Opinión

España, México, Brasil: la posdemocracia

WELTPOLITIK

Carlos Ramírez | Lunes 11 de abril de 2016

El agobio del corto plazo suele cerrar las opciones políticas. La fase de crisis en la configuración de un nuevo gobierno en España tiene que ver con una estructura electoral de la transición 1978 pero en una correlación de fuerzas sociales y políticas de la etapa de la postransición. Si el modelo de mayorías absolutas no funciona en un pluripartidismo en dos corrientes con cuatro organizaciones, entonces el camino siguiente debe ser el de la segunda vuelta.

Los casos de Brasil y México debieran servir de elementos para el análisis político de la realidad. En Brasil opera el mecanismo de alianzas partidistas y segunda vuelta y ahí es donde la presidenta Dilma Rousseff se encuentra atrapada en un cruce de coordenadas: su candidatura agrupa nada menos que nueve partidos políticos, con las dificultades para consensuar propuestas de gobierno; y encima de ello, la segunda vuelta. Sin embargo, se veía imposible su candidatura en el 2011 sin alianzas por la fragmentación partidista.

En México existen las alianzas pero no la segunda vuelta y gobierna la presidencia de la república el partido que obtenga más votos, sin necesidad de mayoría absoluta. En las elecciones presidenciales del 2012 el PRI acreditó el 29% de los votos y subió a 38% con los de su aliado el Partido Verde; las tendencias electorales para las elecciones presidenciales del 2018 pudieran darle al PRI el 25% de los votos y un total de 33% si el Verde mantiene su base electoral. En términos numéricos, por abstención electoral, el gobierno priísta actual ejerce el poder con el 12% de los votos del total de la población.

El problema del sistema de representación política radica justamente en que la representación debiera ser mayoritaria, pero sin construir mayorías que impliquen armados de programas de gobierno entre fuerzas disímbolas. Lo bueno para el PRI es que el Partido Verde es un partido avatar o un partido botarga es decir, una réplica del PRI con el disfraz de ecologista, al grado de que en las elecciones legislativas federales del 2015 varios candidatos del Partido Verde eran priístas, es decir, el Verde es el PRI por otros medios. En cambio, la alianza electoral de Brasil está configurada con corrientes políticas minoritarias pero sin ninguna voluntad para sumarse en lo individual a los partidos fuertes.

Los problemas para configurar una mayoría absoluta en España se ven, desde el otro lado del océano, como una nueva reorganización de las fuerzas sociales y políticas: dos fuerzas de izquierda (PSOE y Podemos) y dos de derecha (PP y Ciudadanos). Los datos de las encuestas que se han publicado indicarían que nuevas elecciones en junio reconfirmarían esta fragmentación de las fuerzas electorales, a menos que se opte por la salida alemana de una gran alianza PP-PSOE en base a una reforma política-electoral.

Los casos de España, México y Brasil revelarían --como pronto veremos también en los EE.UU.-- no una crisis de la democracia sino una crisis de la posdemocracia, es decir, la organización democrática en busca de nuevas formas de funcionamiento. Lo malo es que en las crisis actuales se quieren encontrar salidas en el viejo modelo pero ante una sociedad que exige otras formas de funcionamiento de la representación política.

Y viene el problema adicional: como las estructuras democráticas --viejas y nuevas-- no están respondiendo a las exigencias de bienestar de la sociedad, entonces estarían surgiendo formas diferentes de participación social. Dos temas exhiben este nuevo dinamismo: la corrupción y la pobreza. Y en sociedades democráticas avanzadas, como en España o Islandia, esas dos disfuncionalidades de la democracia han sacado a la gente a la calle, primero para indignarse y luego para exigir al margen de los cauces institucionales conocidos.

El problema no radica en la democracia, toda vez que los enojos son parciales y de ninguna manera anulan el funcionamiento democrático. En este sentido, la nueva expresión de la democracia lo constituyen las diferentes formas de organizaciones sociales activas o de observatorios ciudadanos que no pasan por los partidos, o, peor aún, que eluden conscientemente los partidos por la inexistencia de mecanismos de participación ciudadana. En este sentido, el principal desafío de la democracia como sistema/régimen/Estado radica justamente en la participación ciudadana directa en asuntos que le atañen como sociedad organizada.

En el 2012 el filósofo Tzvetan Todorov encontró a los tres enemigos “íntimos” de la democracia: el populismo, el ultraliberalismo y el mesianismo, los tres atravesados por la característica de la desmesura. Pero experiencias recientes podrían ampliar la lista de enemigos íntimos de la democracia: los partidos derivados en oligarquías (la maldición de Robert Michels y su teoría de la ley del hierro de la oligarquía) que deciden sin consultar a sus militantes, la demagogia de izquierda y de derecha y el estancamiento del sistema de representación política más como retórica que como modelo de participación.

Antes, en el 2003, Colin Crouch fijó el término de la democracia después de la democracia en su ensayo La posdemocracia. Y el elemento distorsionador de la democracia que encontró fue nada menos que la participación de los ciudadanos directa en asuntos públicos, es decir, el agotamiento del viejo modelo de la democracia representativa --elecciones para nombrar a representantes en el ágora parlamentaria-- y las diversas formas de democracia participativa, plebiscitaria y de ciudadanía activa.

Los ciudadanos están descontentos con la democracia representativa porque dicen que no los representa. Ahí se encuentra la enfermedad de la democracia ya entrado el siglo XXI. Y se encuentran salidas o la democracia comenzará a ahogarse en jaloneos como los de España o crisis de legitimidad como en México o caos representativo como en Brasil.

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