POCO A POCO
Borja M. Herraiz | Lunes 18 de abril de 2016
Vivimos en una gigantesca burbuja de mentira. La vida que respiramos no es la real, o al menos no todo lo real que este mundo del siglo XXI nos ofrece. Vivimos anestesiados por una rutina plastificada en muchos casos de inconsistencia y cobardía. Estamos muertos de miedo ante aquello que no sea lo fácil, lo cómodo, lo accesible.
Pasan los días y apenas pestañeamos ante los dramas que nos resbalan como la lluvia en el parabrisas. Estado Islámico, atrocidades en el Cuerno de África, terremotos devastadores en Ecuador y Japón, decenas de miles de refugiados escupidos a la trastienda, muertos a centenares en el Mediterráneo... No son sino una suerte de pornografía para nuestras conciencias, ligeramente afectadas durante un suspiro, lo que dura la cuña informativa, para pasar presurosos de página o cambiar de canal.
No estamos habituados a la tragedia, la repelemos a medio camino entre la condescendencia y el asco porque total, eso les pasa a otros, ¿no? La falta absoluta de empatía humana en la que estamos impregnados, siempre y cuando el revés no nos golpee en ese círculo tan irónicamente calificado de íntimo, es alarmante. Algunos lo achacarán a la falta de valores, otros a la globalización, otros al egoísmo de nuestra especie. El resultado es el mismo.
Curiosamente, un estudio reflejaba que el consumidor medio de pornografía se valía de apenas 3 o 4 minutos de metraje para pasar de la espesura mental a la total excitación, al clímax orgásmico, para regresar al puré neuronal. Parecida evolución se atisba en el espectador medio, que pasa del "¿Qué ha pasado?" al "¡Qué mala suerte!" hasta el "Venga, a otra cosa, que la vida ya es muy dura de por sí".
¿Lo de Siria? "Menudo marrón tienen los pobres encima. Y qué salvajes estos yihadistas cortando cabezas y violando niñas, ¿no?. Ojalá se solucione pronto la cosa porque menudo cuadro. Espera, ¿tenemos que mojarnos y recibir a 16.000 de esos desarrapados? Ni de coña, 18 y van que arden."
Pornografía para el alma, que ha arrinconado la sensibilidad por eso que ha quedado en llamarse postureo emocional, que no es sino penar de cara a la galería. Pocos, los menos, sienten de verdad la tragedia de Ecuador, por ejemplo, como algo que realmente les afecta. Los más lo ven como el periódico drama de usar y tirar que los medios recogemos para valernos en ocasiones de un amarillismo innecesario y traidor con esta profesión.
Detrás de los más de 300 muertos de los temblores de este pasado fin de semana o de los 400 de este lunes en el Mediterráneo se cuentan historias indefinidas, hologramas de vidas desconocidas. No se materializan porque nunca llegarán a saberse, no nos dejan poso. Dramas como nunca viviremos. Tragedias como las que nunca padeceremos.