Especial Liga

Bale tumba a la Real y alimenta la esperanza del Madrid | 0-1

JORNADA 36: REAL SOCIEDAD 0 REAL MADRID 1

Diego García | Sábado 30 de abril de 2016
El cabezazo del galés en el minuto 80 entrega oxígeno a los capitalinos. Por Diego García

Anoeta inauguró la jornada sabatina de una de las ediciones más ajustadas de la historia de la Liga española embadurnado de un simbolismo picante. El recinto donostiarra caldeó el campeonato doméstico al amaestrar al Barça (1-0) a comienzos de este mes, el día 9, cuando restallaba la convulsión que reinició el torneo en abril. La Real, desatada en pos de sellar su salvación matemática, extremó su competitividad entonces. En esta jornada 36, sin nada en juego salvo el amor propio relativo a trascender, a influir en el desenlace liguero, acogía la visita de un Real Madrid que guardaba vigilia de entreguerras. El empate en Manchester y la mutilación del convalenciente tridente parecería declarar la apnea antes de afrontar la empresa de vuelta, esa que dictará el tipo de curso desarrollado. Pero, por el camino se le cruzaba a la delegación merengue desplazada un duelo en contexto indigesto: este enclave ha supuesto al coloso madrileño dos resbalones en las tres últimas temporadas. Así pues, bajo un aroma de incertidumbre radicado en la solidez de la motivación de ambos contendientes, se disponía un partido en el que el tercer clasificado vería fiscalizado su fondo de armario, sin indulgencia para el traspié ni la autocompacencia. "No es un partido más ni son tres puntos más, es la Liga", proclamó Sergio Ramos en la previa. En efecto, la tensión ambiental lo corroboraba. No parecía un día más en la oficina, a pesar de lo suculento del horizonte milanés.

 

Eusebio Sacristán, estratega consumado que sacó a flote un ejercicio realista disperso, contempló este evento como el colofón propicio para regalar una sonrisa a la sufrida tribuna. Como la catársis ansiada tras los nubarrones. Hubo de solucionar las trascendentales ausencias de Carlos Vela, Jonathas e Íñigo Martínez (el primero pagaba acumulación de amonestaciones y los otros dos cayeron lesionados a última hora). Eligió el preparador reproducir la estructura que multiplica su rendimiento ante pedigrees ilustres. Compuso una medular de sabiduría táctica, brega y clase. Destacaba Illarramendi -dotado de regusto particular ante su ex equipo- como el ordenador que haría pareja con Bergara, de manera que la inteligencia entre líneas de Zurutuza -legitimado faro ofensivo- y Xabi Prieto lanzara a dos flechas como Oyarzabal y Bruma. Mikel González y Elustondo sostendrían al excepcional Rulli, con Zaldua y Yuri asumiendo la exigente labor de ida y vuelta en un sistema rebosante de reparto y solidaridad en los esfuerzos. Debían los txuri urdin refrescar la vigencia de la intensidad en la ejecución del tapón de pasillos interiores y la presión coordinada que complica la placidez de cualquiera. Rememorar la valía de estos preceptos después de tres partidos consecutivos sin vencer -los precedentes- se antojaba fundamental para saltar el estadio de supervivencia y tocar techo, nuevamente, con un coloso como sujeto pasivo. La mobilidad de una línea ofensiva líquida habría de suturar la ausencia de un punta referencial. Desequilibrio móvil de asociación vertical y frenética para solventar el amaine del prototípico modelo de centro lateral, penalizado por el infortunio prolongado de Imanol Agirretxe. La ambiciosa altura de la retaguardia ante un rival tendente al contraataque se erguía como uno de los elementos determinantes desde el ajedrez táctico. Dos cerebros como Rubén Pardo y Esteban Granero aguardarían turno para entrar en escena si la tesitura marcara la gestión del cuero como prioridad.

