Javier Zamora Bonilla | Martes 10 de junio de 2008
La desaceleración de la economía en buena parte de los países occidentales y la marcha hacia una potencial crisis económica, en la que no sólo suban los precios y se destruyan empleos (ambas cosas ya suceden) sino en la que se acumulen varios trimestres con decrecimientos en la creación de riqueza, parece que puede aparecer en cualquier momento al girar una esquina de este enrevesado y globalizado (y maravilloso, también) mundo. Nadie sabe a ciencia cierta la profundidad de la crisis ni hasta dónde puede llegar ésta.
El perfil de la crisis es internacional y presenta dos aspectos claves: la falta de dinero en el sistema crediticio y el imparable precio de algunas materias primas relacionadas con los combustibles, tanto con los tradicionales (hidrocarburos) como con los nuevos (biocombustibles). Ambas cuestiones contribuyen a la inflación por la subida del precio del dinero (de los intereses crediticios) y por la subida de los bienes y servicios que se asumen la subida de las materias primas.
El temor es que caigamos en una nueva crisis de estanflación: estancamiento económico y subida de precios, que es el mayor quebradero de cabeza para los economistas gubernamentales. Ninguno de los dos problemas de la crisis se puede solucionar fácilmente. La falta de dinero en el sistema crediticio tiene mucho que ver con la falta de confianza, derivada de la quiebra de las hipotecas subprime, y la confianza no es una cosa que se recupere de un día para otro, ni siquiera en este mundo cambiante. Por otro lado, la sustitución de los hidrocarburos por nuevos biocombustibles ha ocasionado un alza de algunas materias primas que se suman al alza del precio del petróleo y que están provocando importantes hambrunas en algunas partes del mundo, porque materias primas que antes se dedicaban a alimentar a la población se derivan ahora a la fabricación de este nuevo tipo de combustibles. Producir más de estas materias primas es una solución, pero no a corto plazo, como tampoco hay una solución inmediata para la sustitución de los hidrocarburos, así que parece que debemos de resignarnos al alza de los precios de las materias primas y a las consecuencias derivadas del mismo.
Además del perfil internacional de la crisis, cada país ofrece sus propias circunstancias que agravan la situación. En el caso de España, por ejemplo, la estructura atomizada del sector del transporte por carretera (un 90 por ciento de las empresas tiene menos de 5 camiones y por encima del 80 por ciento sólo un camión), que da una gran flexibilidad al sector en tiempos de bonanza, presenta en tiempos de crisis gravísimos problemas de competitividad y consecuentemente lleva a muchas pequeñas empresas y autónomos a la quiebra.
Cada país está intentando dar respuesta como puede a la crisis y hace frente a sus problemas peculiares e intenta paliar los problemas internacionales en la medida de lo posible, pero lo que más se está echando en falta en Europa es una respuesta coordinada de la Unión Europea, cuya anquilosada burocracia y su política paralítica falla siempre ante los graves acontecimientos. La UE se ha salvado por ahora por ser una unión económica eficaz, pues la mayoría de los intentos de intensificar una unión política han fracasado. Esperemos que Europa no fracase ahora también en lo económico. Las respuestas a esta crisis no pueden ser sólo localistas.
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