Trad. de Noemí Sobregués Arias. Galaxia Gutenberg. Barcelona, 2016). 218 págs. 19,90 €. Uno de los más prestigiosos intelectuales de hoy nos acerca a varias figuras de distintos ámbitos, entre otras Solzhenitsyn y Nelson Mandela, que se rebelaron frente a la injusticia o la falta de libertad.
Por Alejandro San Francisco
Tzvetan Todorov, nacido en Bulgaria en 1939, y avecindado en Francia desde 1963, es uno de los intelectuales más relevantes de hoy, y cada cierto tiempo publica algunas de sus reflexiones sobre temas como la democracia y el totalitarismo, la cultura y los problemas históricos o actuales del mundo. Es lo que hace en este conjunto de ensayos sobre personajes “insumisos” del siglo XX, que se refiere a esa resistencia que surge en circunstancias extremas y que determinados hombres y mujeres ejercieron con valentía y determinación. En parte, se muestran sus ejemplos porque “la confrontación con el pasado fortalece la reflexión sobre el presente”, asegura Todorov.
No cabe duda de que los últimos cien años se prestan especialmente para este tipo de contradicciones, precisamente por ser una época de excesos y abusos, guerras mundiales y totalitarismos. Los escogidos son de variados orígenes e historias personales: Etty Hillesum, una holandesa en la Segunda Guerra Mundial; la francesa Germaine Tillion; los escritores rusos Boris Pasternak y Aleksandr Solzhenitsyn; el sudafricano Nelson Mandela, tras el cual se reflexiona sobre el norteamericano Malcom X; a quienes se añaden hacia el final David Shulman y el joven Edward Snowden. ¿El objetivo? Mostrar la rebelión contra la injustica y la lucha por la igualdad o la libertad.
El libro comienza con un brillante ensayo titulado “Motivaciones”, donde el autor plantea el tema de “la moral en política” y la necesidad de repensar la unidad de ambos conceptos, considerando que la erosión de la ética ha sido causa de las distorsiones y abusos en la lucha por el poder. El origen de la preocupación viene desde la juventud de Todorov, permanentemente vigilado en Bulgaria por el régimen comunista, interés que se consolida con su llegada a Francia, donde comprendió algo crucial: “El régimen democrático que descubría no proponía ni una utopía ni un camino hacia la salvación. Consistía más bien en gestionar asuntos comunes, en principio en interés de todos”.
En el sustrato histórico del problema está el tránsito de las sociedades comunistas y los totalitarismos del siglo XX, a las democracias de la última década de ese siglo y los primeros años del XXI. El cambio no fue solo político, sino también cultural e incluso moral. Los insumisos forman parte de los problemas de ambos sistemas, aunque lógicamente tienen una mayor vigencia en el drama de la opresión nazi y comunista, desde la ocupación de Hitler sobre diversos pueblos de Europa en adelante.
Para evitar confusiones, Todorov sostiene que “la insumisión es a la vez resistencia y afirmación”. En el caso del tema analizado, “frente a la injusticia, a la opresión y al terror, estas personas no responden al mal con el mal, sino que desplazan el enfrentamiento a otro plano”. Al respecto, todos los casos muestran interés, si bien tienen orígenes y manifestaciones diferentes, según su contexto histórico y las propias personalidades de quienes vivieron esas circunstancias. Adicionalmente, en los distintos casos se aprecian ciertas reflexiones morales y proyectos de vida especialmente atrayentes.
Por ejemplo, Etty Hillesum defendía con fuerza la necesidad de “abstenernos de imitar el odio del que hemos sido objeto o, mejor aún, convertirlo en amor”. O Germaine Tillion, cuya Francia primero sufre bajo Hitler y luego hace sufrir con el colonialismo, quien sostiene que “no existe un pueblo que pueda librarse de un desastre moral colectivo”; o bien el caso de Mandela, que en la misma línea argumentaba que “resistir sin odio y fraternizar con el antiguo enemigo” se volvían bases para la futura reconciliación en Sudáfrica.
Resultan interesantes los caminos a la vez paralelos y con contradicciones que viven los escritores rusos estudiados por Todorov. El primero es Pasternak, que reclama ser un literato con cosas que decir, y sufre porque “en nuestro país la literatura no existe, y tal como están las cosas no existirá ni puede existir”. El control dictatorial era permanente sobre los “ingenieros de almas”, como los llamó Stalin, y muchas veces se pagaba con la proscripción o con la muerte. Originalmente poeta, Pasternak debió sufrir para ver nacer su famoso Doctor Zhivago, una de las obras cumbres del siglo XX. La escribía para su satisfacción personal, con la convicción de que no vería la luz o que ello solo ocurriría en un tiempo futuro. En su país el libro se rechazó porque era “incompatible con el espíritu soviético”, por lo que finalmente fue publicado en el extranjero. Los resultados fueron notables y contradictorios: en la Unión Soviética el escritor fue injuriado y acusado de traidor a la patria; en tanto la Academia sueca decidió concederle el Premio Nobel de Literatura en 1958.
El caso de Solzhenitsyn no es menos apasionante y conmovedor. El autor del monumental Archipiélago Gulag también debió padecer por su actividad creadora, pero las detenciones y campos de concentración no lograron acallarlo, aunque tuviera que escribir clandestinamente o sufrir el exilio. Sin perjuicio de ello, en los años del deshielo después de la muerte de Stalin en 1953, pudo publicar en la revista Novi Mir su obra Un día en la vida de Iván Denisovich. El ideario del escritor ruso es luchar por la verdad contra el régimen de la violencia y la mentira. Esos temas aparecen claros en su discurso de Estocolmo, cuando al propio Solzhenitsyn lo reconocieron con el Premio Nobel de Literatura en 1970, aunque no pudo viajar a recibirlo. Pero siguió siendo una de las principales autoridades morales del mundo en la segunda mitad del siglo XX.
Se podría continuar revisando detalles para cada uno de los casos, lo que ciertamente ilumina y da claridad a un libro que es a la vez valioso y pedagógico. La regla general es que los personajes conocieron un mal que vivieron como un extremo. Algunos estuvieron en campos de concentración, otros sufrieron un Estado totalitario o han experimentado la desigualdad social. En definitiva, con este libro se puede mirar la historia desde una perspectiva distinta, no solo para conocer el pasado, sino para que este sirva al presente. Adicionalmente, permite mirar el antiguo asunto de la relación entre la moral y la vida política que, después de todo, no debe ser abandonado como cuestión para la mera reflexión, sino que eventualmente puede asumirse como un programa para el futuro. Quizá tiene razón Todorov, en otra de sus reflexiones: “El dolor extremo engendra entonces la plena liberación. Del miedo total surge el valor total”. Así lo muestran estas historias de insumisos.