 

Zinedine Zidane enfrentaba en San Sebastián una de las prácticas que otorgarían altura a su crecimiento como mandatario del banquillo. En primer lugar hubo de lidiar con la empresa circunstancial, la que obliga a elegir y descartar nombres con la presión del cruce de caminos. Así, a las nucleares bajas de Ronaldo y Benzema -cuyos tratamientos sacaron el foco del enfrentamiento de este sábado- se unió el descanso decretado para Toni Kroos, escencial en el primer baile ante los citizen y con 40 partidos en su piernas, que quedó fuera de la lista. Además, Isco, Carvajal y Marcelo observarían las evoluciones de sus compañeros desde la banca y Borja Mayoral ascendía a la titularidad, en una sorpresa que exigía acomodo inmediato a la élite. En segundo término, Zizou, investido protagonista del risorgimento merengue y sobre el que recayó la responsabilidad de impulsar la ilusión y unión de un vestuario bajo sospecha, se vio apurado para evidenciar dotes como gestor de grupos. Sus futbolistas debían salir enchufados y no padecer lagunas de concentración pretéritas pues, aunque la Liga de Campeones provoca brillo en la mirada del madridismo, despeñarse en la última recta de Liga no figuraba entre los riesgos asumibles tras el traumático recorrido sufrido este año. Keyor Navas, Sergio Ramos, Casemiro y Bale asumirían el rol de anclas de la columna vertebral sobre la que los complementos tratarían de enriquecer el producto final (aliñado por cinco novedades). Danilo y Nacho ocuparían los laterales, Varane acompañaría al central sevillano y Modric y James retornaban a efectuar las atribuciones de los interiores según son entendidos en este Madrid -elaborar y destruir-. Al valuarte galés, que asumió la bandera ofensiva en Vallecas, le tocaba liderar el envés contragolpeador del abc madridista. La entrega del frenético Lucas Vázquez y del delantero canterano, arriesgada elección del francés, redondeaban la particular alineación. Le urgía al Madrid un esfuerzo colectivo de atención táctica en el achique y tras pérdida, y de pericia y paciencia en la elaboración con el cuero y la periodicidad de los avances. No exponerse en busca del gol tranquilizador ni desnudar inconsistencias resultaban epígrafes de obligado cumplimiento en una batalla en la que habría de imponer personalidad, enseñar su vertiente camaleónica según el ardor local y exponer capacidad de sufrimiento. Ni más ni menos que manifestar el oficio que le faltó en salidas ligueras pretéritas.

 

Se alzó el telón de esta cita tan relevante como incierta con un despliegue mutuo de presiones elevadas y reducción de los espacios. Ambos contendientes experimentaron despliegues posicionales valientes, en territorio ajeno, en un primer pestañeo de conocimiento del contrario del que salió mejor predispuesto el Real Madrid. Los de Chamartín se granjearon con celeridad el mando del devenir. Primero acometieron la imposición de los vatios en repliegue y, en segundo término, edificaron posesiones horizontales que templaron al púgil local y establecieron un ritmo enérgico. La fluidez asociativa de los pupilos de Zidane le entregó el patrón pero la Real no se iba a encerrar. Se negó el conjunto vasco a entregar metros, por lo que su esfuerzo adelantado quedaba en entredicho toda vez que la circulación madrileña superara la primera línea de oposición. Amanecían hectáreas a la espalda de la medular donostiarra y tal lectura propulsó la concepción de un tercer clasificado cada vez más vertical. Así, al tiempo que el granizo arreciaba, sobre el verde acontecía su traducción futbolística en forma de tormenta de llegadas. Un robo de Casemiro que cayó en la asistencia de James para el remate de Bale, demasiado cruzado, abrió fuego -minuto 4-.

 

Con el galés y Lucas Vázquez abriendo la cancha y James aprovechando los espacios de la mediapunta, Modric reclamaba protagonismo como distribuidor, con Danilo y Nacho en perenne suma al centro del campo. Le costaba a la Real acomodarse al pentagrama frenético que proponía un Madrid desenfrenado tras recuperación. Sin enmienda vasca, no tardó el combate en apuntar hacia la meta defendida por Rulli. Corroboró tal tendencia el envío profundo de Modric, en cambio de sentido, que conectó con el desmarque de Nacho, que cedió al movimiento interior de James. El colombiano remató apurado para el despeje de un portero argentino bien colocado -minuto 8-. Tomó la alternativa de las aproximaciones visitantes entonces el balón parado. Ramos abrió la arista con un cabezazo, a la salida de un saque de esquina botado por Modric, que no hizo diana por poco -minuto 11-. Bale afianzó la inercia con un testarazo, picado y hacia la cepa del poste izquierdo, que lamió la madera en el minuto 14. Sin más argumento que el achique más o menos ordenado, el sistema de Eusebio yacía desprovisto de respiro. Tan sólo un intento descontextualizado de Zurutuza que atajó plácidamente Navas, desde 40 metros, evidenció un oasis en el escenario de control merengue, que no amainaria hasta pasada la media hora.

