Editorial

Lamentable aumento de la pena de muerte

Viernes 08 de abril de 2016
El último informe que acaba de hacer público Amnistía Internacional (AI) sobre la pena de muerte arroja unos datos ciertamente muy preocupantes. AI denuncia que el año pasado se registró un total de 2.466 condenas a la pena capital en 55 países, lo que supone un crecimiento del 28 % en relación con el año anterior. Igualmente, la organización reveló que en 2015 se ejecutó a 1.634 personas, un 54 % más que en 2014, hecho que implica que estamos ante la cifra más elevada que se ha contabilizado en más de un cuarto de siglo.

La alarma aumenta si tenemos en cuenta que, como advierte Amnistía Internacional, no se dan precisamente facilidades oficiales para obtener los datos, por lo que muchas veces debe recurrir a asociaciones civiles y a las propias familias de los condenados. De hecho, hay países donde se oculta y guarda a cal y canto esa información. Entre ellos se encuentran Corea del Norte, Bielorrusia y Vietnam y China, sospechándose que especialmente en el gigante asiático se ejecutó el pasado año a miles de personas. De ahí que China encabece la macabra lista de países verdugos, seguida por Irán, Pakistán, Arabia Saudí y Estados Unidos.

Especialmente lamentable resulta que en la primera potencia mundial haya todavía estados donde permanezca la pena de muerte, poniéndose así a la altura de regímenes autoritarios en los que el respeto a los derechos humanos brilla por su ausencia. Esta misma semana, en Texas se ha ejecutado a un latino mediante inyección letal, que fue declarado culpable en 1998 de un crimen particularmente execrable: el asesinato de un adolescente, de quien se bebió su sangre. Y sigue habiendo presos en el siniestro corredor de la muerte. Sin duda, se producen crímenes especialmente repulsivos que causan una primera reacción de pagar con la misma moneda. Pero los Estados no pueden caer en esa tentación, sino buscar otras fórmulas que hagan justicia pero que no tengan ningún aroma de visceral venganza y que atenten contra el más fundamental de los derechos humanos. Decía Víctor Hugo que “la pena de muerte es signo peculiar de la barbarie”. Esta barbarie debe desaparecer.

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