Sábado soleado. Sábado madrileño. Sábado de paseos por el Retiro. Antes, un poco antes del paseo, entro en una librería de viejo y hallo un tesoro. Pequeño ha sido el coste de tan gran hallazgo. Es un volumen de las obras completas de Ortega y Gasset. El libro está nuevo. El nombre y apellidos escritos a mano por el propio Ortega embellecen el gris de la cubierta. Es el tomo quinto de la vieja, transparente y limpia edición que hicieron un grupo de estudiosos dirigidos por Paulino Garagorri de las Obras completas de Ortega para Alianza y Revista de Occidente. Tiene 577 páginas llenas de vida e inteligencia. Contiene una parte fundamental de la obra del filósofo español, del filósofo más importante de España, para saber qué es filosofía. Nada más verlo lo adquirí para regalárselo al amigo Fernando Muñoz, hombre sabio con dos doctorados, uno en Filosofía y otro en Sociología, que lee a Ortega en la última edición que se ha hecho de sus Obras completas. Mi sabio amigo, siempre que nos vemos, y sale el tema Ortega, primero se queja del precio tan elevado de esta nueva y a veces mejorable edición, y, después, critica a Ortega con cierta acritud porque, según su parecer, no entendió el significado del cristianismo para España, o mejor dicho, no fue sensible a la filosofía cristiana medieval para entender nuestra época.
Pago mi tesoro rápidamente y salgo de la librería con mi libro bajo el brazo. Voy contento. Creo que mi amigo disfrutará con esta vieja edición. De paso, para pegar la hebra, le señalaré unas páginas de este libro para rebatir su interpretación, en realidad, para seguir hablando sobre este cuento de nunca acabar que llamamos filosofía. Camino hasta los jardines del Retiro, paseo un rato, pero ya no aguanto más, voy a leer unas paginitas de Ortega. Creo que a eso le llaman hacer un alto en el camino. Me siento en un banco, entre sol y sombra, miro el estanque y antes de leer llamo por teléfono a Fernando. Le cuento mi pequeña aventura por una librería de lance y le leo con cierta intención el final de la lección VIII del portentoso libro de Ortega ¿Qué es filosofía?: “La modernidad nace de la cristiandad; ¡que no se peleen las Edades, que todas sean hermanas y bien avenidas! Aquí es donde debiera empezar mi conferencia de hoy, pero quede para otro día explorar la tierra incógnita a la que habíamos llegado en la anterior.”
Mi amigo responde a mi lectura con un grito de perplejidad: “No; esa frase no puede ser de Ortega. Déjame, por favor, un instante que la lea con mis propios ojos”. Aguardo su consulta con el teléfono pegado a la oreja y a los pocos minutos me responde que no aparece, en el tomo VIII de su flamante edición, esa expresión tan exacta y filosófica, tan de Ortega, sí, “la modernidad nace de la cristiandad”. Pero yo le insisto que en la edición de Garagorri aparece sintetizada la lección de Ortega de este modo: “La modernidad nace de la cristiandad.” También las viejas ediciones de esa obra, las publicadas por Espasa-Calpe, Alianza y Porrúa, contienen la expresión orteguiana: “La modernidad nace de la cristiandad”. ¿Por qué entonces han eliminado, se pregunta mi amigo, los nuevos editores esa síntesis genial que hace de su propia reflexión? Yo no tengo respuesta para esa pregunta. Sigo contemplando el estanque de las aguas doradas del Retiro, mientras mi amigo al teléfono trata de soliviantarme con su voz de enfado: “Esa supresión hay que denunciarla. Tienes que denunciarla.” ¿Denunciar yo? Nunca. ¡Quién soy yo para denunciar a un equipo de expertos en Ortega que han decidido eliminar esa frase rotunda, clara y contundente! Trato de aplacar a mi amigo y concluyo la conversación: no creo que sea un atentado a la obra de Ortega, quizá haya una “razón”, un motivo, quién sabe, algo que justifique la desaparición de esas líneas del magistral libro de Ortega. De todos modos, habrá que seguir dándole vueltas al asunto. Consultaré las notas de edición de ese tomo VIII en cuanto regrese a casa.
El sol se ha ido del banco sobre el que estoy sentado. Solo tengo sombra. Siento escalofríos. Me levanto y sigo paseando. Ya estoy cerca de la Fuente del Ángel Caído de mi parque preferido de Madrid. ¡Curiosa la escultura dedicada al demonio, curioso artista su creador! Ricardo Bellver se inspiró en unos versos de El paraíso perdido,de Milton, para que un país católico “celebrara” el demonio. La cosa tiene su miga. Dejo atrás el Ángel caído y tengo ganas de llegar a casa para consultar la nueva edición de las Obras completas de Ortega. Indago en el citado tomo VIII e intento entender lo que escriben los editores en la página 698; por lo visto, según dicen los redactores de las nota de edición, esa expresión “la modernidad nace de la cristiandad” fue puesta por Fernando Vela para sus crónicas periodísticas y, por eso, ellos la suprimen. Lo siento, pero no me queda clara la explicación. La redacción es mejorable. Un poco de buena literatura orteguiana es, sin duda alguna, lo que le falta a los nuevos editores de sus obras para explicar por qué han suprimido de una de las lecciones de su ¿Qué es filosofía? la expresión “la modernidad nace de la cristiandad”.