 

Un robo en campo ajeno de Nacho que Mayoral tradujo en una contra profundizó en la sistemática producción que amarraba la soltura física vasca. James detectó el mano a mano de Bale con su marcador en el interior del área y dibujó un centro preciso que el galés remató fuera -minuto 20-. Necesitaba el bloque realista esbozar un salto de página para enganchar a la grada y atisbar el horizonte. Trató de encontrar algo semejante a través de su primera llegada, en el centro raso de Bruma y remate muy tímido de Prieto, que se anticipó en el primer poste. Navas atajó con comodidad -minuto 24- y los txuri urdin se convencieron, al fin, de su potencialidad para adelantar filas y discutir la posesion en el monólogo contrincante continuado. En consecuencia subió metros y volvió a asumir riesgos posicionales. La directriz fue aprovechada por Bale en un impás que empezaba a susurrar el viraje hacia una mayor equidistancia que iba a terminar por enfangar la fluidez madridista. Ideó un saque de banda hiperbólico el zurdo galés hacia el astuto desmarque de Borja Mayoral, que aguantó el cuero a la espera de compañeros y terminó cediendo hacia la frontal. Allí asomaba la llegada de James, que conectó un lanzamiento menos ajustado de lo deseado para el blocaje de Rulli -minuto 26-.

 

El último tramo previo al intermedio asistió a una congelación de la pulsión capitalina, que mutó su verticalidad en horizontalidad controladora. Dicha modificación patrocinó un ascenso en la convicción defensiva local que revirtió en la ganancia de confianza para no sólo trompicar la comodidad visitante, sino con miras a golpear con mayor ahínco. Así, con un paisaje de centrocampismo creciente, que pilló a Vázquez y Bale en sus bandas naturales, la gestación de llegadas al área tendería al mínimo. La cohesión interlineal donosiarra arribó a tiempo, con 0-0, y sólo una maniobra sorpresiva de Nacho desequilibraría el temple colectivo local. Nació la acción de un pase al espacio de James que el lateral aprovechó para sorprender por su carril. Llegó para desbordar a su par y adentrarse en el área. Su intento, forzado y frente al guardameta, fue repelido por Rulli -minuto 39-. Sin embargo, el remate quedó en anécdota, pues se había frenado el ritmo impulsado por los dirigidos por Zidane y sería la Real el equipo que clausuraría el primer acto. Lo hizo a través de su primera combinación fluida, que gravitó sobre la visión de Zurutuza, y concluyó en cambio de banda para la subida, en soledad, de Zaldua. El lateral rompió el esférico desde el pico del área pero no tomó dirección peligrosa -minuto 43-. Se dirigían a vestuarios dos equipos que inercambiaron dinámicas en los primeros 45 minutos. El balance estadístico en este punto de envite mostraba una superioridad visitante no refutada por la concreción de lo cosechado. Ganó el Madrid la posesión (59%) y en la disposición de llegadas peligrosas (cinco a doce), pero el duelo se fue al descanso con dos tiros a puerta por barba.

La apuesta por Borja Mayoral -intrascendente al no gozar de alimento- se había significado tan inocua como la efectuada por Eusebio, que vació el área oponente de delanteros, limitando la capacidad ofensiva de un sistema acostumbrado al centro lateral en busca de rematadores. Pero ambos técnicos no entendieron razonables modificaciones nominales ni estratégicas. Bajo el paraguas ya conocido arrancó la reanudación para subrayar la suerte de guerra de guerrillas, que salpicó la hierba de interrupciones y escaramuzas que cercenaban toda opción de coherencia combinativa o argumental en la trama. Se quemó con celeridad el intervalo inicial con un desempeño impreciso de ambos centros del campo. No conseguía el Madrid ya flitrar opciones de remate en juego. El balón parado volvió a acudir al rescate con un córner botado por Modric que Bale remató desatinado -minuto 46-, y Danilo, en acción individual, coló su disparo lejos de palos diez minutos más tarde.

