Opinión

La XI Legislatura finaliza

TRIBUNA

Juan José Laborda | Jueves 28 de abril de 2016

Hay un contraste entre la exuberancia de gestos de esta corta legislatura y sus resultados. En realidad hubo muy poca política. El Congreso, a pesar de que era mayoritariamente superior en votos a los del Gobierno, no consiguió nunca someterlo a control. Será la justicia constitucional la que establezca si el Gobierno en funciones de Rajoy debía ser controlado por los diputados, pues no ha habido entre todos ellos la mínima imaginación política para obligarlo a comparecer, lo que, por otra parte, parece obvio en cualquier democracia parlamentaria.

Hubiera habido algo que dejase el trabajo preparado para la próxima legislatura: iniciar la reforma del Reglamento del Congreso de los Diputados. ¿No se estaba ante una nueva época en formas y contenidos parlamentarios? Pues bien, el Reglamento (cuya importancia jurídica se asimila a una ley orgánica) es de 1982. Yo creo que es un buen Reglamento, y la mayoría de los grandes parlamentos de nuestro tiempo tienen normas venerables por su edad, pero eso no impide que cada cierto tiempo se acometan reformas para adaptarse al presente. Pero el Congreso sigue siendo incapaz de pasar de las musas al teatro. Por lo menos, el Senado tiene el suyo reformado en 1994, y yo me siento orgulloso de haberlo cambiado en profundidad cuando fui presidente de la Cámara Alta, con el apoyo unánime de todos sus miembros.

En cuanto a la tantas veces afirmada nueva época, la frase de Lope de Vega sobre las musas y el teatro tiene alguna conexión con lo que los ciudadanos han visto en el Congreso que ahora se cierra: aunque no han escuchado parlar a sus parlamentarios, sí retienen la imagen de un Cervantes teatral propinando discursos desde la tribuna que ellos apenas han usado. ¿Es esa la nueva época, rebosante de imágenes efímeras? De eso ha escrito Zygmunt Bauman, premio Príncipe de Asturias de 2010.

Pero antes de pasar a comentar más sobre imágenes parlamentarias de esta nueva época, dos noticias de estos días. El INE, la prestigiosa autoridad estadística (la ciencia del Estado, no lo desconozcamos), nos acaba de informar que en el último año España tiene 100.000 habitantes menos. Vienen menos inmigrantes, y emigran más jóvenes que nunca. ¡Y nosotros con la atención en otra parte! ¿Es verdad que el libro de Belén Esteban es el más vendido? Vendido…¡menos mal que no leído! Volvamos a los habitantes. El INE nos dice que somos un pueblo viejo: la edad media de los de origen español es de 43,5 años. Los emigrantes nos rejuvenecen: 35,6 años de media, aunque los marroquíes tienen 29,9 años y los chinos 30,5 años de media. Valencia y Castilla León son las dos regiones que pierden más habitantes: 27.207 y 26.261 personas, respectivamente.

¿Han debatido las Cámaras esta realidad, que año tras año nos muestra el rostro de la decadencia, ahora que además se está discutiendo en Europa el asunto de los refugiados? El problema amenaza con sumir a la UE en la insignificancia global. ¿Alguien ha comentado por qué nuestro Gobierno no estaba en la reunión que la canciller Merkel tuvo con sus colegas de Francia, Reino Unido e Italia, con ocasión de la visita del presidente americano Obama? ¿Es que la autarquía ideológica nos vuelve a empequeñecernos a pesar que somos y fuimos no hace mucho tiempo grandes en Europa?

La única excepción de este tiempo dedicado a gestos espectaculares para conseguir el poder, ha sido, a mi juicio, el documento acordado por los negociadores del PSOE y Ciudadanos. Aquí sí hubo política, y tal vez por eso tuvo poca audiencia, no generó el debate que hubiera sido lógico en un país con unos líderes en audiencia menos atentos a la verdadera información.

Este punto merece aplauso porque sin duda es la innovación que echamos en falta: “Después del drástico ajuste presupuestario en el inicio de la pasada legislatura, los incentivos al empleo se han vuelto a convertir en la política activa que más presupuesto absorbe, situándose de nuevo en niveles similares a los del 2008. En la actualidad existen más de 70 modalidades de bonificaciones, exenciones y reducciones de cuotas. En total, si sumamos los 2.100 millones de euros en reducciones y exenciones previstos en los PGE del 2016 (principalmente destinados a las tarifas planas y reducidas), se superan los 7.300 millones destinados a políticas activas, de los que más de la mitad se destinan a incentivos al empleo.

Existe un amplio consenso avalado por la evidencia, respecto de la escasa eficacia de este tipo de políticas activas, basadas en reducciones y bonificaciones sociales: cuando se generalizan de forma indiscriminada, tienen un elevado peso muerto y perjudican a los colectivos más vulnerables. Además, generan una seria limitación del gasto hacia otras políticas activas tales como la orientación y la formación, necesarias para superar el problema del paro de larga duración y el déficit de competencias del que adolece nuestra población activa. Junto a ello, los incentivos a la conversión de contratos temporales terminan siendo herramientas ineficaces para corregir los excesos de rotación laboral, si se mantienen de forma prolonga en el tiempo y, finalmente, las exenciones y 24 reducciones han ido sustituyendo a las bonificaciones como principal forma de incentivo, causando un gran perjuicio a los ingresos de la Seguridad Social.

Por las formas y por los contenidos esos acuerdos deberían apuntar al futuro. Esa sería la innovación que se quiere y se necesita en la próxima campaña electoral.

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