Opinión

La Andalucía contemporánea y el poder (IV)

TRIBUNA

José Manuel Cuenca Toribio | Jueves 31 de marzo de 2016

En los antípodas del gran cacique jiennense José del Prado y Palacio se encuentra la de un eximio canonista e historiador sevillano, cuya breve aunque intensa actividad pública y asimismo competencia profesional no hacían imaginable que desempeñara, en tiempos de grandes turbulencias, la mencionada cartera de Agricultura.

Varón integérrimo, como a él, D. Manuel Giménez Fernández (Sevilla, 14-V-1896--27-II-68), tan lector de la Biblia, le hubiera gustado probablemente, no obstante su honda y congenial modestia, ser definido, el político quizá más conocido y respetado en la Sevilla de mediados de la centuria anterior fue –con expresión antañona y regusto arcaizante, también tan de su época- un dechado de virtudes cívicas.

Juicio o descripción, sin embargo, ajustadas a la más desnuda realidad. Pues, en efecto, escasas figuras han dado los escalafones universitarios andaluces del siglo XX, pocos hombres han conocido las tierras sureñas con la pasión por la res publica que encandeciera la existencia del gran canonista e historiador sevillano. Del linaje de los discutidores -¿herencia, acaso de los torneos y disputas oratorias de los colegios de los jesuitas, con los que se educara?-, no creía en ningún dogmatismo terrenal. De ahí, su desbordado y contagioso entusiasmo por la controversia y el debate como únicos medios de alcanzar la luz en el lábil mundo de las realidades temporales. De ahí también su admirable defensa de las libertades civiles como insustituible fundamento de la polis y preservativo de tiranías y despotismos. Su tensa vigilia por una nueva aurora democrática no provocó en instante alguno el desplome de su llameante y juvenil espíritu.

No llegó a la tierra prometida. Ninguna personalidad hubiera sembrado en ella con más elegancia y generosidad la reconciliación y el entendimiento para seguir construyendo la historia de un país profundamente entrañado en sus dimensiones más fecundas. Ejemplo de integridad y fidelidad en el terreno personal –sus antiguos alumnos recordarán a buen seguro la singular dedicatoria de su Manual de Derecho Canónico- y en el político –la democracia de León XIII y Pío XI –sus Papas predilectos- no tuvo en España un seguidor más ardido en tiempos sombríos-, su figura es hoy deturpada con frecuencia por oportunistas sin escrúpulos, con los que la nobleza de D. Manuel hubiera señalado, de vivir, una frontera insuperable.

Como es natural, no faltaron defectos a la actividad y diario bregar del antiguo ministro de Agricultura de la CEDA –octubre de 1934, abril de 1935-, que prestaron más humanidad a su personalidad, modelada –importará insistir- en la modestia y cordialidad sumas. A tal respecto, alguien tan ponderado como D. Ramón Menéndez Pidal llegó a acusarle veladamente de arrebato hasta extremos recusables en la defensa de sus tesis y planteamientos historiográficos, como, v. gr., en su crítica inmisericorde de Colón o Fernando el Católico. Nada más incierto; aunque, en verdad, el calor de su ánimo en los combates intelectuales y en las luchas por las causas cívicas a que se entregara podía, superficialmente, dar cierta verosimilitud a deducciones de tal naturaleza. También en los mentideros universitarios se esgrimieron, a las veces, impugnaciones de parcialidad y sectarismo, con palmario desconocimiento de la ingenuidad que impregnó de modo invariable el fondo de sus comportamientos, en los que la pasión no anubló nunca la noción de ajeneidad y el fair play del mejor liberalismo. Máculas y limitaciones que, en todo caso, no llegaron, por lo demás, a pudrir nunca las fuertes raíces éticas de su ser ni a poner en grave peligro las normas cristianas a las que quiso, inflexiblemente, acomodar su viaje terrenal.

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