Enrique Aguilar | Miércoles 11 de junio de 2008
A fines de marzo, un grupo de intelectuales y artistas de la Argentina firmó una solicitada en apoyo del Gobierno que fue publicada en los principales periódicos. Los firmantes alertaban “sobre la radicalización política de las entidades rurales” (en alusión al paro agropecuario que viene siendo noticia desde hace tres meses) e insinuaban su filiación con movilizaciones previas al golpe militar de 1976.
Por un lado, me parece saludable que este tipo de expresiones tenga lugar en un país donde el debate de las ideas se revela como una necesidad imperiosa. Sin embargo, dicha solicitada me trajo a la memoria el nombre de Julian Benda y su libro La trahison des clercs (1927), donde se afirma que el intelectual (sea filósofo, literato, artista, etc.) sacrifica, o lo que es peor, traiciona su integridad cuando subordina su adhesión a los valores inmutables de la verdad y la justicia a la realización de fines más inmediatos por definición ajenos a esas preocupaciones trascendentes. Un fenómeno visible desde finales del siglo XIX, cuando los intelectuales, según Benda, comenzaron a manifestar una fuerte tendencia a la acción y a desdeñar a todo aquél que no se entregase a las pasiones de la cité.
Desde luego que Benda no negaba que, en ocasiones, los intelectuales puedan verse obligados a descender a la palestra para hacerse oír, sólo que faltarían a su misión si lo hicieran en nombre de un interés de partido, “exento de toda ingenuidad y fríamente menospreciador del adversario”.
Conviene recordar estas palabras si es que nuestro postergado debate de ideas ha comenzado a encenderse. ¿Para qué? Para que éste no se politice ni decaiga en aquella “radicalización” que el documento de marras denunciaba. Sería muy triste que ello ocurriera y un motivo más (otro más) para la resignación.
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