Acaba de comenzar la campaña sobre la permanencia o no del Reino Unido en la Unión Europea (UE). Una campaña que se presenta enormemente reñida, pues la mayoría de las encuestas señalan que las espadas están en alto y hay prácticamente un empate técnico entre los que abogan por mantenerse en la UE y los que apuestan por el Brexit. Aunque no es que los pronósticos demoscópicos acertaran, sino todo lo contrario, en las últimas elecciones generales, es evidente que el asunto despierta pasiones.
Y genera sorpresas. La más sonada hasta el momento, y es difícil que haya otra que la gane, es la de la postura de Jeremy Corbyn. El líder laborista ha dado un giro de ciento ochenta grados en su posición hacia la UE. Corbyn tiene en su trayectoria un largo rechazo a la Unión Europea. Ya en sus albores, en el referéndum de 1975 votó en contra del Mercado Común Europeo, y luego no ha perdido ocasión para arremeter contra la UE, esa Europa de los mercaderes como le gusta denominarla a la izquierda radical, esa izquierda en la que Corbyn ha instalado al laborismo. Ahora, sin embargo, se muestra convencido europeísta y en su primer discurso sobre el referéndum que se celebrará el próximo 23 de junio ha pedido el voto a favor de la permanencia.
Cuando llega la hora de la verdad y no se descarta que Gran Bretaña pueda abandonar la UE -posibilidad que el Banco de Inglaterra se ha apresurado a calificar de muy dañina para la economía-, a Corbyn no le duelen prendas de desdecirse. Aunque, no obstante, parece que sigue poniendo una vela a Dios y otra al diablo. Así, no solo ha manifestado que es posible ser crítico con la UE y a la vez pensar sin ninguna duda que a su país le interesa seguir en ella, sino que hace muy poco contrató a Yanis Varoufakis como asesor del Partido Laborista. Será por la brillantez que el exministro de Finanzas griego demostró en sus negociaciones con la UE, de la que ahora ha dicho que está en plena descomposición.