Jueves 21 de abril de 2016
El Estado de Nueva York parece haber sido definitivo, tanto en la carrera demócrata como en la republicana. En el caso del partido de Andrew Jackson y Franklin D. Roosevelt, se puede decir con creciente seguridad que la aventura de Bernie Sanders ha concluido. Ha sido, está siendo aún, una apuesta muy notable por varios motivos. Es el primer candidato abiertamente socialista con algunas opciones de llegar a la Casa Blanca. Y, pese a su edad, se ha ganado el favor, e incluso el entusiasmo, de los votantes demócratas más jóvenes. Lo cual, por cierto, hace ver que para una nueva generación el término “socialismo” no genera los temores y recelos de las antecedentes.
Hillary Clinton, en consecuencia, será la candidata demócrata para suceder a Barack Obama, después de que éste la desbancase en 2008, cuando todo el mundo daba por hecho que ella no tenía rival. Tiene muchas posibilidades de acabar ocupando el Despacho Oval, al menos por tres motivos. El primero es que el equilibrio demográfico favorece a los demócratas que, si lo saben aprovechar, pueden orillar a los republicanos durante lustros o décadas. El segundo es el armario repleto de cadáveres que tiene Clinton; una larga ristra de corrupciones, desmanes, mentiras y escándalos. Si eso es una ventaja es porque se ha demostrado que nada de ello le resta popularidad entre sus potenciales votantes. De este modo, lo que podría ser un lastre se convierte en un seguro frente a posibles nuevos escándalos.
El tercer motivo es que su también más que probable rival es Donald Trump. Él tiene un poderoso atractivo difícil de apreciar en Europa, acostumbrada como está a desconocer, si no despreciar, a la sociedad estadounidense. Es el atractivo del populista que no dice lo que se espera de cualquier candidato, que dice lo que todos deben callar, y que está lo suficientemente cerca de la élite pero sin parecerse a ella como para postularse como un hombre sin ataduras. Ese populismo explica que las encuestas subiesen a cada nueva inconveniencia, pues cada salida de tono demostraba que él no está cortado con el patrón de los demás.
Pero ese atractivo, que a tantos desespera y al stablishment del Partido Republicano en primer lugar, hace prácticamente imposible que llegue a ser el 45º presidente de los Estados Unidos. Una cosa es granjearse el apoyo de una mayoría de republicanos a base de populismo nacionalista y anti elitista, y otra hablarle a una mayoría de estadounidenses, a parte de los cuales ofende en cuanto tiene ocasión. Con todo, el sistema de primarias demuestra que la de los Estados Unidos es una democracia vigorosa, y que le da un contenido más auténtico al término democracia que, por ejemplo, el que tiene la nuestra.
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