Opinión

La siesta nacional

TRIBUNA

Juan José Vijuesca | Miércoles 27 de abril de 2016

Mejor no tocarla. Hay múltiples razones para dejar ciertas cosas en su sitio, sobre todo cuando atenta a la genética de todo un país. Por razones somáticas e incluso de buen culto corporal, la siesta está concebida para el uso y disfrute sin remilgos ni contemplaciones. Traída en causa por una de las reglas de la orden monástica de San Benito, allá por el siglo XI bajo el lema: “reposo y tranquilidad en la hora sexta romana” -que era el período de tiempo entre el mediodía y las tres- viene a confirmar que estamos ante uno de los placeres de obligado cumplimiento. De manera que inmortalizada la siesta en cuanto a lo que en beneficio de cuerpo, mente y alma representa este acto de constricción, pues que ahora no venga ningún político a ponerse farruco pretendiendo eliminar esta reliquia de interés general, como parece que tratan en idea.

No es la primera vez que un iluminado ha obrado con tal ignominia, ya en el 2005, el gobierno del entonces presidente, José Luis Rodríguez Zapatero, eliminó la siesta de los funcionarios públicos con el objetivo de invertir ese tiempo de manera más productiva. Corramos un tupido velo, porque sabido es que atentar contra la propia naturaleza del funcionariado conlleva resultados inciertos para el contribuyente. Luego en política de sesteo lo mejor es privatizarla y no enredar.

El doblez que experimenta el cuerpo en sobremesa no tiene parangón, aunque con ello abandonemos la ley de la gravedad corporal en el sofá, o sea, cubismo en estado puro y anatomía en caída libre, pues eso, que la siesta a la española es como encontrar un oasis en medio del desierto del Gobi. A decir verdad es como si se tratase de una variante de la técnica Zen, pero sin llegar a un método budista; porque la siesta nacional, amigos lectores, sin ser una filosofía, se basa en algo mucho más simple, es abandonar el cuerpo sin que el causante sepa el lugar en que lo ha dejado.

Para este tipo de letargos da igual a la sombra, que entre sol y sombra, en el campo que en la playa. Lo mismo sobre la mesa camilla que sobre una butaca. Ir en tren que en avión. Dormitar en la consulta médica que hacerlo en parque público; en el cine o frente al televisor; la cosa es darle alegría al cuerpo y que este levite lejos de la propia vida sin otra contraindicación que la de algún operador telefónico en maldita la hora de ofertar líneas de ADSL a precio de saldo y con ganas de romper la simbiosis entre cuerpo flotante y la nada.

Añadir que hay siestas según catálogo, o sea, la de pijama y orinal, la del obispo. La siesta relámpago, la siesta regia, la siesta del abuelo, la siesta “Walking Dead”, la siesta de un fauno, la siesta del carnero, y un sinfín de modelos más. Da igual en jóvenes que en adultos. Niños que niñas, tercera edad que neonatos, de derechas o de izquierdas; creyentes o agnósticos; en definitiva, todas ellas cuentan con un idéntico denominador común, es decir, convertir al humano en un elemento hierático sin mayor expresión que la del placer de la ausencia.

De igual manera, la siesta o modorra al uso, tiene múltiples aplicaciones terapéuticas para quienes la practican, cosa que permite en los ejercitados tomar resuello después de una comida principal así como la virtud de reorganizar los adentros; que no solo en metabolizar nutrientes, sino también en hacer un aclarado en la despensa mental a modo de inventario. Les diré que en China el derecho a la siesta está recogido por su constitución. Un claro exponente para después trabajar y rendir más despiertos que un búho con la pupila dilatada.

Por eso resulta inexplicable que algún representante político ahora pretenda suprimir la licencia de esta especie de levadura madre de los sueños, más conocida por siesta nacional. Ahora bien, si el temor de estos políticos es controlar lo que soñamos, debo sacarles del error, pues durante la siesta no se sueña, tan solo se ajustan las piezas y se limpian los cabezales; otra cosa es el descanso principal de la noche, aquí la filmoteca cuenta con una amplia cartelera; pero eso sí, elegir el sueño de cada día es algo tan personal como íntimo. Yo personalmente prefiero la siesta, más que nada porque casi todas las noches acostumbro a dormirme antes de soñar.

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