Opinión

El valor de la vida humana

TRIBUNA

Rafael Narbona | Sábado 16 de abril de 2016

Cada vez que se produce un atentado terrorista, las reacciones de condena suelen convivir con las de perplejidad. “¿Cómo es posible?”, se preguntan muchos. “¿Por qué tanto odio?” Es necesario ahogar sentimientos muy elementales para ametrallar a un grupo de personas que asiste pacíficamente a un concierto, detonar un explosivo en un aeropuerto o bombardear una escuela. Siempre he creído que la violencia no es un impulso innato, sino una conducta aprendida, que aparece en contextos de manipulación ideológica. No es posible atentar contra la vida del otro, sin deshumanizarlo. Los nazis comparaban a los judíos con ratas. Stalin proclamaba que sus adversarios eran “enemigos del pueblo”. DAESH pretende exterminar a los “infieles”, que se oponen a la expansión de su califato. En todos los casos, el otro pierde su condición de ser humano. No se le reconoce ningún derecho. Ni siquiera se le acepta como interlocutor. Sólo se concibe su aniquilación por cualquier medio.

Los atentados de París y Bruselas expresan la misma inhumanidad que las fosas de Katyn o los hornos crematorios de Birkenau. Aunque se utiliza la expresión “políticas de exterminio”, el asesinato del adversario real o imaginario no es un acto político, sino el fracaso de la política. No hay “violencia política”. La violencia siempre es la negación de la política. Hannah Arendt afirmaba que “la misión y fin de la política es asegurar la vida en el sentido más amplio. Es ella quien hace posible al individuo perseguir en paz y tranquilidad sus fines, sin importunarle”. La política es el espacio “del cuidado”, pues “el ser humano depende en su existencia de los otros”. Según Aristóteles, la política únicamente puede acontecer en la polis, ya que es el único marco de convivencia que posibilita la libertad. Es cierto que en la democracia griega nunca se cuestionó la esclavitud, pero el sentido de las analogías históricas no es simplemente señalar las diferencias, sino transformar el conocimiento de pasado en una herramienta para mejorar el presente. En la actualidad, sólo las democracias parlamentarias garantizan una convivencia plural y diversa. En ese marco, no hay enemigos, sino adversarios, interlocutores. Matar al otro constituye un gravísimo atentado contra la política, cuya razón de ser es el bien común y los derechos individuales.

Desgraciadamente, el terrorismo no se limita a segar vidas inocentes. Sus estragos también afectan a los pilares de la convivencia, liberando los demonios que pululan en el subsuelo de cualquier sociedad libre. Las atrocidades de DAESH han despertado una oleada de islamofobia. Por fortuna, en España no existe un partido racista y extremista con posibilidades de gobernar. Poco después de los atentados de Bruselas, Mariano Rajoy recordó con sensatez que la mayoría de las víctimas de DAESH son musulmanas y que el problema no es el Islam, sino el conflicto entre civilización y barbarie. Eso no ha evitado que proliferen los comentarios racistas en las redes sociales. Esta clase de expresiones ignora deliberadamente que los terroristas tienen nombre y apellidos. Sólo ellos -y los que les instigan, financian o justifican- pueden considerarse responsables de los brutales atentados de París, Bruselas, Lahore, Ankara y otras localidades. Barack Obama ha reiterado una y otra vez que los yihadistas “sólo constituyen una pequeña fracción de los más de mil millones de musulmanes que hay en el mundo”. El odio al Islam es una reacción primaria e irracional. DAESH representa al mundo árabe en la misma medida que ETA representa al País Vasco. Sería absurdo aborrecer a los alemanes por los crímenes de Hitler o a los rusos por la sangrienta dictadura de Stalin. Me niego a reproducir algunos comentarios que flotan en las redes, llenos de desprecio hacia nuestros vecinos del Magreb o los árabes de Oriente Medio. Las víctimas demandan solidaridad, no exabruptos que incitan al odio y a la exclusión. Al igual que otras organizaciones terroristas, DAESH pretende crear división social, sembrando el rencor y la desconfianza.

Occidente no está en guerra con los musulmanes. El Islam tampoco ha declarado la guerra a Occidente. Es cierto que ambas civilizaciones acumulan querellas históricas, pero casos como el del egipcio Naguib Mahfuz, premio Nobel del Literatura de 1988, ponen de manifiesto que hay argumentos para la concordia y el encuentro. Apuñalado en 1994 por dos integristas en una calle de El Cairo, Mahfuz –que nunca se recuperó de las heridas- pidió desde su cama del hospital que el gobierno acabara con el terrorismo: “He rezado para que este país se libre del integrismo por el bien del pueblo y en beneficio de la libertad y el Islam”.

Hans Küng afirma que “no habrá paz entre los pueblos de este mundo, si no hay paz entre las religiones del mundo”. No lo discuto, pero añadiría que las ideologías se han mostrado infinitamente más destructivas que las religiones. El Islam moderado identifica la yihad con la defensa de la fe, no con la guerra. Judíos y cristianos suscriben por igual el “No matarás” del Éxodo. El primer precepto de la ética budista prohíbe cualquier forma de violencia. Auschwitz e Hiroshima no son fenómenos religiosos, sino la expresión más dramática de la “guerra total”. El viejo sueño de la paz perpetua no se realizará hasta que ningún dogma se atreva a cuestionar el valor de la vida humana, justificando su inmolación por razones políticas, espirituales o materiales. Ser escéptico o perder la esperanza no ayuda a que cambien las cosas. Para avanzar, sostenía Martin Luther King, a veces sólo es necesario subir el primer peldaño.

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