El pasado martes 19 de abril falleció Patricio Aylwin (1918-2016). En Chile fue un acontecimiento de magnitud, considerando la importancia de haber sido el primer Presidente de la República de la democracia restaurada en 1990. Aylwin era miembro de la Democracia Cristiana, pero gobernó en una coalición de centro izquierda que incluía a los socialistas. Como era esperable, la muerte del ex gobernante también tuvo repercusión internacional y diferentes periódicos del mundo dedicaron algunas páginas al líder de la transición chilena, así como a los procesos políticos que vivió el país en las últimas décadas.
Como suele ocurrir, todo regreso al pasado tiene sus fantasmas, razones para celebrar y también algunos lamentos, alegría por lo conquistado e indignación por lo que no se hizo. Esta situación está presente en la lógica de las transiciones, en Chile y en España, así como en los diferentes países que experimentaron la “tercera ola de democratización” de la que habla Huntington. Es un momento histórico de carácter internacional, y que tiene su punto de partida quizá en la muerte de Francisco Franco en 1975.
Por diversas razones, la transición española sirvió de modelo, ciertamente con matices, a los procesos que vivieron otros países en la década de 1980. El régimen de Franco tenía seguidores en América Latina y en los primeros años después de 1973 muchos pensaron en Chile seguir ese modelo, lo que habría significado caminar hacia una dictadura vitalicia. Finalmente se optó por una fórmula diferente, con una nueva Constitución y estableciendo un plebiscito y elecciones que determinarían quien gobernaría el país después de Pinochet. En 1988 triunfó la opción No, que significaba la imposibilidad para Pinochet de gobernar otros ocho años, y en 1989 Patricio Aylwin fue elegido como Presidente con más del 50% de los votos, a la cabeza de la Concertación de Partidos por la Democracia.
En muchas ocasiones el modelo de transición española fue recordado en Chile como una forma pacífica y fecunda de llegar a un régimen democrático después de una experiencia autoritaria. Numerosos líderes chilenos viajaron a España a conocer de primera mano el proceso español, admiraron a Adolfo Suárez y después a Felipe González, como líder de una izquierda moderna y democrática, así como vieron que después surgía un Partido Popular que expresaba las ideas de centroderecha. Una de las manifestaciones de esta relación fue la creación de la Fundación Iberoamérica Europa, que tuvo entre sus miembros a destacados políticos chilenos, como Eduardo Frei Montalva y Andrés Zaldívar. Cada país tiene su historia y sus fórmulas, pero las realidades comparadas tienen el valor de permitir recoger experiencias, eventualmente evitar errores y también reproducir aspectos positivos.
Chile y España tenían elementos comunes y diferencias específicas en sus procesos políticos. Por ejemplo, ambos países vieron difuminarse sus sistemas democráticos en medio de una aguda polarización política, que terminó en ambos casos con la intervención de los militares, iniciándose en España la guerra civil y en Chile un golpe militar que terminaría con la deposición del Presidente Salvador Allende. En ambos casos el resultado fue la instauración de un régimen militar, que se extendería por casi cuarenta años en el caso español y por diecisiete en el chileno.
Pero también hay diferencias relevantes. Por ejemplo, una característica de la transición democrática española es que tuvo lugar después de la muerte de Franco. En el caso chileno se hizo no solo con Pinochet vivo, sino a partir de Pinochet: la Constitución de 1980 fijó un itinerario de transición a la democracia, que la oposición aceptó “como un hecho” de la causa, y se involucró en el proceso esperando como resultado la instauración de un régimen democrático. En el caso español la Constitución de 1978 se hizo en democracia y con participación de las distintas fuerzas políticas, marcando no un comienzo de la transición, sino que la consolidación de la democracia misma.
Otro aspecto interesante se refiere a las ideas y los partidos políticos. Una de las características de las rupturas institucionales es el maximalismo en que caen muchos dirigentes, una aspiración a lograr todo sin transacciones. En la restauración democrática, en ambos casos, se aprecian los resultados del aprendizaje político y un mayor espíritu de colaboración, búsqueda de acuerdos, respeto por los adversarios. En España fue particularmente interesante en lo que se refiere al Partido Comunista, que desde los años estalinistas avanzó hacia la adhesión a la democracia y su inserción plena dentro del sistema, con costos e incomprensiones para sus dirigentes. En el caso chileno los socialistas también vivieron su propio aprendizaje político, abandonaron el marxismo-leninismo que habían abrazado en los 60, y formaron una coalición con sus antiguos adversarios de la Democracia Cristiana. Un proceso similar vivieron los partidos y grupos de la derecha, que comenzaron a valorar la democracia como un bien político, dejando de lado los subsidios autoritarios.
Y también hay una semejanza en los resultados. España y Chile pasaron a vivir años de bonanza económica y estabilidad política, además de la respectiva inserción en la comunidad internacional. La democracia como sistema político y una economía que prosperaba eran una novedad histórica para ambos, y sus núcleos dirigentes se convencieron de que eran bienes que debían cuidar y proyectar para el éxito presente y también para la mantención del gasto social hacia el futuro.
Todo esto no ha estado exento de dificultades y errores, como lo manifiestan los sectores más críticos. No es casualidad que Pablo Iglesias, el líder de Podemos, esté hablando de la necesidad de una “nueva transición”, así como en Chile diversos movimientos políticos estén planteando la necesidad de una nueva Constitución. En ambos casos una característica común está dada por los liderazgos jóvenes, muchos de los cuales nacieron a fines del franquismo o durante la transición, o bien a fines del gobierno de Pinochet. Son personas que no se contentan con escuchar de los éxitos de la transición pasada, sino que aspiran a definir el futuro.
De esta manera, el recuerdo de figuras fallecidas en los últimos años, como Adolfo Suárez el 2014 y Patricio Aylwin este 2016 nos llevan a pensar la historia y las respectivas transiciones. Pero no deben hacernos olvidar que las democracias se construyen en el presente y hacia el futuro, y tanto España como Chile tienen importantes desafíos que enfrentar al respecto.