Editorial

Antisemitismo en los laboristas británicos

EL IMPARCIAL | Viernes 29 de abril de 2016

Desde que el radical Jeremy Corbyn se alzara contra todo pronóstico con el liderazgo del Partido Laborista, la formación británica se ha convertido en la casa de los líos que delatan el pulso entre sectores radicalizados frente a quienes no desean que el partido pierda su carácter institucional. El último episodio de esa convulsión se ha saldado, por el momento, con la suspensión de militancia del aliado estratégico de Corbyn y exalcalde de Londes, Ken Livingstone, a propósito de los escándalos antisemitas que viene protagonizando el laborismo. Ken Livingstone acaba de cuestionar en distintos medios, incluyendo la BBC, la existencia de Israel y ha sostenido que Hitler fue, en realidad, un sionista favorable a un estado judío.

Las opiniones del exalcalde londinense llueven sobre mojado. El propio jefe de filas, Jeremy Corbyn, ha sido señalado por abanderar actitudes antisemitas desde que llevó a cabo diversas entrevistas con organizaciones terroristas como Hamás o Hizbolá en su estrategia de enfrentamiento con el entonces líder del partido, Tony Blair. Quizá por ello ha tenido la tentación de ser comprensivo y tolerante con la escalada radical vivida en el laborismo, hasta que esta ha adquirido tintes escandalosos. A principios de este mes, una concejala de Luton, Aysegul Gurbuz, se despachó vía Twitter con proclamas donde se aseveraba que “Hitler ha sido el mejor hombre de la historia”, por lo que solicitaba a Irán que continuase su tarea arrasando con explosiones atómicas a Israel. Otros militantes musulmanes del laborismo han alentado este antisemitismo, culminado por Naz Shah, quien equiparó el sionismo con Al Qaida, se planteaba analogías entre Israel y Hitler, y proponía que la solución palestina se solventase trasladando Israel a Estados Unidos. Semejantes declaraciones cargadas de odio son las que ha venido a defender públicamente el exalcalde Ken Livingstone. Jeremy Corbyn se ha andado con paños calientes tratando de relativizar y quitar importancia a este antisemitismo cada vez más rampante, hasta que la presión interna y externa le ha obligado a tomar medidas severas sobre una cuestión que ha comenzado a desbordarle.

Lamentable es que Corbyn no hubiera actuado con más diligencia y prontitud contra esta cultura del odio que ha germinado dentro del laborismo. La persecución al judío, con raíces de siglos, y el espantoso Holocausto de la pasada centuria, no admiten medias tintas. Después de ese baldón para la humanidad, el antisemitismo exige tolerancia cero, en la misma medida que cualquier apología nazi o reinterpretaciones que blanqueen la criminalidad hitleriana. Lleva razón el primer ministro, David Cameron, al sostener en el Parlamento que “está bastante claro que el Partido Laborista tiene problemas de antisemitismo. Tiene que tratarlo”. Y no parece que el populista Jeremy Corbyn reúna las condiciones ideales para llevarlo a cabo. En este tema, como en tantos otros, el radicalismo de izquierda se decanta por el discurso del odio. Y con odio los problemas no se resuelven, solo se agravan. Por este camino el laborismo tiene escasísimas posibilidades de volver a ser un partido de gobierno.

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