Jacques Maritain, una de las almas más bellas del siglo XX, formuló las bases del humanismo cristiano en su obra Humanismo integral (París, 1936). La aspiración principal del humanismo cristiano –según Maritain- es crear una «fraternidad cívica», una comunidad política basada en la libertad y la igualdad, no como principios teóricos, sino como realidades efectivas. Igualdad en derechos y en bienestar social. El poder político sólo adquiere legitimidad cuando se cumple la máxima evangélica: «…que el mayor entre vosotros sea como el menor, y el que manda como quien sirve» (Lc 22, 26). El objetivo es que «todos vivan en la tierra como hombres libres y gocen de los frutos de la cultura y el espíritu». Maritain habla de «humanismo integral» porque considera que la política debe atender a los «derechos integrales de la persona». La pobreza es un escándalo. El «humanismo integral» lucha por un porvenir sin seres humanos excluidos y desamparados. Maritain se opuso con la misma contundencia al fascismo y al comunismo, reivindicando las sociedades libres frente al totalitarismo, pero sus críticas también se extendieron al «capitalismo liberal, desregulado», que reduce al hombre a simple mercancía. La verdadera libertad posibilita que el individuo se realice como persona, integrándose en una comunidad, donde prevalece la búsqueda del bien común. El hombre es un fin en sí mismo, no una variable económica.
Pablo VI mencionó el humanismo integral en su encíclica Populorum Progressio (El desarrollo de los pueblos, 26 de marzo de 1967), citando a Maritain: «Es un humanismo pleno el que hay que promover. ¿Qué quiere decir esto sino el desarrollo integral de todo hombre y de todos los hombres?» (42). Pablo VI no se limitó a una declaración retórica, sino que hizo un angustioso llamamiento a los gobiernos: «Hombres de Estado, a vosotros os incumbe movilizar vuestras comunidades en una solidaridad mundial más eficaz y ante todo hacerles aceptar las necesarias disminuciones de su lujo y de sus dispendios para promover el desarrollo y salvar la paz» (84). En un mundo desigual, Pablo VI recordó que la propiedad privada no era un bien absoluto: «Sabido es con qué firmeza los Padres de la Iglesia han precisado cuál debe ser la actitud de los que poseen respecto a los que se encuentran en necesidad: “No es parte de tus bienes –así dice San Ambrosio- lo que tú das al pobre; lo que le das le pertenece. Porque lo que ha sido dado para el uso de todos, tú te lo apropias. La tierra ha sido dada para todo el mundo y no solamente para los ricos”. Es decir, que la propiedad privada no constituye para nadie un derecho incondicional y absoluto. No hay ninguna razón para reservarse en uso exclusivo lo que supera la propia necesidad, cuando a los demás les falta lo necesario». El sacerdote jesuita Ignacio Ellacuría, discípulo de Zubiri y mártir de la UCA, se apropió de esta última frase. Hasta que lo asesinaron, no se cansó de repetir que «nadie tenía derecho a lo superfluo, mientras todos no tuvieran lo esencial».
Juan Pablo II conmemoró los veinte años de Populorum Progressio, con una inspirada encíclica titulada Solicitudo rei sociales (Preocupación social, 30 de diciembre de 1987), que renovaba los principios del humanismo integral: «Nos encontramos frente a un grave problema de distribución desigual de los medios de subsistencia, destinados originariamente a todos los hombres, y también de los beneficios de ellos derivados. Y esto sucede no por responsabilidad de las poblaciones indigentes, ni mucho menos por una especie de fatalidad dependiente de las condiciones naturales o del conjunto de las circunstancias» (9). No hay que resignarse ante esta «estructura de pecado», pues otro mundo es posible: «En un mundo distinto, dominado por la solicitud por el bien común de toda la humanidad, o sea por la preocupación por “el desarrollo espiritual y humano de todos”, en lugar de la búsqueda del provecho particular, la paz sería posible como fruto de una justicia más perfecta entre los hombres» (10). Juan Pablo II afirma que «la falta de vivienda, que es un problema en sí bastante grave, es digno de ser considerado como signo o síntesis de toda una serie de insuficiencias económicas, sociales, culturales o simplemente humanas; y, teniendo en cuenta la extensión del fenómeno, no debería ser difícil convencerse de cuán lejos estamos del auténtico desarrollo de los pueblos» (17). La alternativa es un humanismo integral, que asuma el compromiso de no descuidar ninguna de las necesidades del hombre, ya sean materiales o espirituales. En su discurso ante la UNESCO (Río de Janeiro, 1 de julio de 1980), Juan Pablo II ya había manifestado: «La cultura debe cultivar al hombre y a cada hombre en toda la extensión de un humanismointegral y pleno, en el cual todo hombre y todos los hombres sean promovidos a la plenitud de cada dimensión humana». A lo largo de su dilatado pontificado, el carismático papa polaco repitió en distintos foros: «Los pobres no pueden esperar». Nunca se desvió de esta orientación pastoral, que expresa la virtud esencial del cristianismo: la caridad. La caridad no es una limosna, sino amistad, solidaridad, fraternidad, comunión, paz, justicia, reconciliación. Deus caritas est (Dios es caridad) proclamó Benedicto XVI en su primera encíclica (25 de diciembre de 2005).
Son muchos los que intentan celebrar las exequias del cristianismo, pero en un mundo saturado de conflictos aún es necesaria la perspectiva cristiana, que invita a caminar dos leguas con quien nos forzó a caminar solo una. ¿Muchos se preguntarán, si no es absurdo ofrecer la otra mejilla o dar la túnica al que te arrebató el manto. «¿Qué se gana con esto?» se pregunta a Hans Küng. «Casi nada: “solo” la paz. Y quizás, a la larga, se gane al otro» (Ser cristiano, 1974). Frente al que se obstina en posturas intransigentes, el cristiano cede, comprendiendo que la renuncia no es una humillación, sino una conquista. El humanismo cristiano considera inaceptable la concentración de la riqueza en unas pocas manos, cuando a millones de seres humanos les falta lo básico. El Papa Francisco no ha inventado nada nuevo al denunciar «la cultura del descarte». Simplemente, ha seguido los pasos de sus predecesores, recordando el «deber de solidaridad» con los más débiles y vulnerables. El humanismo cristiano conserva intacto su potencial transformador, pero casi nadie parece dispuesto a seguir al que cruzó la entrada de Jerusalén con un humilde borrico y no con un triunfal caballo blanco, símbolo del poder y la dominación. Ganar el mundo sigue resultando mucho más tentador que cuidar el alma, renunciando a la avaricia, el orgullo y la ira.