En los años de plomo de la transición, cuando los terroristas de ETA asesinaban sin tregua, lo que ocurría con sangrienta frecuencia, cada vez que se cometía un atentado, la policía ponía en marcha la “operación jaula”, que consistía en blindar la ciudad.
Se instalaban controles en las principales calles, así como en las entradas y salidas. Los atascos eran monumentales, eternos e insoportables. ¿Cuántos millones de horas de trabajo se perdieron por aquellos controles? ¿Cuántos conductores llegaron a desquiciarse al soportar horas y horas parados en un atasco, atrapados como conejos? ¿Pero, sobre todo, servían de algo? ¿Alguna vez detuvo la Policía a algún terrorista que pasaba por allí?
La broma, y los tiempos no estaban para bromas, consistía en ridiculizar las medidas pues, se decía, que los policías parecían esperar a que el etarra que acababa de cometer un atentado fuera a salir por la carretera de Burgos con la txapela puesta y la metralleta, aún humeante, asomando por la ventanilla. Nunca un terrorista hubiera sido tan torpe como para intentar escapar nada más cometer el atentado. Aguardaban en sus pisos francos semanas o meses hasta que desaparecían los controles y entonces se iban tranquilamente. Los terroristas son despiadados asesinos; pero no suelen ser tontos.
Jamás detuvieron a un terrorista en aquellos exasperantes controles, pero millones de ciudadanos sufrieron las consecuencias de tan torpes y absurdas medidas. Era una victoria pírrica de ETA: sacudían al Estado con sus brutales y continuos atentados con la intención de provocar un golpe militar, como estuvieron a punto de lograr, y, de paso, desquiciaban a los ciudadanos que, además de sufrir el dolor de los crueles asesinatos, se desesperaban atrapados en las interminables colas de automóviles. Las “operaciones jaula” fueron un fiasco. Un protocolo policial arraigado en todo el mundo que todavía se repite hasta la saciedad y con escasísimo éxito.
Esta semana, el Parlamento europeo ha aprobado la polémica medida de realizar exhaustivos registros a los pasajeros de avión que vuelen por el continente con la intención de identificar a los terroristas yihadistas que se mueven con facilidad por el Espacio Schengen. No servirá de nada. Pillarán a pequeños traficantes de hachís, a chiflados que exportan ilegalmente animales protegidos, tal que loros mudos o iguanas bizcas, y quizás a algún espabilado que ande llevándose unos fajos de dólares de extranjis. Pero no cazarán a ningún capo de la droga, ni a los cerebros de las mafias que trafican con animales ni a los gánsteres que blanquean dinero. Y, desde luego, ni a un solo yihadista.
Eso sí, las medidas provocarán la psicosis de los pasajeros al verse atrapados en interminables controles, rodeados de ejércitos de policías disfrazados de buzos, incómodos por tener que aguantar horas haciendo cola. Para nada. Y, además, tomar un avión se convertirá en una tortura mayor de la que ya es. Se tardará menos en llegar de Madrid a París en bicicleta que en avión. Pues si ahora, para tomar un vuelo de dos horas y media, hay que facturar al menos dos horas antes del embarque, esperar a que despegue el avión el tiempo que el comandante tarda en tomarse un café y, al llegar al destino, con suerte, solo hay que esperar una hora a que salga el equipaje, eso si es que en algún momento la dichosa maleta tiene a bien asomar por la cinta transportadora. A lo que hay que añadir el tiempo que se tarda en llegar al aeropuerto, y luego, a la ciudad de destino. Sin exagerar, para ir de Madrid a París, desde que uno sale de su casa hasta que llega al hotel, puede emplear ocho horas largas, si no hay retrasos o demás anécdotas aeroportuarias. Con las nuevas medidas que aplicará la UE para atrapar yihadistas, el viaje puede alargarse siglos; lo dicho, sin ser Contador, en bicicleta se llega antes y, además uno se ahorra los ronquidos o, peor, la perorata del vecino de asiento y se da un paseíto al aire por la rivera del Loira.
Pero, lo peor, es que jamás cazarán un solo terrorista. Y es que, dicho está, los asesinos no son tontos. Suelen planificar sus atentados al detalle y si se imponen nuevas medidas de seguridad, las estudiarán hasta encontrar la clave para sortearlas. O irán en tren, se mezclarán con los refugiados que huyen de Siria o, lo dicho, en bicicleta.
Hay que reconocer que el problema no resulta fácil de resolver. Los terroristas yihadistas se han colado por todos los rincones de nuestros países. Viven como ciudadanos normales y, habitualmente, rodeados de personas normales que cumplen la ley. Y, pese a ello, la inteligencia y el tesón policial han logrado, en España, que no en Francia o Bélgica, grandes éxitos en la lucha contra el yihadismo, han detenido a numerosas células terroristas y han atrapado a los asesinos en sus guaridas, no en controles en medio de la calle.
España derrotó al terrorismo etarra con la inteligencia y el tesón de las Fuerzas de Seguridad y con el Estado de Derecho en la mano. No con controles policiales por todas las esquinas.
Los sesudos políticos europeos que han aprobado la medida se habrán quedado muy satisfechos. Pero que no esperen cazar en un aeropuerto a un yihadista con el cinturón de explosivos abrochado y dispuesto a inmolarse en pleno vuelo. Eso sí, la venta de bicicletas se multiplicará y las compañías aéreas solo servirán cafés a los comandantes, pues los escasos, pero pacientes pasajeros de avión, preferirán beber tila a granel.