Opinión

Maldita envidia

TRIBUNA

Enrique Arnaldo | Jueves 28 de abril de 2016

La envidia es tan corrosiva para el ser humano como el agua del mar para los barcos. La envidia genera carcoma en los músculos y agota las neuronas hasta anular la razón. Pero desgraciadamente está omnipresente.

Escribió Gregorio Marañón que: “El triunfo no alcanza el perdón muchas veces; sobre todo en España, donde todo hombre que sube, parece que sube, ante que para cualquier cosa, para servir de blanco al rencor de los que están abajo”.

El éxito, más aún si es alcanzado por méritos propios, y me refiero al éxito personal o profesional, no al triunfo económico, resulta imperdonable para los mirones, seres mediocres y acomplejados, personajillos repelentes. Son incapaces de asumir la capacidad o el mérito del rival (que a veces es hasta amigo). Siempre encuentran una explicación sinuosa, una influencia espuria, una ayuda irregular.

La envidia da pena, tanta pena como el ser maledicente que convierte en placer desmenuzar a cuantos le rodean. La envida es una desgracia porque corroe las entrañas de quien la practica. La envidia es el fruto amargo del sentimiento de inferioridad de quienes se creen superiores. La envidia es miserable y los envidiosos merecen nuestro desprecio en cuanto seres tóxicos, desprovistos de toda humanidad, indignos en cuanto carentes de dignidad.

La envidia es adictiva para quienes se atribuyen la posesión de toda la verdad, de la última palabra, de quienes pontifican con su brújula determinista de lo bueno y lo malo.

La envidia es una clase de fiebre, según un dicho danés, que encierra un mortal veneno que dobla los dolores de quien lo padece (Esquilo). Es un mal tan disolvente y dañoso que paraliza como una paraplejía.

El cerebro del envidioso se fragmenta en átomos que irradian rencor y un complejo no asumido.

Como mal nacional, la envidia, y su consecuencia chismosa de la difamación, atornilla nuestro presente como lo hizo durante el pasado. ¡Librémonos de esta vergüenza!