Críticas de Cine

Crítica de cine. Cegados por el sol: de sensualidad, autocontrol y posesión

DE LUCA GUADAGNINO

Laura Crespo | Viernes 22 de abril de 2016
El realizador italianoLuca Guadagnino estrena la comedia dramática Cegados por el sol, con un reparto de lujo.

Siete años después de su aplaudida ópera prima Yo soy el amor, el realizador italiano Luca Guadagnino vuelve a las salas con Cegados por el sol, un remake más que libre de La Piscina, de Jacques Deray (1969), rodado con más picardía, trazas de humor y un poco de mala leche. La cinta arranca con el idílico retiro de una estrella del rock (Tilda Swinton), que se recupera de una operación de garganta, y su novio (Matthias Schoenaerts), un encorsetado documentalista, en la isla italiana de Panteralia. En un par de secuencias, Guadagnino muestra unas placenteras vacaciones de la pareja –que parece dedicarse a pasearse desnudos y hacer el amor a orillas del Mediterráneo-, interrumpidas por la llegada del ex de ella (Ralph Fiennes), un productor musical con la alegría de la vida un poco pasada de rosca, acompañado de su hija (Dakota Johnson), perturbadora ‘lolita’ del siglo XXI. A partir de entonces, el espectador asiste al juego del cuarteto, entre el guardar las apariencias, la seducción, los celos y la nostalgia de un pasado de excesos.

Si en su debut, el cineasta apelaba a la ruptura de las convenciones y las ataduras, en Cegados por el sol muestra la cara B de la misma cosa: la voluntad de contención. Vuelve Guadagnino a hablar de la ‘yet set’, con sus maneras específicas de afrontar los problemas y un halo de frivolidad fundamental en la película. Desde la butaca, asistimos a un microcosmos en el que identificamos los sentimientos, incluso los objetivos, pero donde las maneras nos son ajenas, extravagantes y excitantes, en el que el ansia de posesión transciende de las cosas a las personas. Cuatro personajes con mochilas del pasado tan grandes como sus cuentas corrientes que desconectan en una Italia muy recurrente para estos usos en el cine. Y hacia el final de la cinta, en un gesto intencionadamente metido con calzador por Guadagnino, se dan de bruces con el mundo real –concretamente con la tragedia de la inmigración en el Mediterráneo-, y el espectador con ellos. Es sólo un instante, tan breve como necesario, aparentemente insustancial para la cinta, como para la vida de los cuatro protagonistas.

Una cinta que se construye en base a diálogos y, sobre todo, a gestos y miradas, requería de un reparto a la altura. Y Guadagnino lo ha logrado, haciendo del casting uno de los puntos fuertes de la cinta. Matthias Schoenaerts (La chica danesa, Lejos del mundanal ruido) logra imprimir a su personaje el carácter reservado necesario para dibujar un arco brutal: de aparente ‘ganador’ a hombre atormentado. Dakota Jonhson explota la sensualidad con la sutileza, el morbo y la oscuridad que le faltaba a sus Cincuenta Sombras de Grey. Tilda Swinton (Michael Clayton, Las crónicas de Narnia, El Gran Hotel Budapest), inspiradora del cine del realizador, aprovecha al máximo su físico sofisticado en un personaje casi mudo que cuenta, en realidad, más que ninguno a base de afinada expresión corporal. Todo lo contrario que Ralph Fiennes (Skyfall, El Gran Hotel Budapest, Harry Potter), el bombazo de la película: un charlatán, un vividor lujurioso y desenfrenado al que Fiennes defiende con genialidad, descubriendo una faceta brillante y hasta ahora inédita en el actor. El Emotional Rescue de los Rolling Stones que se baila su personaje puede que se recuerde e imite en unas décadas, al estilo del de Travolta y Thurman en Pulp Fiction.

En general, la realización de Guadagnino, cuidada al detalle, engancha desde lo sensorial, activando todos los sentidos del espectador y prestando especial atención a los cuerpos, pero también a la música, al paisaje y las miradas, que rompen de cuando en cuando el naturalismo de la cinta para posarse sobre quien les observa desde este otro lado de la pantalla.

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