 

Como en tantas otras ocasiones, el advenimiento de la mordiente ofensiva merengue se anticipó a la argumentación. En este caso se hizo tangible en el desborde y centro puntiagudo de James, mal despejado por la zaga local, que ofreció a Bale un balón suelto en el punto de penalti. Con todo a favor, el galés chutó sin atino y Rulli, vendido, repelió el pobre intento. Perdonó el Madrid su oportunidad más clara -minuto 57- pero activó el respingo autoritario final, que llegó con la toma con vehemencia del cuero y el tempo. En el entretanto Zidane y Eusebio confeccionaron los equipos deseados para cerrar la batalla. Jesé e Isco entraron en la fórmula por Mayoral y James -voluntarioso pero desacertado, muy alejado de su rol asistente- y Reyes y Bautista sustituyeron a Bergara -bregador amonestado- y Bruma -desacertado en la ganancia de oxígeno para los suyos y en la tajada de las transiciones-. No obstante, el extremo africano arrancó dos disparos antes de abandonar la escena, uno en lanzamiento de falta frontal y el segundo desde larga distancia, ambos sin consecuencias.

 


El trascendental desenlace emergió con la entendible mutacion hacia el suicidio ofensivo visitante. Isco, Modric, los laterales y los tres de arriba se apostaban en el balcón del área local, entrelazando circulaciones horizontales que buscaban oquedades postreras. La Real, por su parte, trataba de no encerrarse y refrescar una sensación de amenaza en contragolpe que nunca llegó a hacerse notoria. Así, desató el Madrid una aceleración que le permitiera amortizar tal esfuerzo y presionar a los otros dos candidatos al entorchado liguero. Un centro cerrado de Jesé, tras una conducción sublime de Modric, que Rulli se sacó de encima con dificultad -minuto 73- inició las hostilidades definitivas. El canario -protagonista desde su entrada- volvió a constituirse como el elemento diferente al chutar, con descaro y pericia ajustada, tras una combinación deslavazada que Rulli envió a córner con una estirada de foto -minuto 77-. Estaba el sistema dirigido por Zizou, ahora sí, exigiendo a la consistencia vasca, que terminaría por claudicar en el 79. Un movimiento de desborde pegado a la cal de Lucas Vázquez, que viró en centro al área, abrió el protocolo del punto de inflexión. La parábola del gallego encontró el cabezazo en el primer poste de Bale. Salto exuberante y testarazo a la escuadra para el paroxismo de la delegación madridista. Alcanzó el botín anhelado el apresurado coloso capitalino a diez minutos de final.

Era el momento de gestionar la valiosa ventaja ante la presumible reacción orgullosa de la Real. Kovacic ocupó el escaño de Modric -el mejor de los suyos- para sumar músculo y batallar por un cierre de partido que no embocó el Madrid por la vía de la posesión. Sin la pelota y abandonado a la labor de achique entregó al disparado bloque local espacio para acrecentar su ambición por alcanzar un empate que no llegaría. Mostró su cara más ofensiva en desventaja y forzó a la resistencia madridista con el tradicional empuje en busca de testarazos propicios. Un cabezazo de Mikel González que no encontró el larguero ejerció como preludio de la aproximación que cortó la respiración de la bancada visitante. Illarramendi -tapado por la propuesta de su técnico- lanzó una falta lateral que Zurutuza remató picado. El cuero se propulsó hacia la red madridista pero, in extemis, reaccionó Navas en otro lucimiento de reflejos soberbio. Atrapó el meta tico el esférico para autografiar tres puntos de regusto dorado para un Real Madrid que presiona a sus rivales en la pugna por la cima clasificatoria y gana, además, autoestima de cara al baile con el City. Lució fondo de amario el vestuario dirigido por Zidane para salir victorioso de una batalla de campanillas, en la que abordó el triunfo sacrificando la posesión (54%). Se manejó con capacidad ejecutiva sobre el alambre agónico en toda una lección a aprehender de cara al próximo miércoles.



Ficha técnica:
Real Sociedad: Rulli; Zaldua, Elustondo, Mikel González, Yuri; (Héctor Hernández, min.85), Zurutuza, Bergara (Reyes, min. 67), Illarramendi; Bruma (Bautista, min. 76), Oyarzabal y Prieto.
Real Madrid: Keylor Navas; Nacho, Varane, Sergio Ramos, Danilo; Modric (Kovacic, min. 85), Casemiro, James (Isco, min. 73); Bale, Mayoral (Jesé, min. 65) y Lucas Vázquez.
Árbitro: Undiano Mallenco (Navarra). Amonestó a Illarramendi, Bergara, Xabi Prieto, Zaldua, Sergio Ramos, Nacho, Bale y Modric.
Gol: 0-1, min. 79: Bale.
Incidencias: 26.426 espectadores acudieron al partido correspondiente a la trigésimo sexta jornada de la Liga BBVA, disputado en Anoeta.

 

TEMAS RELACIONADOS: