Opinión

La historia de la nación inglesa

TRIBUNA

Juan José Solozábal | Martes 26 de abril de 2016

No era fácil y quizás el resultado no ha sido un éxito, lo que no quiere decir que no haya merecido la pena el intento. Me refiero al libro de The English and Their History de Robert Tombs, publicado en 2015 y que tras pasar por el fielato de The Economist y The Times Literary Supplement (Linda Colley) es objeto de un comentario en el último número de The New York Review of Books por Keith Thomas. El libro es en efecto oportuno: a las puertas del referéndum sobre el Brexit y tras los restos del naufragio del referéndum sobre Escocia (cuyos resultados, mal que le pese a Cameron, han sido ambiguos y en conjunto más bien decepcionantes, como se merece el político que, abusivamente, lo propició) la unidad de Gran Bretaña e Irlanda está en el alero y tanto los conservadores ingleses como los separatistas escoceses buscan una confrontación política para la que es un buen prólogo la reafirmación en solitario de la nación inglesa. Desde un punto de vista intelectual el libro merece ser destacado como un ejemplo de memoria más que de historia: se trata de rescatar no lo que aconteció sino lo que merece ser recordado desde las necesidades del presente, esto es, de hallar en el tiempo pasado (lo que ha sido la nación inglesa desde el siglo de bronce hasta nuestros días en unas mil páginas, la edición que yo manejo es la versión Kindle y no soy capaz de ofrecer mayor precisión) lo que la mitología nacional requiere. Keith Thomas en el comentario de la NYRB lo dice muy bien: “Tombs está más interesado en identificar el legado del pasado en el presente que en evocar el pasado en sus propios términos. Según el autor lo que realmente ocurrió en el pasado importa menos a la posteridad que el modo en que ha sido recordado y mitologizado”.

El resultado habría sido, como adelantaba, más bien decepcionante. Ocurre que, viene a decir Thomas, la separación de lo inglés de lo británico es muy difícil y en esa medida prescindir del aporte de Escocia, Gales e Irlanda, convocados a la empresa histórica del Reino Unido, es también empobrecer a Inglaterra. Dos de los tres primeros ministros de Gran Bretaña en este siglo han sido escoceses. De otra parte la historiografía inglesa ha sido en buena parte aportada por escoceses, comenzando por la Historia de Inglaterra de David Hume. Macauly era hijo de escoceses y fue rector de la universidad de Glasgow y G.M. Trevelyan vivió cerca de las tierras bajas escocesas y su padre, nos dice Linda Colley, apoyó el autogobierno escocés.

Las historias nacionales no son aconsejables, al menos por tres razones. Primero porque dejan en la sombra “los borde nacionales”, esas tierras de nadie desde el punto de vista identitario, cuyos habitantes interrelacionan sin miramiento a las fronteras. Segundo porque el enfoque nacionalista nos empobrece e impide captar la dimensión auténtica de los problemas que nos acechan que es claramente transnacional. “La mayoría de los problemas que hemos de afrontar, hablemos de la pobreza, el terrorismo, los banqueros y financieros sin escrúpulos en su avaricia, las drogas o el calentamiento global sobrepasan los límites nacionales”, dice con razón Colley. Tercero porque las conclusiones a que llega el autor son más bien triviales. ¿Cuál es hoy la identidad inglesa? Como dice Thomas en el mundo multicultural y multiétnico de hoy la idea de la inglesidad es difícil de fijar. “La vieja idea del inglés como flemático, reservado, inexpresivo y estirado no convence en el tiempo del besuqueo y achuchamiento sociales, conciertos de rock, terribles celebridades y triunfantes deportistas zurrándoselas con el viento”.

Sin embargo quedarse en el señalamiento de las dificultades del autor al abordar el estudio de la formación histórica de la identidad de la nación inglesa (claramente, dice de modo discutible una nación sin estado, esto es sin su estado exclusivo, el estupendo crítico, anónimo, de The Economist) sería no hacer justicia a este libro, aunque se subraye la excelente fibra del relato y su elegante prosa. Así me parece acertado que se hayan destacado las bases institucionales de la formación política medieval, esto es, un reparto de las tierras tras la conquista normanda que impidió el feudalismo agresivo europeo y propició un temprano centralismo judicial a la vez que cierta vida local autónoma de la mano de los monarcas. En cambio durante la época moderna no prosperó el absolutismo, pues los Tudores y los Estuardos carecieron de ejército o marina permanentes. Por el contrario el monarca gobernó con la cooperación de la aristocracia y el Parlamento, que se reunieron con cada vez más frecuencia cuando, dice Thomas, las instituciones representativas sucumbían ante el absolutismo real. La consecuencia de la Reforma no fue la confesionalización sino la tolerancia, al menos relativa, pues tras 1689 a los protestantes no conformistas se les permitió la libertad de cultos, aunque con restricciones, más marcadas en el caso de los católicos. El Imperio como empresa británica ofrece, correctamente, para Tombs, un balance descompensado, pues osciló más del lado del racismo, la avaricia ,la crueldad y la arrogancia cultural que del lado del aseguramiento de la paz, el gobierno representativo o el estado de derecho. Tampoco el estado social ha conseguido una sociedad equilibrada sino más bien establecer un modelo dominado por la desigualdad donde las clases pobres son más numerosas que en ningún sitio de Europa y la proporción de madres solteras sin trabajo es cuatro veces mayor que en el resto de países de la Unión Europea. El Servicio Nacional de Salud es ineficiente si se le compara con otros lugares como Nueva Zelanda, Finlandia y España.

Se salva la cultura política inglesa que sigue desconfiando de, dice Tombs, utopías y fanáticos, confía en el sentido común y la experiencia, respeta la tradición, aboga por el cambio gradual y comparte la idea de que el compromiso es victoria, no traición. Nuestro autor confía con Orwell en que “en la medida que la actual civilización persista, Inglaterra no conocerá una revolución violenta, un golpe militar o una guerra religiosa.”

Nuestro libro llama la atención sobre dos cosas de la actual Inglaterra. Primero el centralismo. Es infrecuente el grado de centralización inglesa y su manejo constituye “un problema perenne y quizás irresoluble”. La proporción de gasto público es aproximadamente el doble de Francia, Japón o Italia “y más de tres veces el de Alemania”. La segunda observación se refiere al hecho de que el secularismo no ha dividido la sociedad, como en otras partes de Europa, entre una derecha confesional y una izquierda laica, pero ha permitido que un celo religioso penetre en todas las fuerzas políticas, especialmente en la izquierda, tiñendo de cierta ideologización imbatible, o fanatismo, la lucha política inglesa.

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