros. Se levantaban contra el miedo mismo, es decir, contra ese veneno que los terroristas inoculan en las sociedades y que intenta asfixiarnos en vida impidiéndonos ser lo que somos. Las autoridades belgas pidieron la cancelación de la marcha por motivos de seguridad, es decir, por miedo. No entro a juzgar si estaba o no estaba justificado en este caso. Creo que sí es significativo que los terroristas logren que incluso la protesta contra el miedo se detenga por él.

Sin embargo, un grupo de ciudadanos se ha atrevido, de todos modos, a concentrarse en la plaza de la Bolsa de Bruselas. Las fotografías muestran a algunos centenares de personas. Se le ha dado gran cobertura a un grupo de ultraderechistas que han ido a convertir el acto en una protesta contra el islam. Por suerte, los propios asistentes los han desautorizado y la policía los ha disuelto. Desde luego, si los abanderados de Europa fueran unos extremistas henchidos de odio contra los musulmanes, este continente estaría perdido irremisiblemente. No obstante, la reacción de estos bruselenses que han decidido no someterse al temor ni al odio me permite albergar cierta esperanza. No en vano ella fue la única que se quedó, en el fondo de la caja, cuando la abrió Pandora. Bueno, en realidad no era una caja, pero mejor pregunten a Hesíodo.

Europa debe volver a sus raíces: la filosofía griega, el derecho romano, la espiritualidad bíblica. Sobre el miedo no se puede construir nada que perdure ni valga la pena. Hay que devolver a nuestras sociedades, desde Escandinavia hasta las Canarias y desde las Azores hasta el Mar Negro, la memoria de lo que es Occidente.

Hoy es Domingo de Resurrección. La Iglesia Católica, la anglicana y las protestantes celebran hoy la Resurrección de Cristo. Dentro de poco, lo hará la Iglesia Ortodoxa. En España, casi parece de mal gusto recordar la importancia que la religión tiene para millones de fieles; en su mayoría, católicos. En todo análisis político, incluimos con naturalidad la perspectiva económica o la social, pero nos cuesta bastante incluir la religiosa, que es diferente y da una visión propia de la historia y las relaciones humanas. Son pocos los políticos europeos que, como David Cameron, se atreven a hacer un vídeo sobre la Pascua y su significado en la sociedad británica de hoy. Sin embargo, sin cierta cultura religiosa es imposible entender nada de lo que nos rodea.

En la liturgia de la vigilia pascual, se lee la Escritura desde el relato de la creación del mundo hasta la Resurrección. Algo similar sucede en la Pascua judía, donde se narra la liberación de Egipto y el paso del Mar Rojo. En la tradición judeocristiana, la salvación se opera en la historia y somos los seres humanos quienes la realizamos. Occidente no sufre la historia ni descree de ella. Este miedo que paraliza a nuestras sociedades es una traición a dos mil años de confianza en las propias posibilidades y en la energía de una civilización universal que sigue siendo, con todas sus limitaciones e imperfecciones, una promesa de dignidad, razón y libertad para toda la humanidad.

Sin las raíces que han de sustentarlo histórica y moralmente, el sueño de Coudenhove Kalergi, Schumann, Monet, De Gasperi, Ortega y Gasset y tantos otros europeístas está abocado a fracasar. En España, sin la que todo el continente quedaría amputado, esto es doblemente grave porque llevamos décadas de empobrecimiento sistemático y planificado de la enseñanza de las humanidades. Al final, si los jóvenes apenas estudian Filosofía, Historia, Arte, Literatura o Lenguas Clásicas, no terminarán sabiendo ni de dónde vienen ni, por lo tanto, hacia donde han de dirigirse. Si uno no lee a Homero, no comprenderá que un solo hombre -Héctor o Aquiles- puede cambiar el destino de una batalla. Si no escucha el Juramento de Santa Gadea, no aprenderá que Occidente es ese sitio donde el poder se somete al Derecho.

Las concesiones a la ignorancia y a la corrección política están socavando todas las resistencias morales que cualquier sociedad necesita para poder sobrevivir. No comenzó ahora -se viene produciendo desde hace mucho- pero ya se dejan ver los síntomas con una gravedad pavorosa. Hace unas semanas, se cubrieron las estatuas de los Museos Capitolinos porque incomodaban al primer ministro Rohaní, que preside el gobierno de una República islámica que ahorca a los homosexuales. Esto debería haber sido motivo de escándalo en sociedades dignas y orgullosas de sí mismas, pero, por desgracia, apenas suscitó reacciones tibias.

No podemos renunciar a nuestro modo de vida por satisfacer las pretensiones de unos fundamentalistas. Europa no ha luchado durante siglos contra sus propios intolerantes para importarlos ahora de otros sitios. Debemos decir la verdad: cualquier musulmán puede vivir libremente en Occidente -con una libertad inimaginable en muchos países islámicos- pero las sociedades occidentales no son islámicas ni pueden serlo si queremos seguir reconociéndonos. Estos bruselenses que han ido hoy a la Plaza de la Bolsa a mostrar que no tienen miedo, han hecho un gesto de dignidad y coraje muy valioso.

De esto se trata, en el fondo: de comprender que este continente se salvará cuando los europeos rompan esta espiral de miedo y corrección política que les impide hablar. Cualquiera puede profesar la religión que desee -o ninguna en absoluto- pero no permitiremos que unos fanáticos impongan su modo de vida ni olvidaremos de dónde venimos. Es necesario hacer reformas profundas en la educación que devuelvan a las Humanidades la importancia fundamental que tienen. Hay que regresar al estudio de la Geografía -en España, olvidada y manipulada por los nacionalistas- y del Arte. Tenemos que sacudirnos el complejo de los periodos más oscuros de la Historia -todos los pueblos los tienen- y asumir que el pasado impone una responsabilidad: la de recordar para proyectarnos hacia el futuro.

En este Domingo de Resurrección, en el que millones de cristianos celebran que Cristo ha vencido a la muerte, estos centenares de bruselenses han derrotado al terror y al odio y se han atrevido a salir a la calle frente a todos los radicales.

No todo está perdido.

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